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‘¡Santos lunáticos, Batman!’

Monje calcula que su impresionante colección del hombre murciélago vale entre siete y diez mil dólares

José Alejandro Monje, 26 años, diseñador gráfico y publicista. Vive en La Paz. Foto: Álex Ayala ugarte

José Alejandro Monje, 26 años, diseñador gráfico y publicista. Vive en La Paz. Foto: Álex Ayala ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 18 de mayo de 2014

Cuando José Alejandro Monje prende su celular, un logo amarillo con un murciélago negro dentro ilumina la pantalla táctil. Cuando duerme, lo hace entre sábanas oscuras. Cuando se viste, trata de ponerse siempre que puede los calzones de Batman que le obsequió su madre el año pasado o las poleras con la señal alada que utilizaba Ciudad Gótica para pedir ayuda al enmascarado. Cuando habla, suele repetir las frases que las películas y las viñetas volvieron populares: “Lo que no te mata te hace más extraño” (el Guasón), “¿Por qué nos caemos, Bruce? Para aprender a levantarnos” (Thomas Wayne, padre de Bruce Wayne, identidad secreta del famoso vengador de DC Comics). Para José, Batman no es la máscara. “La máscara en realidad siempre ha sido Bruce”, señala.

“Un disfraz es una excusa para ser tú mismo”, dice el número 116 de la revista peruana Etiqueta Negra. José Alejandro no ha dejado de disfrazarse nunca: el llavero de su auto deportivo es de Batman, sus cinturones para ajustar el pantalón son de Batman, muchas de sus gorras son de Batman. El sticker con el que ha personalizado la maletera de su carro es de Batman. Y los adornos que decoran su oficina también son de Batman.    

¡Sock! ¡Bong! ¡Pow!

“De pequeño —comenta el batmaníaco—, recuerdo que obligaba a mis padres a vestirme como él para ir al kínder”. “Debió de ser una locura para ellos lavar el traje todos los días”, bromea. Hoy, José Alejandro tiene 26 años, cejas pobladas y una colección envidiable, compuesta por más de 130 figuras de su alter ego y de los villanos con los que se enfrentaba; por más de 15 vehículos bien equipados; y por un sinfín de novelas gráficas en perfecto estado que narran las aventuras del Caballero de la Noche.

“En mi escritorio, donde guardo la mayoría de mi trofeos, tengo cosas increíbles: legos, accesorios, maletines diminutos para las armas más chicas, malvados difíciles de conseguir, como Solomon Grundy o Scarface, y ediciones limitadas”, explica. Y luego calcula que ganaría “entre siete y diez mil dólares” si algún día decidiera venderlo todo.  

Un coleccionista es un acumulador de objetos que para la mayor parte de los mortales son inútiles; y además, un lunático insaciable que casi nunca está contento. “Yo me muero, por ejemplo, por hacerme con el muñequito de Alfred, el mayordomo. Y, como todo fanático que se precie, quisiera tener entre mis manos su primer cómic, aunque sea simplemente para tocarlo”. La primera historieta de Batman —“El caso del sindicato químico”— se publicó en el número 27 de Detective Comic en mayo de 1939 y en las últimas subastas su valor ha sobrepasado el millón de euros (1,37 millones de dólares). Según Monje, tras la Segunda Guerra Mundial, “muchos de estos ejemplares fueron donados como papel reciclado”. Y encontrar uno en buenas condiciones es casi una entelequia.

En Brasil, el Batman Pobre es un tipo delgado con barba de pocos días que acude a las manifestaciones de protesta de Río de Janeiro con la marca del que fuera bautizado como “el mejor detective del mundo” pintada sobre el pecho y varias bolsas de basura encima que hacen las veces de antifaz y de capa.

En Eslovaquia, Batman es un hombre insatisfecho que ayuda a las ancianitas a cruzar la calle y a los vecinos a patrullar el barrio. En Bolivia, Batman es sin duda José Alejandro; y su símbolo de identificación más evidente, un tatuaje ciclópeo de mirada vigilante que luce en el hombro izquierdo.   

Monje cuenta que recibió su primer Batman a los dos años y que lo perdió porque lo sacaba a todo lado. “Luego, hallé el mismo modelo en la Feria 16 de Julio de El Alto y me lo compré por partida doble”, se sonríe. Poco después de aquel primer presente que le conquistaría para siempre, se enganchó a la mítica serie de los 60 en la que Adam West encarnaba a un justiciero con panza y en la que los golpes eran sonidos garabateados en mitad de la secuencia animada: ¡Zap!, ¡Sock!, ¡Pow!. Y desde entonces se loquea cada vez que lanzan algún nuevo juguetito vinculado a su personaje preferido.

Entre sus adquisiciones más preciadas, hay un Joker con algunos rasguños en la cabeza que también extravió de niño y que recuperaría años más tarde en la baulera de su abuelo. Y además, un extraño Batman con un corte en uno de sus brazos que una exnovia amenazaba con ofrecer para pagar los estudios de los hijos que jamás tuvieron.

Su pieza más emblemática, sin embargo, no es un multimillonario de grandes pectorales con uniforme de orejas puntiagudas y botas negras, sino un Superman de calzones colorados y pecho de plástico que le regaló su hermano y que está tasado en más de 2.500 dólares. “Me lo dio para que me pasara al otro bando”. Al de los superhéroes cool: con superpoderes, superamigos y supermascotas. “Pero no logró convencerme —dice—. A mí lo supermaravilloso siempre me ha producido náuseas”.

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