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San Francisco de La Paz

El Centro Cultural Museo San Francisco conserva en sus paredes y sus salones 465 años de historia católica y de la hoyada paceña.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández

00:00 / 10 de mayo de 2015

Dentro del recinto se siente la historia. Es un viaje al pasado a través de paredes gruesas y tumbados altos en busca del cielo. José Luis Ríos, director ejecutivo del Centro Cultural Museo San Francisco, nos previene que no se pueden sacar fotografías del ingreso a la cripta. La restricción es un mecanismo de seguridad dentro de éste que ha pasado a ser un complejo turístico. Luego de bajar las gradas de un pasillo angosto, el visitante se encuentra con algo semejante a un horno con paredes de ladrillo, donde se respira memoria entre resquicios de piedras, que es solo una muestra del museo que se esconde en el centro de La Paz.

La Empresa Estatal Boliviana de Turismo (Boltur) y el Centro Cultural Museo San Francisco promueven la visita a este repositorio que testimonia en sus ambientes la fe cristiana y la influencia de la cultura indígena, a través de la exposición de dioramas, pinturas, adornos y la infraestructura misma del templo.

Al cruzar la columna principal del ingreso y las paredes de roca tallada, el visitante se aleja del bullicio de la Plaza de los Héroes, también llamada Plaza Mayor, el punto de encuentro de cientos de personas y donde pintores ambulantes, mimos, vendedores de café y de bocadillos, y pajpakus dan vida a este sector que en siglos pasados fue el límite entre la paceñidad criolla y la paceñidad indígena. Cuando el capitán Alonso de Mendoza fundó Nuestra Señora de La Paz, el 20 de octubre de 1548 en Laja, ya había un convento de los franciscanos a un lado del río Choqueyapu. De acuerdo con el libro Fragmentos de la Memoria-Restauración y refuncionalización del conjunto conventual de SN Francisco, historiadores afirman que el fray Francisco de Morales, uno de los fundadores de la Iglesia y Convento San Francisco de La Paz, había formado parte de la expedición española que pasó por este territorio en 1536, “por lo tanto ya habrían tenido presencia en el valle antes de la firma de fundación de la ciudad”, refiere el texto.

La primera iglesia franciscana en La Paz, que empezó a construirse en 1549 y que  fue terminada en 1581, se desplomó debido a una fuerte nevada entre los años 1608 y 1612. Como consecuencia de ello, el entonces corregidor de la ciudad, Diego de Portugal, se encargó de la reconstrucción, “obra que emprendió con gran empeño y constancia”, cita una parte de los datos históricos del texto de referencia.

Después de un tiempo, la nueva iglesia había quedado pequeña para la cantidad creciente de habitantes, así es que la orden franciscana proyectó la edificación de un nuevo templo hecho de piedra. Las obras comenzaron el año 1743, con el trabajo de arquitectos españoles y alarifes, canteros y albañiles indígenas, mestizos y criollos.

Recorriendo los años

Con estos datos históricos, Elizabeth Poca Quispe, jefa de guías en San Francisco, inicia el recorrido por el museo, con la ayuda de dioramas que reflejan las características de las viviendas y de la gente que vivía durante siglos pasados. La guía indica el antiguo claustro y comenta que para el cuarto centenario de la fundación de La Paz en 1948, la municipalidad inició un proyecto de modernización de la ciudad, que incluyó la ampliación de la avenida Mariscal Santa Cruz concretada en 1961, con la demolición del convento de San Francisco, lugar que el ejército realista comandado por José Manuel de Goyeneche había ocupado las instalaciones para instalar un cuartel, desde donde reprimió la revolución paceña de 1809.

Elizabeth vuelve a señalar la maqueta de la iglesia y refiere que una basílica generalmente tiene dos torres, pero la de San Francisco no aguantó el peso, así es que se la erigió con un campanario del siglo XIX.

Poca es una de las 30 guías que dirigen a los turistas por los más de 25 salones, durante poco más de una hora de recorrido. Para comodidad de los turistas, estos funcionarios pueden conversar en japonés, francés, inglés y español. Luego de una corta caminata por uno de los pasillos se llega al jardín, donde rebosa la quietud, la tranquilidad y un silencio profundo.

