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‘Santa María Josefa, ayúdame a encontrar un parqueo vacío’

‘Aquí somos católicos y no vamos a cambiar de religión’, dice un afiche cerca de la fotocopiadora del bazar papelería.

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 24 de agosto de 2014

De lunes a domingo, a las ocho en punto, antes de preparar el desayuno, María del Rosario Portugal Lanza, de 30 años, enciende una velita en el oratorio familiar, dedicado al Corazón de Jesús, al Corazón de María, a San Silvestre —patrón de los albañiles y los picapedreros— y a algunos otros santos que la protegen y acompañan. “Primero es Dios y luego, las obligaciones. Al menos, en mi caso”, explica. Según María, hace algunos años, su madre —ya difunta— se salvó de un coma profundo por la intermediación divina de la Virgen de Lourdes. Para que su sobrino no muriera en la incubadora tras un parto difícil, unos años antes había recurrido ya a San José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei y patrono de los diabéticos. Y para que salga todo bien a la hora de cuadrar la cuentas de su papelería —llamada Copacabana en honor a la Virgen del lago Titicaca— se suele encomendar al Señor de la Misericordia.

María del Rosario, que viste un pantalón y una chamarra de plumas que le da un poco de volumen a su cuerpo minúsculo, no pierde de vista el mostrador de su negocio, un local amplio iluminado con luz blanca que ha heredado de sus padres y que hoy comparte con tres de sus cinco hermanos —los que siguen solteros, como ella —: un varón y dos mujeres que además viven bajo su mismo techo. Allí vende bolígrafos, libretas y almanaques. Vende folders, palitos para helado y papel seda. Y también vende estampitas. “Las hermanas Paulinas nos traen siempre una buena cantidad, sobre todo en fechas señaladas, como Navidad. El resto las diseño, las imprimo y las plastifico yo a pedido, y casi las regalo: las doy a tres bolivianitos”, dice. Al mes calcula que suele despachar entre 20 y 30. Las más solicitadas son la Virgen de Guadalupe y la de Fátima.

Guardamos la foto de un ser querido en la cartera porque nos alivia tocarla cuando está lejos. Los marcapáginas con las citas de nuestros escritores favoritos porque son una fuente de inspiración constante. Y las estampitas porque creemos que son capaces de promover pequeños milagros alrededor nuestro. A María, en ocasiones, la visitan quinceañeros desesperados por aprobar un examen en el colegio, y ella les ofrece la imagen de algún santo efectivo con el mismo fervor con el que un predicador anuncia el Apocalipsis. “Pero siempre las animo a estudiar antes. La fe sin el esfuerzo no basta”.

Al fondo del bazar papelería de la familia Portugal Lanza hay una repisa. En la repisa hay un altar. En el altar, un par de figuritas —la Virgen de Copacabana y San Martín de Porres—. Y alrededor de ellas, entre otras, las estampitas de Santa Teresa de Jesús y de una monja risueña que falleció en 1962: la beata Ludovica, patrona de la niñez y de la adolescencia. “Todas nos las dieron amigos o conocidos en algún momento. Nosotros no tenemos la costumbre de comprar”, dice María del Rosario mientras las revisa.

Un cura les trajo la de una polaca de nombre impronunciable: Częstochowa; una señora, la de la Virgen de la Paz, que se apareció en un pueblo de Ecuador hace algunos años; y un cliente les hizo conocer recientemente la de San Chárbel Makhlouf, un extraño santo libanés cuyo cadáver permaneció 70 años incorrupto, como si estuviera vivo. Las más clásicas se lucen junto a la pared. Las demás, junto al cristal que rodea la caja de cobros.  

De lejos, todas las estampitas se ven iguales, o cuando menos, semejantes: muestran a hombres y mujeres con cara de mártir, un aura de luz que se expande desde la cabeza y los ojos abiertos. María las suele diferenciar por los detalles. “San Martín es el de la escoba —repite de memoria, como si recitara una novena—. San Pablo, el que está agarrando un libro. Y nuestras vírgenes locales son más rústicas que las europeas”.

Cerca de la fotocopiadora, un afiche con la imagen de Juan Pablo II —un santo reciente— sirve de advertencia a los distraídos: “Aquí somos católicos y no vamos a cambiar de religión. Por favor, no insista. Gracias”. Según María del Rosario, cada cierto tiempo algún cristiano se queja de la iconografía que hay en la tienda y prefiere esperar por sus copias fuera. “Una vez, para evitar inconvenientes, quisimos desarmar el altar para colocarlo luego en algún rinconcito más privado, pero no salían los clavos. Parece ser que la Virgen de Copacabana no quería que se la llevaran de aquí”, sonríe.

A continuación comenta que reza todos los días en la puerta del bazar antes de empezar la jornada laboral: “una nunca sabe lo que puede pasar: hasta con billetes falsos te pagan a veces”, se justifica. Y después confiesa que a menudo se pone en las manos de Santa María Josefa Rosello cuando no halla estacionamiento: “Santa María Josefa, ayúdame a encontrar un parqueo vacío, le pido y le pido, y enseguida se desocupa uno”.

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