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San Antonio: la condición de la libertad

San Antonio

San Antonio

La Razón

00:00 / 20 de mayo de 2012

Que un documental llegue a la pantalla de cines y se exhiba dentro de los circuitos comerciales es siempre saludable. Que la película le haga frente a la sobreoferta de productos de consumo masivo y además salga airosa de esta contienda desigual, es una responsabilidad del público, del espectador ávido por ver propuestas diferentes en la sala oscura.

San Antonio, dirigida por Álvaro Olmos, es una obra documental que se adentra en la cárcel más pequeña y sobrepoblada de Bolivia. Enlazando la historia de tres privados de libertad, esta ópera prima logra con su relato algo que es difícil hallar en este tipo de producciones, y es la condición de no juzgar a los personajes que narran sus problemas y alegrías, sino compartir con ellos las vivencias de estos seres humanos que por diferentes motivos ahora viven tras las rejas.

Sin embargo, la situación de San Antonio parece estar muy lejos de la clásica imagen de los centros de reclusión que el cine ha creado a lo largo de todos estos años. Porque las cárceles no han sido un espacio ajeno a la historia misma del séptimo arte y Hollywood ha sabido dibujarlas de un modo que se aleja de nuestras realidades palpables.

En 2003, Héctor Babenco puso el lente sobre Carandiru, la cárcel más grande de Latinoamérica, para hacer un relato exquisito de una situación extrema en Brasil. Y fue el boliviano Diego Mondaca quien abrió en el audiovisual boliviano un debate sobre la condición de la libertad en su cortometraje La chirola. Ahora Olmos no defrauda y consigue hacer de San Antonio una película interesante desde todo punto de vista. Este documental desarrolla a los personajes y los hace narradores, incluso logra con un cámara en mano que cualquier distancia entre el film y el espectador desaparezca en una secuencia en la que Ramón, uno de los personajes, filma la realidad a la que el propio director no puede acceder. He aquí un gesto de honestidad total con el trabajo profesional que desarrolla Olmos. Es esta una señal de que asistimos al surgimiento de un realizador que promete. Claudio Sánchez

Películas en pocas palabras

Drive (cine independiente)

La seducción de las formas del pasado pocas veces es tan cabal como en el filme de Nicolas Winding Refn, Drive. Ganador de la Palma de Oro de dirección en el reciente Festival de Cannes, el director danés arma una historia que logra convocar magistralmente gestos de estéticas dispares. La ciudad de Los Ángeles vista desde los ojos de un conductor sin nombre —mecánico, extra en escenas de alto riesgo con automóviles en películas de Hollywood, y conductor designado en asaltos nocturnos— en un filme con aire ochentero y evidente corte neo noir, hacen de ésta una pieza de desmedida nostalgia y alta velocidad. Drive conjuga una fatal historia de amor con los ires y venires de la mafia, a través de un personaje sobriamente construido a la sombra de aquellos entrañables héroes de la pérdida. Cowboy moderno o nueva versión del inmortal Travis Bickle de Scorsese, el personaje sin nombre bajo el signo de un escorpión en la espalda de su chaqueta, no puede perderse de vista.

Mary Carmen Molina E.

Lluvia (cine latinoamericano)

Un alma atormentada y errabunda controlada por la incertidumbre es precisamente la que posee Alma, mientras que el desasosiego y el dilema moral rigen a Roberto. Las historias de ambos se entrecruzan en una noche de embotellamiento, pero sobre todo, de lluvia. Ella va manejando un coche; él, escapando de unos hombres, por lo que, intempestivamente, se refugia en el auto. De este modo, la historia de Lluvia, de la argentina Paula Hernández, se va dando en los pocos encuentros que tiene la pareja, siempre en medio de torrenciales tormentas. Así, un día antes de volver a España, Roberto le cuenta a Alma la razón de su llegada a Buenos Aires: la muerte de un padre al que no había visto en más de 30 años. Alma también le cuenta el porqué de su permanencia continua en el auto: la separación con su pareja de nueve años. Ambos, perdidos en medio de un Buenos Aires que se quiere cosmopolita, al que no le interesa individualidades ni subjetividades. Soledades unidas por una imparable lluvia, lluvia que no cesa sino hasta el sosiego de estas angustias solitarias.

Mitsuko Shimose

Votos de amor (en cartelera)

Pocas frases son tan amenazantes en el cine como la que condena a uno a ver una historia basada en hechos de la vida real. Créalo: todavía hay películas que exhiben todo su calibre apelando a las bondades de este cliché. Calibre que, en el caso del meloso melodrama Votos de amor es inofensivo, pero francamente aburrido: la historia de un accidente que termina con una esposa que sufre de amnesia y un esposo que sigue al pie de la letra sus votos de matrimonio, podría haber sido un entretenido reality show. Aunque la película suene a remake de 50 first dates (2004), no podría estar más alejada de la comedia protagonizada por Adam Sandler. En esta historia pasa lo impensable en una película de Hollywood: lo cursi alcanza sus límites y, extrañamente, se agota. La amnesia malvada, la esposa que termina siendo una malvada y la vida que tal vez siempre lo fue, caen estrepitosamente minuto a minuto. Tanto, que lo más emocionante es volver a ver a Ben, el galán de la serie de los 90 Felicity, o escuchar con pena una canción de The Cure. Sin embargo, esto, como el resto de la película, es totalmente prescindible.

Carolina Castillo

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