En medio del pasto muy cuidado y plantas medicinales hay árboles de ciruelo, pera, damasco y manzana. Al centro, una fuente recibe el agua que no cesa de caer. Mientras, a los cuatro costados de lo que antes fue un huerto, los balcones coloniales con arquerías hechas de piedra parecen ser protectores de la cúpula de la histórica iglesia.

El sosiego a unos metros de la vorágine de la urbe parece irreal. Elizabeth expresa que se debe a que la pared de la infraestructura está hecha de adobe, que suele tener un metro de espesor, mientras que la iglesia tiene muros de tres metros de ancho, detalles que se pueden apreciar en los ambientes del museo y del templo.

La Provincia Misionera San Antonio y la Comunidad Franciscana de La Paz obtuvieron apoyo financiero del Fondo Fiduciario Italiano para la Herencia Cultural y Desarrollo Sostenible, a través del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), para la restauración y revalorización de la basílica y del convento de San Francisco. Gracias a este apoyo fueron restaurados los lienzos, el mobiliario y la fachada de la iglesia, además de revitalizar los espacios que habían sido abandonados.

En ese sentido, uno de los ambientes que fue empleado como biblioteca y después como taller de carpintería y depósito de muebles, ha sido reconstituido como salón de exposición de cuadros, que ahora se denomina Santa María de los Ángeles. Uno de sus cuadros representativos es la Virgen de Guadalupe, pintada por Gregorio Gamarra en el siglo XVIII. “No es la Guadalupe de México, esta Virgen es de España, de Extremadura, de la población de Guadalupe”, aclara Elizabeth, quien añade que una imagen similar se encuentra en la ciudad de Sucre, “adornada con rubíes, esmeraldas y piedras preciosas”.

Los demás cuadros son de autor anónimo, pero de manera clara demuestran la simbiosis de la religión católica con una fuerte influencia indígena. Asimismo, la presencia franciscana en la Guerra del Chaco tiene su testimonio en un ambiente donde se encuentran los objetos personales de fray Bernardo Villamil, quien estuvo presente en la conflagración contra el Paraguay “como capellán, como la persona que daba las bendiciones, indulgencias y primeros auxilios, porque los sacerdotes no iban a pelear, iban a colaborar”, recalca la guía. En la habitación del fraile hay un mostrador donde se exhiben sus documentos y condecoraciones, además de un catre viejo y algunos muebles que demuestran la vida humilde de los franciscanos. “Las uvas las traían de Luribay (a 165 kilómetros de La Paz), las colocaban dentro de esos toneles y empezaban a pisarlas para elaborar el vino patero”. Elizabeth muestra las máquinas donde se iniciaba el proceso de elaboración del vino para las misas, pues era la única bodega de la urbe paceña. En un rincón están algunas vasijas de barro tapadas con cal, que servían para fermentar el jugo de uva durante diez a 20 días. Al frente hay otros barriles que contenían litros de aquella bebida que simboliza la sangre de Cristo.

Después de caminar por salones con pinturas y objetos antiguos se llega a un ambiente donde se explica la historia de los franciscanos en Bolivia. El piso tiene 466 años, es de la primera construcción, por lo que solo la guía puede atravesar por este espacio, aunque queda la tentación de caminar sobre esta historia. En los ambientes contiguos a la sala del coro se exponen tres casullas antiguas y objetos de plata que son cuidados a tal punto que “no se pueden sacar fotografías”, vuelve a pedir el guía. Llaman la atención las ventanas del templo, pues parecen sucias y gastadas.

Como en siglos pasados no había vidrio se disponía de la berenguela y el alabastro, que son piedras translúcidas que permiten el paso del sol. Unas gradas angostas de piedra permiten llegar al techo de la iglesia, desde donde se vuelve a sentir el ruido de la modernidad de Nuestra Señora de La Paz. Las tejas del techo de la iglesia fueron elaboradas en el siglo XVIII mediante la técnica de la muslera, es decir que el franciscano o indígena empleaba su muslo como molde para hacer la pieza de barro. En la parte superior también está ubicada la campana de la libertad. La historia indica que el franciscano Juan de Dios Delgado, emocionado por la revolución del 16 de julio de 1809, hizo sonar de tal manera una de las campanas, que ésta se rajó.

