Escape

Santiago de Huata navegable

A orillas del lago Titicaca, esta población aymara se abre al turismo.

La Razón (Edición Impresa) / Eduardo Salazar

00:00 / 14 de junio de 2015

En el estrecho que une las playas de Santiago de Huata con la isla de Sunata, Víctor Apaza recibe una llamada y la atiende. Allí en medio del lago, con el agua fría hasta la cintura y el viento soplando fuerte, este hombre de unos 30 años responde en tono amable —obviando toda circunstancia— a quien le llama, actitud que conserva con quienes han elegido este lugar para disfrutar un par de días frente al Titicaca.

Así como él, todos sus compañeros propios de las comunidades aledañas se han aventurado en un proyecto turístico con una única pero fuerte ambición: convertir a Santiago de Huata en el destino predilecto de bolivianos y extranjeros. La tarea no es fácil, aunque cuentan con todas las condiciones para lograrlo.

A las siete de la mañana, el bus recoge a 20 turistas en la plaza Murillo con destino a esta población. El viaje que debía durar dos horas, en realidad tarda cuatro debido a una tranca vehicular por El Alto. El optimismo por un par de días llenos de placer se mantiene en el ambiente y, según llegan al lugar, los recibe el padre Leonardo Giannelli, junto a su equipo. Uno de ellos es Víctor y dos chicos más, de nombres Armín y Patricio.

Bienvenidos

La bienvenida es corta, y la hace el religioso mientras reza el itinerario de viaje a los aventureros que aprovechan el momento para desayunar lo que ya se encontraba frente a sus ojos: panes con queso y vegetales, café y jugos.

Quince minutos después, una de las chicas, Luisa Mamani, de estatura mediana, tez tostada y amplia sonrisa, conduce al grupo de viajeros al centro de la plaza principal de Santiago de Huata explicando la historia del casco histórico de este pueblo enclavado en el altiplano boliviano; las temperaturas son bajas pero el sol imponente amaina el clima y el cuerpo se adapta con facilidad.

Y es así como Luisa muestra un monolito o waq’as —de la cultura Chiripa— que representa a las antiguas divinidades con forma de serpiente que a su vez simbolizan al rayo y al trueno —mientras los turistas no paran de tomarse fotos—. Algunos curiosos centran su atención en la serie de grafitis no muy tolerantes con el padre de la patria: Simón Bolívar. Sin embargo, la guía se excusa y promete que lo pintarán para no desagradar a nadie. Así se cae en cuenta de dos cosas: una, que si algún detalle se les escapa a esta gente procuran arreglarlo de inmediato. La segunda es que la sensación de libertad allí aflora a medida que la persona se entrega a la naturaleza circundante; sin ataduras y por minutos el ser se pierde en medio de la infinidad de la belleza del lago y las montañas que lo acompañan fielmente. El grupo continúa la exploración con rumbo a la iglesia, donde a lo lejos ya se observa un par de vitrales, entonces el turno de guía lo toma el padre Leonardo, quien describe cada una de las pinturas, telas, mesas de madera e imágenes de Jesucristo y otros santos que adornan al recinto eclesiástico.

Lo llamativo es que casi la mayoría de la exposición resulta artesanal, hecha por comunitarios, manifestación de fe y arte a la vez.

El sueño de la comunidad

Santiago de Huata es, sin duda, un sitio lleno de paz habitado por gente emprendedora. Y es que en este punto de Bolivia un grupo de chicos ha construido embarcaciones de alta tecnología. La idea fue conjunta entre el sacerdote y los pobladores y contaron con la ayuda de expertos italianos, que entre 2012 y 2014 lograron unir un equipo de bolivianos para hacer este sueño realidad: dos sendos veleros, de envergadura, para surcar el lago más alto del mundo.

Acompañados de los guías, los turistas atraviesan una comunidad cuyos habitantes escasamente sueltan un saludo. Una vez en el malecón, se forma una fila que hace crujir el muelle de madera vencida que deposita a los visitantes en las embarcaciones. Finalmente los dos catamaranes se llenan de inmediato con una repartición exacta de diez y diez por barco. Uno lo comandaba Víctor y el otro Emilio Larica, con una tripulación encabezada por Hilarión, Armín, Carlos y Hortencia, junto a quienes el paseo es seguro y entretenido.

