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Los Satiris Charazani: Sembradores del vivir bien

En las comunidades de Charazani una fundación recupera una figura ancestral para mejorar las viviendas y la producción de los lugareños.

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:00 / 15 de diciembre de 2013

Yo vivía en casita de paja; ahora tengo baño ecológico. He intentado hacer una vivienda mejor y me ha salido bien”, cuenta Marcelino Poma, de 57 años, en la puerta de su casa, cerca de la plaza de Tacachillani, comunidad del municipio  de Charazani. De la entrada surge un sendero de piedras planas que lleva hasta el centro del patio, donde hay una jardinera repleta de flores en la que crece un joven árbol. De allí salen otros empedrados que conducen hasta las diferentes edificaciones que hay alrededor del jardín: la cocina, los dormitorios, la carpa solar, la cuyera (lugar de crianza de cuis), la sala de estar, el espacio de aseo y el depósito. En un rincón está aparcada una bicicleta. En otro, hay una sombrilla para guarecerse del fuerte sol. Algunas gallinas atraviesan el lugar a paso ligero.

Con gorro de lana, chaleco rojo sobre una chompa algo rota, pantalón arremangado y abarcas, y dientes que evidencian que está mascando coca, Marcelino muestra orgulloso el hogar que comparte con su esposa y tres de sus ocho hijos. Con una sonrisa verde, dice que vive “como en ciudad, más o menos”. Muy contento, asegura que él solo ha levantado las nuevas estancias, pues antes todos vivían en una que servía para dormir, cocinar, comer y tener los cuis.

También ha hecho un separador de basura orgánica e inorgánica y una carpa solar.

En cambio, la casa de Valentina Kapajeique y Andrés Calle, en la cercana comunidad de Moyapampa, ha mejorado gracias al ayni: “Un día por él, otro día por mí”, explica el padre de familia. El modelo de casa es similar al de Marcelino: caminos de piedra sobre la tierra del patio para evitar pisar el fango que se hace en época de lluvias; flores y plantas; chiwiña o sombrilla bajo la cual la familia recibe a las visitas, toma la merienda, y los niños —Gustavo y Maritza— juegan.

Otro rasgo característico son los carteles sobre la puerta o junto a ella de cada habitación, que indica el uso al que se ha destinado a cada espacio. En una construcción de dos plantas están la habitación 2, para el matrimonio; sobre ésta, la 1, para el hijo mayor que en esta época vive en los Yungas trabajando en una mina. Al lado hay un cuarto con grandes bolsas de yute en las que hay tubérculos y cereales para el consumo familiar. Además, es donde Valentina tiende la ropa a secar. Según el letrero, es la “dispinsa” (sic).

En otro edificio hay un alojamiento, un depósito de papas y, arriba, los cuartos de los pequeños y la “bibleotica” (sic), para hacer las tareas escolares.

Pasando un estrecho pasillo se llega a otro patio. Ahí está la cocina-comedor, la cuyera (de lejos se oye el característico “cui, cui” que hacen los pequeños roedores), la huerta donde crecen cebollas, cebada y avena, y el rincón de aseo.

Este espacio al aire libre consiste en una rústica pila sobre la cual cuelgan, de un madero, cuatro bases de botellas de plástico, cada una con el nombre de los cuatro miembros que viven en la casa, y están decoradas con lanas de colores. Dentro hay cepillo y pasta dental.

 Tras la pared que sostiene el rincón de aseo hay un baño de arrastre hidráulico (como el que pueda tener cualquier vecino de ciudad) con ducha y techo de calamina. Al lado, un inodoro ecológico que funciona con ceniza y del que pueden aprovecharse los desechos para abonar la tierra. “Lo usamos cuando no hay agua”, explica Andrés. Enfrente está la cocina, donde Valentina y su vecina Albertina Quispe se afanan en preparar el almuerzo —arroz y papa hervidos, lechuga y trucha espinosa—. Ahí se ha hecho una de las mayores mejoras de la casa: el fogón tiene ahora una chimenea que saca el humo fuera de la estancia, evitando que el hollín se aloje en las paredes y el techo y, sobre todo, en los ojos y los pulmones de sus habitantes. Así evitan problemas de salud relacionados con la vista y las vías respiratorias.

Y aún hay más. En un terreno colindante la familia tiene su separador de basuras, la “compostera” (donde se produce abono por descomposición) y el cobertizo para guardar las llamas cuando no están pastando por el monte.

Andrés señala uno de los edificios que componen su casa: “Ahí mismo tenía cocina, conejería, perros, mis burros aquí dormían, basuras…”, todo junto. Ahora, cada miembro de la familia tiene su espacio. Dice que han ganado en salubridad y orden.

