Escape

Salvador Romero

El sociólogo tenía un alma secreta como historietista: coleccionaba revistas, pero también guardaba sus dibujos de niñez

La Razón / Mabel Franco

00:00 / 15 de abril de 2012

Soy un historietista frustrado”, nos había dicho Salvador Romero Pittari hace tiempo, cuando en una charla informal salió el tema de los cómics. Así que, a raíz de la edición de Escape, de marzo reciente, dedicada al cumpleaños de Mafalda, entre las personas consideradas para pedirles un análisis de esta creación de Quino, el sociólogo boliviano estaba en primer lugar.

Sabíamos que todavía estaba recuperándose de una complicada operación quirúrgica, de manera que nos comunicamos con él para ver si podía enviarnos un texto o aceptar una entrevista telefónica. La respuesta fue una animada invitación a visitarle en su domicilio de la zona de Calacoto. Porque no iba a ser una simple consulta, sino la oportunidad para charlar de ese su amor por las historietas.

De una cajita guardada, en uno de los estantes de libros, Salvador Romero sacó unas tiras de papel cuidadosamente enrolladas. “Son mis dibujos”, explicó y nos dio acceso a un tesoro conservado desde la niñez, por quien pudo ser historietista; pero que se decantó por la sociología.

“Yo dibujaba mis historias y armaba estas tiras largas pegando el papel, pues me inventé un cajón con un agujero, de manera que pasándolas poco a poco, dejaba descubrir los cuadros o viñetas al espectador, que era mi hermano”. Los argumentos, basados en las lecturas del pequeño Salvador, y también en el cine, eran esencialmente visuales, “no les ponía los globos ni otros textos que podían sobreponerse y perjudicar mis dibujitos”. Los diálogos los asumía el autor, que entonces se volvía narrador de fantásticas historias de misterio y de amores apasionados.

El primer cuadro de la tira, que deja ver un trabajo con tinta o con lápiz, lleva un título y el último, los créditos inventados por el dibujante: director y actores.

En el colegio, “a veces hacíamos revistas y allí también intenté crear mis historietas, tanto me gustaba el género”.

La producción argentina y la estadounidense acaparaban la atención del niño. En Buenos Aires, donde cursó el colegio, el auge de la historieta, con dibujantes como Lino Palacio (Don Fulgencio) o Guillermo Divito (Rico Tipo, la revista), “se vio renovada por la llegada de autores italianos que dieron lugar a una época de oro”.

De ese tiempo dorado es la presencia en Argentina de Hugo Pratt, que fue parte de la serie y revista El sargento Kirk, donde estampó su estilo de dibujos, y luego, su Corto Maltés. “Pratt fue parte de un taller que se llamó de los 12 grandes; me hubiese encantado ser parte. Pero asistí a un instituto que se promocionaba como de alto nivel y al que mi madre me inscribió; fue de lo peor” y tal vez por esto, el chico de 12 años fue abandonando la idea de ser historietista, pero no dejó de leer revistas y de hacer sus trabajos caseros.

Del otro lado de América, reinaban en su mundo Mandrake, el mago (Lee Falk y Phil Davis); El Fantasma (Lee Falk); Terry y los piratas (Milton Caniff/George Wunder), Superman (Jerry Sieger y Joe Shuster), entre tantos personajes que alimentaron el imaginario infantojuvenil.

Cuando Romero tuvo la oportunidad de viajar a Europa, para estudiar en la Universidad de Lovaina (Bélgica), encontró un nuevo panorama para su pasión: “Descubrí Las aventuras de Tin Tin (Georges Remi, Hergé); debo tener toda la colección. Recuérdame que te la muestre alguna vez que tengas tiempo”.

Con Tin Tin, que Romero llegaría a compartir con sus nietos, le pasó algo curioso. “El tiempo que viví en Lovaina, con otros compañeros solíamos ir a Bruselas haciendo auto stop; cierta vez, me recogió un oficial del ejército belga, con quien me puse a charlar y, al saber que yo era boliviano, me preguntó si leía Tin Tin. Le dije que por supuesto y entonces me preguntó si sabía que la aventura titulada La oreja rota está inspirada en la Guerra del Chaco. Me sorprendió muchísimo y mi interlocutor me explicó que era miembro del estado mayor belga, especialista en conflictos de América Latina, en particular en la contienda que libraron Bolivia y Paraguay”.