Al término del ocaso se sirve la cena bien preparada por la cocinera Verónica Callisaya. Algunos aprovechan y descansan, pero fue bien entrada la noche cuando todos se reunieron en las afueras de la casa de retiro, para disfrutar de una fogata que hacía contraste con las luces de las estrellas y luceros en el cielo negro como guardianes de la velada. Dos cuentacuentos de fábulas originarias y chistes —que acabaron siendo reflexiones de unidad y compañerismo— entretuvieron a los presentes que, sin importar las bajas temperaturas, cerraron el día con un baile en medio del fuego al compás de la música andina interpretada por un grupo de la comunidad originaria de Tojocachi.  

A la mañana siguiente el sol salió temprano, aunque a decir verdad no hubo prisas. Quizá el frío hace que la gente se despierte de a poco. El día prometía mucho.

Tras desayunar, hubo dos opciones para dirigirse a la isla Sunata, en bus o haciendo trekking. La última alternativa casi nadie la desperdició. La caminata se extendió por más de una hora y media, el trecho no era muy difícil, tampoco había mucho tiempo para darse cuenta, pues a la vera derecha como pintada se encontraba una ribera adornada por una suerte de playa de color azul intenso. Hay en secreto —y con miradas cómplices— una reconciliación con la naturaleza.

Ya al frente de la isla Sunata se encuentra el reto mayor: cruzar el estrecho y sumergir medio cuerpo en el lago, aún con el tiempo a casi ocho grados y el agua gélida. Una aventura sin igual. Pero no todos lo lograron, pues algunos volvieron a la orilla casi congelados.  

Al conseguir pisar Sunata, lo mejor es subir a la colina y divisar la inmensidad del Titicaca; observar a lo lejos el dragón dormido, la Isla del Sol, el Illampu o las fronteras del país. Entretanto, mientras algunos turistas deciden volver en barca, otros se apresuran en la faena de retornar a tierra firme andando, chapoteando los pies entre las aguas. En eso suena el teléfono de Víctor, responde a la llamada y asiente, dice algo que no se escucha muy bien y cuelga. “Ya está todo listo”. El hombre señala a sus compañeros que ya casi todos se encuentran a orillas del lago, entonces entienden que la comida está servida, lista para los comensales, en esa suerte de ritual milenario proveniente de las comunidades andinas. Es el apthapi muy bien dispuesto que aviva el apetito de los presentes; encima del aguayo tendido sobre la tierra se dispone lo recolectado de la cosecha previamente cocido. Exhibido en bandejas de porcelana blanca y otras de peltre, las alternativas son trucha al ajillo, ispis fritos, tortilla de huevo, habas, ocas al vapor, papas y yucas cocidas, y para el postre plátanos sancochados.

Fue así como llegó la hora de despedirse. Algunos de los viajeros continuaban su rumbo hacia Copacabana, pero otros se disponían a volver a sus casas en Cochabamba o La Paz, también a Caracas o a Madrid. En realidad da lo mismo a dónde vayan. Seguramente, en la lejanía, todos los que visitaron Santiago de Huata dirán que una parte del paraíso prometido se esconde en Bolivia.

Veleros ‘made in Huata’

La idea inicial fue construir lanchas de plancha o de madera. Hasta que se logró coordinar con ingenieros italianos, entre ellos Giuseppe Sfondrini y Paolo Lugidiani, que arribaron a este país andino para apoyar el proyecto de esta parroquia, para dar inicio al diseño de catamaranes: strip planking, la unión de lo antiguo con lo moderno “madera y lana de vidrio”.

El párroco Leonardo Giannelli recuerda que el proyecto empezó en el año 2010 con la llegada desde Italia de un pequeño velero —un barco escuela de siete metros— llamado Kaos: “Con él llegó también un amigo velista que se quedó unos dos meses y empezó a pasar clases de vela con los jóvenes que ya en este tiempo vivían en la casa parroquial”, dice.

El resto de los involucrados en el proyecto relata que el diseño de los veleros les supuso un reto difícil: Víctor Apaza esboza una sonrisa de satisfacción al tiempo que confiesa que “cuando me entregaron el plan en mis manos, pensé que no podría llevarlo a cabo… pero dentro de mi corazón me repetía que lo haría hasta lo que pudiera y si no lo dejaría en manos de otra persona. Aunque el padre Leonardo no se cansó y lo logramos”.