Los “responsables” de estas mejoras son Zenón Flores, en Moyapampa, y Rufino Apaza, en Tacachillani. Ellos son satiris, que en aymara significa “sembradores”, aunque en esta zona predomina el quechua, que tiene su equivalente: tarpu, pero cuya traducción más correcta es yachayruna (maestro). Porque los satiris no son sólo agricultores, sino personas que acumulan saber y que lo enseñan a otros. Ellos fueron los que mejor plasmaron las enseñanzas de la Fundación Suyana para mejorar sus viviendas, y nombrados luego satiris para seguir expandiendo sus conocimientos entre sus vecinos. Y así, tocando puerta por puerta, lograron animar a más de 30 familias en cada comunidad para que se sumaran al proyecto de mejoramiento de viviendas, que es uno de los pilares sobre los que trabaja Suyana, junto con salud (unidades móviles de atención médica), educación (enseñanza de saberes tradicionales como el arte de la cerámica y el tejido), medio ambiente (reutilización de materiales y separación de basuras) y productividad (fabricación de compost y de cobertizos para el ganado).

Zenón y Rufino están regresando a casa sólo por dos días. Llevan casi dos meses fuera del pueblo formándose como auxiliares de veterinaria en la Unidad Académica Campesina de Batallas, en un curso intensivo. Al subir el camino de tierra que lleva a la vivienda de Rufino, un perro mediano de color negro se asoma y comienza a ladrar. “Se llama Cachuchín”, dice el satiri. El animal parece no reconocer a su dueño tras su ausencia de tantas semanas.

Su casa, como todas las que han participado del proyecto, se diferencia del resto desde lejos: es más grande y las fachadas están pintadas de colores o adornadas con dibujos y cenefas. Su jardín está verde: por la alfalfa, que hace que el espacio se vea mejor y, además, le sirve para dar alimento fresco a sus cuis. Ha plantado eucaliptos que luego vende a otras familias. Junto a la cuyera tiene una carpa solar en la que crecen locotos y lechugas. Cerro arriba, posee otro terreno en el que tiene su taller de cerámica y otra carpa con hortalizas: apio, perejil, vainas y acelgas de enormes hojas que, dice, sólo hecha a la sopa.

Todavía no está acostumbrado a utilizar estos alimentos que, antes, no eran parte de su dieta. Ahora, gracias a las carpas solares, las familias pueden disponer de ellos a diario. Sólo falta que sepan cómo cocinarlos.

Rufino es innovador. No puede estar quieto, siempre está pensando (y ejecutando) mejoras en su casa o en su terreno. Cuando hizo la ducha ecológica, colocó botellas PET sobre el tejado donde acumulaba el agua para que, bajo la luz del sol, se calentara. Ahora, las ha sustituido por politubo, que se calienta más fácilmente y le da agua templada entre las diez de la mañana y las tres de la tarde. Ya está viendo qué cambios hará para que el líquido de la ducha tenga una temperatura adecuada durante más horas.

“Yo pensaba que vivía bien pero no había sido así”, dice Rufino al recordar cómo era antes su patio: con pendiente, lleno de barro, sin ninguna nota de color.

Ahora, está ordenado y empedrado. Y lo mismo sucede con la casa. “Mis padres decían que si sacabas el cui de la cocina, se moría de frío”. Y tampoco había sido así. Los roedores están en su lugar, y en la cocina está el fogón mejorado, un refrigerador ecológico (funciona sin electricidad), la mesa y la televisión. Y, al otro lado del patio, el satiri tiene hasta su oficina, a la que le ha puesto el cartel de “Administración”. Allí está su computadora, donde se sienta a trabajar cuando no está cuidando su rebaño de ovejas y llamas, haciendo cerámica o visitando a los comunarios para instarlos a mejorar su casa como él ha hecho.

Incluso, su familia le ayuda en esta labor: enfrente hay una casa, también colorida, de los Quilla-Calle. “Mi hija mayor estudia con el hijo de esa familia. Ella le contaba que tenía cuarto propio”, cuenta Rufino. Y así, el adolescente convenció a sus padres de que debían participar del proyecto que, además, premia a los mejores. Ellos lograron el segundo puesto en el concurso de este año —la primera versión fue en 2012— por detrás de Marcelino Poma.

Vivir como el vecino

No ha sido difícil convencer a otras familias para que transformen sus viviendas. La gente quiere vivir como el vecino, coinciden Zenón y Rufino. Ellos les enseñan cómo y cada quien acopia los materiales.

Algunos han aprovechado para hacer cuartos para turistas; la crianza de cuis en mejores condiciones les proporciona más ingresos (los venden tanto como producto alimenticio como para rituales —los kallawayas, médicos tradicionales de Charazani, los usan para hacer “radiografías”—) y la separación de basura en cada hogar ha conseguido que ya no se vean bolsas, recipientes y otros desechos esparcidos por las comunidades. Cuando el depósito de inorgánicos se llena (tras haber aprovechado las botellas para el rincón de aseo o como sistema de riego para las jardineras), lo vacían en el basurero comunal.

Ahora, papás, hijos y animales duermen separados, pero lo demás sigue igual: las señoras llevan sus faldas negras, mantas verdes, wincha colorida sobre la frente y sombrero redondo y blanco adornado con llamativas flores; el quechua sigue siendo la lengua común, pero ahora hay menos infecciones respiratorias y la gente asegura sentirse feliz porque tiene un hogar más cómodo y lindo.

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