Ciertamente, “en la historieta mencionada, que lleva al reportero a Sudamérica, en pos de una pieza de cerámica robada, si bien no se menciona a los países con sus nombres reales, sino como San Teodoro y Nuevo Rico, hay una contienda por el petróleo”.

El universitario

Asterix, Corto Maltés... los cómics fueron matizando los días del estudiante de ciencias sociales que, por otro lado, admiraba al pensador alemán Max Weber, en busca del cual —para profundizar en sus ideas— había llegado a Europa, luego de que empezase su vida universitaria en La Paz.

“Mi padre y mi abuelo fueron abogados. A mí me interesaban las ciencias sociales, pero en ese entonces, para abrazar este campo en Bolivia, había que estudiar Derecho, así que empecé la carrera en la Universidad Mayor de San Andrés”. El padre le dijo que lo que deseaba era facilitar al hijo los estudios y “me permitió el privilegio de no trabajar, de manera que también entré a Filosofía, una gran facultad en su tiempo y muy exigente”.

El marxismo teñía el ambiente académico, “a veces de forma muy simplificada, y yo, que siempre he sido un contreras —mi padre me decía ‘sonso al revés’, con su tono tarijeño—, buscaba opciones. Un día, de casualidad, alguien mencionó a un señor Weber y la obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Picado por la curiosidad, “me fui a prestar algún libro al respecto y hallé la traducción al castellano de la obra, que se hizo antes que la versión francesa o inglesa...  Pero, ven, te voy a mostrar el libro del que te hablo, si no te estoy dando mucha lata”.

De ese modo, la entrevista, que debía ser sobre Mafalda, se fue convirtiendo, con Salvador Romero, en una fascinante charla, tal cual las clases que solía dar en la universidad. Conversador ameno, generoso, iba tendiendo redes con diversos datos, por momentos tan amplios que uno sentía que iba a perderse. Y, de pronto, cualidad del maestro, él cerraba el círculo. Así, aquel día, Mafalda no fue sólo un personaje de historieta, sino un instrumento para leer la sociedad, para intentar comprenderla en su complejidad y contradicciones. ¿Quién sino un experto en ambos campos para unir coherentemente a una niña de tinta con el filósofo Weber?

Los encuentros

El viaje de estudios a Lovaina le acercó, pues, al alemán, “que influyó, diría yo, aún en mi vida personal, con esa su postura escéptica, menos determinista, que he mantenido siempre”. Sin embargo, en la universidad no pasó como lo imaginaba, “pues la carrera de Ciencias Sociales estaba ya muy dedicada a los métodos, las estadísticas”. Igualmente, cuando llegó la hora de hacer la tesis de licenciatura, “fui donde uno de los pocos profesores que podían guiar este tipo de trabajos. Voy a trabajar Weber, planteé. Supongo que usted habla alemán, comentó. Le respondí que tenía la traducción al castellano. ¿Se animaría a hacer una tesis sobre un autor al que no es capaz de leer en idioma original?, me aterrorizó”. El joven terminó por aceptar la propuesta de ahondar en los presupuestos familiares, una técnica para ver en qué se gasta un salario y adónde irá a dar el dinero si hay un incremento. “Pedí información a Francia, sobre encuestas en África, y trabajé un año. Aquí lo tengo, le presenté al profesor. Otra vez me miró con sorna: No es más que el aliño para cualquier ensalada, no vale mucho científicamente, no hay nada nuevo, me respondió. Y reparó en un capitulito, casi en anexo, donde yo hablaba de la aplicación de esas encuestas en comunidades campesinas de Bolivia. Eso, haga sobre eso y salve parte de lo que ya ha elaborado”. Así salió la tesis, con sus copias logradas en esténcil, una de las cuales se halla en los estantes de la familia Romero.