El primer catamarán, Titicat I, fue hecho en nueve meses con ayuda de los cooperantes europeos; sin embargo, el segundo velero, Titicat II, fue construido exclusivamente por los chicos de la comunidad de Santiago de Huata, esos que hoy llevan el timón erigidos con orgullo frente a los turistas. Y, es que “la gente no nos creía, comentaban que las embarcaciones habían llegado de Italia, pero no, fuimos nosotros”, defiende Víctor. Entonces son ellos los campeones del viento. Así lo demostraron cuando navegaron el lago por vez primera en sus propios catamaranes en mayo de 2012.

De hombre común a navegante del lago

Víctor Apaza camina a diario durante 45 minutos para llegar a orillas del lago Titicaca. Cuenta que es oriundo de la comunidad Pahana Mediana, donde las creencias de su familia aymara son muy fuertes y no le permitieron salvar la vida de cinco de sus hermanos debido a que cuando éstos enfermaron no los llevaron a un hospital, sino a un yatiri. “Mis padres pertenecen a una cultura animista, por eso no íbamos al médico aún teniendo varicela”.

Paradójicamente, fue el mismo yatiri quien indicó a esta familia asistir a la iglesia todos los domingos y fue así como Víctor comenzó esta aventura. “Conocí a dos religiosos, al padre Basilio Bonaldi y al hermano Juan Mamani, me fui ganando su confianza, y haciendo las cosas de una manera diferente a como estaba acostumbrado. Atendía la oficina parroquial, y ganaba algo de dinero”. Víctor recuerda que a sus 15 años, allá por 2000, ya residía en la parroquia mientras cursaba estudios de bachillerato… pero fue cuatro años más tarde cuando llegó a las tierras de Santiago de Huata. Para entonces el sacerdote Giannelli ya imaginaba al lugar como un destino para que los chicos de la comunidad no emigraran a Brasil, Argentina o a El Alto, sino todo lo contrario, que se quedaran e hicieran sus vidas: “aquí es muy lindo… y al padre se le ocurrió la idea de hacer turismo para disfrutar del lago y del pueblo”, rememora el hoy capitán de veleros.

“Para mí es una oportunidad muy grande y única. Me siento libre y mi familia ha mejorado sus condiciones de vida”, dice el navegante.

En la historia

En la época independentista, durante la presidencia del Mariscal Antonio José de Sucre, Santiago de Huata comprendía uno de los 11 cantones de Omasuyos.

Para 1874, en este lugar se encontraba uno de los puertos más importantes del lago Titicaca. Desde 1980 su territorio se disgregó, pero sigue siendo una zona periférica del departamento de La Paz con firme identidad que hoy por hoy procura la construcción del país.

El sacerdote italiano que hace turismo

El padre Leonardo Giannelli es muy querido en la población de Santiago de Huata. No se lo ve con aires de superioridad, todo lo contrario, se confunde con la gente propia de la comunidad. Se lo puede ver oficiando una misa o conduciendo una lancha por el lago con jóvenes a su alrededor, entre ellos una mujer. Ha sido el amor por el pueblo lo que incentivó al religioso a fomentar el turismo en tierras andinas, muy lejos de su Italia natal.

Acerca del proyecto de relevar el turismo asegura que ha sido una gran experiencia de trabajo en equipo, en la que la comunidad se ha visto fortalecida. “Hemos roto barreras, incluso entre los pobladores. Éstas se han superado por un motivo muy específico que es la estima y el respeto que las personas tienen hacia la parroquia como entidad religioso-social”. Al parecer en este lugar, cuando una idea tiene como eje central la parroquia, es aceptada con más cariño.

Giannelli no deja de repetir que “lo que queremos lograr es crear una actividad seria y sostenible en el tiempo que proporcione una real posibilidad de trabajo a los jóvenes que anhelen quedarse como líderes en sus comunidades y hacer crecer su familia en el campo”. Con una alegría que contagia a cualquiera, el sacerdote invita a todos, propios y foráneos, a visitar Santiago de Huata para navegar en el lago con expertos en navegación.

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