Juan de Dios fue partidario de la libertad americana, tanto así que cuando Murillo fue colgado y decapitado, el fraile y Tomasita, la hija del protomártir, se dirigieron al Faro de Murillo para recoger la cabeza y llevarla a la cripta de la iglesia.

El director ejecutivo del museo vuelve a advertir que no se pueden tomar fotos del ingreso a la cripta debido a la riqueza cultural que allí se guarda. No sería raro que alguien se viera tentado por aquel patrimonio. Luego de atravesar unas gradas se accede a un ambiente fresco y tranquilo donde hay varias urnas de personajes históricos. En este espacio, donde se siente mucha tranquilidad, están los restos de Pedro Domingo Murillo, Melchor Jiménez, Juan Antonio Figueroa, Manuel Victorio García Lanza, Gregorio García Lanza, Juan Bautista Sagárnaga, Apolinar Jaén, Basilio Catacora, Buenaventura Bueno y Mariano Graneros.

En un contenedor más grande también están otros paceños que lucharon por la independencia del yugo español. Por otro lado, en una urna especial se encuentran las cenizas del héroe de Calama Eduardo Abaroa, cuyos restos son trasladados a la plaza Abaroa cada 22 de marzo para recordar el Día del Mar.

Cofre con restos

Llama la atención el cofre donde hay un poco de arena de Calama y un periódico de la época, además de una urna que tiene los restos de Anselmo Murillo, un subteniente boliviano que combatió en el ejército libertador en la batalla de Ayacucho.

Finalmente, en un pequeño envase, se encuentran las cenizas del alemán Otto Felipe Braun, quien combatió bajo las órdenes de Simón Bolívar y que vivió mucho tiempo en la naciente nación boliviana.

Ríos comenta que si bien el repositorio recibe más de 50.000 visitantes al año, el 80% no paga su entrada porque se trata de estudiantes. No obstante, este museo se autogestiona y su director ejecutivo desea que suba el número de visitantes nacionales y extranjeros, para que conozcan más de su singular historia.

El recorrido por este museo puede durar una hora o más, con un repaso por los hechos más representativos de La Paz a través de los muros, pinturas y otros objetos que resguarda el recinto. Y es que en sus inmediaciones se ha reunido la muchedumbre para pedir democracia o para exigir la renuncia de presidentes, para celebrar fiestas, para recordar a personajes o simplemente para matar el tiempo.

Es por ello que la iglesia y el museo guardan entre los resquicios de sus piedras una ciudad de La Paz que merece la pena recordar.

San Francisco, una vida de ayuda

Francisco nació en Asís (Italia) el 5 de julio de 1182, en el seno de una familia acaudalada.

Durante una batalla entre Asís y Perugia cayó prisionero y padeció una grave enfermedad, tiempo en que decidió cambiar su forma de vida mundana.

En 1205 ejerció la caridad entre los leprosos y trabajó en la restauración de ruinas de iglesias, debido a una visión en la que un crucifijo del templo de San Damián en Asís le ordenó que reparara su casa. Los gastos en obras de caridad enfurecieron a su padre, quien lo desheredó. Por ello renunció a su ropa cara por una capa y dedicó los tres años siguientes al cuidado de los leprosos y los proscritos.

En septiembre de 1224, después de 40 días de ayuno, rezando en el monte Alverno, sintió un dolor mezclado con placer, y en su cuerpo aparecieron los estigmas (las marcas de crucifixión de Cristo). Fue llevado a Asís, donde pasó los años que le quedaban marcado por el dolor físico y por una ceguera casi total.

Francisco de Asís falleció el 3 de octubre de 1226 cerca de la capilla de la Porciúncula y fue sepultado en San Giorgio. El 16 de julio de 1228 fue canonizado por el papa Gregorio IX. En el año 1980, el papa Juan Pablo II le proclamó patrón de los ecologistas.

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