Ya graduado, el profesional regresó a Bolivia. Se casó con Florencia Ballivián “y comencé a trabajar en la que debe ser la primera ONG en el país. “En ese tiempo, en las oficinas leíamos Mafalda”. Y en el hogar, también. “Le leía y explicaba pedacitos de la historieta a mi hijo Salvador Ignacio, quien tenía como tres años; pero además le dibujaba los personajes. Le hice un afiche sobre la tira del ‘palito de abollar ideologías’. Mafalda engarzaba muy bien en las visiones de vida de mi entorno”.

Otra vez, la historieta. “En ese tiempo, la creación de Quino no era de lectura popular. Se dirigió, pienso, al público de clases medias latinoamericanas y nosotros, en Bolivia, la leíamos en momentos en que asomaba tímidamente la ideología de izquierda”. El existencialismo, Sartre, el psicoanálisis y ese tipo de ideas aparecen en los personajes, “hasta ese momento de ruptura que representa Mayo del 68”. Tal movimiento, “a mi modo de ver, quiebra la concepción clásica de la lucha de clases”. Es la primera vez, “como dice Alain Touraine, en que dejan de enfrentarse burgueses con proletarios y éstos se ponen de lado de los primeros”. Mayo del 68 “denuncia a los estados centralizadores, que manejan gran parte de la vida de las personas: la famosa planificación. Y entonces, así como la vanguardia del proletariado fueron los impresores, ahora son los estudiantes, más sensibles a las formas de dominación que se ejercen desde el Estado, los que salen al frente”. Mafalda también “cambia un poco, pues deja la búsqueda de igualdad por mayor libertad y espontaneidad. Fue el periodo más fuerte antes de su desaparición. Y Quino hará luego otras tiras más agudas, perversas y maliciosas”.

Para el doctorado, Romero volvió a Europa. Otra vez Weber y, esta vez, el tema de la  legitimidad del poder. Y nuevamente una lección: “un profesor amigo me dijo, en otras palabras, no seas sonso, uno siempre debe trabajar el tema en el que más sabe, en el que domina; si vas con Weber, el tribunal te va a hacer trapo”. Lo dejó y se dedicó a estudiar los movimientos sociales campesinos en Bolivia. El ejemplar de la tesis está guardado y luce sus hojas de papel copia trabajadas a máquina.

El contenido trata de un tema que en su tiempo fue calificado, por grupos ideologizados de la UMSA, como “maniobra distraccionista”: “Identifiqué movimientos que llamé arcaicos y modernos; los primeros eran aquellos dados la vuelta hacia la comunidad  y que intentaban imponer al resto de la sociedad boliviana formas de vida que, en rigor, no son ni del incanato, ni comunidad ancestral alguna. De todas maneras, ese mundo trataba de imponer valores, maneras de vestirse y hasta el idioma (aymara). Por supuesto, como sucede ahora, no convencían a quienes ya están colonizados desde hace tanto tiempo, que el mestizaje es su realidad”. Y estaban los modernos, “los que buscaban aliados urbanos  para lograr cambios: así se consiguió la reforma agraria y otras medidas y —como verás— así se mueven ahora en la temática de la carretera por el TIPNIS”.

Mafalda y las confirmaciones

Lo que Romero no dejó de buscar es lo que hay detrás de dichos movimientos y esto le permitió desembocar en Weber, a quien nunca había olvidado. “Y Mafalda, de alguna manera, me ayudaba a comprender lo que se pensaban las clases medias en mundo en el que comenzaba a cobrar protagonismo la ruralidad, los campesinos, etc., mientras estaban perdiendo espacio los famosos proletarios”.

Y “yo, que dediqué mis esfuerzos a contribuir a la mejora de mundo rural, que trabajé en temas de marginalidad, siempre creí que ese mundo estaba totalmente tocado, modificado desde la llegada de los españoles. Y mira tú que encontrar en una historieta un mundo que emergía (la clase media), frente a todo el debate de la burguesía y el proletariado campesino, me convenció de que había que hacer una política no para los extremos, sino abarcar a las distintas clases, incluida la media que es el lugar de llegada de los sectores en ascenso, el elemento de engarce, sobre todo en Bolivia”.

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