Escape

Saxoman, el superhéroe que le regala música a la ciudad

Américo Estévez es el creador de su personaje, un hombre con ocurrencias de niño que sorprendió con su canción a Francisco.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

00:00 / 26 de julio de 2015

En el mundo fantástico de Saxoman, sus amigos son otros superhéroes como él. De colores vivos, capas, antifaces o simplemente de traje blanco y moño negro, como viste cuando sale a imponer el orden entre las calles dolientes de Ciudad Maravilla, su lista destaca nombres como Superman, Batman, el Increíble Hulk y Kaliman. Los quiere mucho. Ellos fueron su escasa compañía cuando la soledad dormía en casa. Por la radio, por la tele blanco y negro, dibujados en revistas de historietas, ellos nunca se olvidaron de visitarlo. Y es que Américo Estévez, el nombre real del músico callejero de la melena azabache y los zapatos de taco, fue muy tímido en su niñez, lo que hizo que se inclinara por una vida aislada y privativa pues le costaba mucho expresarse en público. “Yo viajaba en el micro K (estudiaba en el Ave María de Villa Fátima, vivía en la Tejada Sorzano) y si alguien no bajaba por mi casa me pasaba de largo. Tenía miedo de decirle ‘esquina’ al maestrito”. Américo se refugiaba con sus ídolos que no le hacían daño, jamás se burlaban de él y más bien le daban los mejores consejos para que sea un superhéroe de los invencibles. Porque Américo nunca la tuvo fácil.

Loco querido

Nació el 25 de mayo, efeméride chuquisaqueña, de 1971 y por ello dice de sí mismo que está un poco loco (por aquel viejo chiste del manicomio más antiguo del país que se encuentra en aquel departamento). Pero más allá de su buen humor, cuando hace memoria de sus años de infancia, los recuerdos no son muy gratos. “Me he criado con mi abuelita nomás, mis padres me han dejado con ella cuando yo tenía seis mesecitos”. Su abuela, Elena Salazar, cumplió el rol de padre y madre y supo desde la precocidad del pequeño Américo que había un gran vacío en él. “De chico era muy tímido, no tenía amigos”, dice ella desde su lecho hogareño. Y él asiente con la cabeza. “Mi abuelita bien me ha criado, ella me ha dado harto willkaparu (un tipo de maíz). No había leche materna pues, como no tenía mamá, y esas veces no había las leches en polvo que hay ahora para los recién naciditos ¿no ve? Solitos éramos los dositos”. Él habla como solo los paceños saben hacerlo. Y también recuerda las llamadas de los profesores a su ‘mamá’. No por mala conducta, “yo hacía mis tareas, pero ellos le decían que estaban preocupados porque era muy solitario, que no salía ni al recreo”.

Américo confiesa que acaba de cumplir 26 años de carrera musical. Todo empezó en casa. Había que combatir el retraimiento y la ausencia de seres queridos a quienes nunca guardó rencor. Aunque la ansiedad por conocerlos lo devoraba por dentro.

Su relación con las melodías empezó cuando asistía a los ensayos de unos tíos músicos, Los Elenos, con los que empezó a descubrir un mundo de sensaciones que nunca había experimentado. “Se llamaban así por mi abuelita”. Y fueron ellos los que introdujeron al muchacho en el mundo de la batería. “Yo practicaba con el instrumento de uno de ellos hasta que me animé a fabricar mi propia batería con unas latas de pintura y ollas”, dice Américo. Los vecinos lo apodaron El Despertador, porque iniciaba sus prácticas a las seis de la mañana. Las ganas y la perseverancia hicieron lo suyo, “como no tenía amigos solo me dedicaba a eso”. Entonces la música lo poseyó.

A los 15 años, su abuela quiso darle el mejor de los regalos: un boleto a Brasil para conocer a su madre. “Era una noticia increíble, iba a conocer a mi mamá, por fin”. La emoción es revivida y los ojos se le tornan vidriosos. “Bien me he preparado para impresionarla, hasta me he comprado unos lentes Ray Ban que he visto en una película de Silvester Stallone”, recuerda.  

Cruzó frontera hacia territorio brasilero pero la bienvenida no fue la soñada. Su madre había formado un nuevo hogar en Río de Janeiro y el padrastro lo vio como un intruso. Cuando algunas visitas aparecían en la casa de quien la había traído al mundo, él era presentado como un paisano boliviano recién arribado. “Mi padrastro no quería que su familia se entere de que su mujer ya había tenido un hijo en un matrimonio en Bolivia”.

Descorazonado y tras permanecer ocho meses en tierras extrañas, Américo alistó nuevamente maletas para recaer en su hogar en el hoyo paceño, donde su nana lo esperaba con el fervor de siempre, a pesar de que pensaba que en Brasil el adolescente de Américo iba a tener mejor fortuna. “Es mi nietito, yo no le podía cerrar las puertas, ésta es su casa”. Abuela y nieto sonríen y un par de hoyuelos se dibujan en sus mejillas.

El muchacho retomó su gusto por la percusión y recibió otro obsequio que en esta oportunidad sí le iba a dar un giro a su vida: una batería profesional que su segunda madre se afanó en comprar sin mucho conocimiento. “Yo no podía creer, mi abuelita siempre se medía con los gastos de la ropita y demás, pero esa vez me ha comprado una batería Pearl nuevita”, dice Américo volviendo a iluminarse.

Intensificó sus estudios y también se dio modos para sustentarse haciendo lo que más amaba. “Mis tíos me decían que yo tenía que aprender todos los géneros, que un músico tiene que saber defenderse, que no hay que agarrarse solo del rock o el folklore”. Así empezó a tocar en restaurantes y clubes haciéndose reconocido, acuñando un par de apodos: Rey de las baquetas además de Luis Miguel boliviano. “Me gustaba hacer piruetas con la batería, con los palillos que los tiraba al aire. Y también cantaba canciones de Luis Miguel a quien admiraba desde chiquito cuando cantaba La chica del bikini azul, dice y de inmediato se pone a entonar a capela aquella canción del “Sol mexicano”.

Corría la medianera de los años 90 cuando el amor de una mujer le iba a cambiar de nuevo el destino. Un inquilino de la vivienda que habita recibió a una familiar beniana que de inmediato flechó al músico, quien no dudó en cantarle las canciones de su ídolo del pelo rubio y parado para robarle el corazón. Ella, Nelly Ojopi, correspondió las atenciones de Américo y juntos formaron un hogar cuyo retoño, al que bautizaron David, vio la luz en 1998.

Sobreviviendo

El nuevo hogar se formaba y las necesidades económicas también empezaron a manifestarse. Una internación hospitalaria de parte del hombre de la familia hizo aún más complicada aquella situación. “Estuve mal, me dio esofagitis y me he enfermado un año”. Fueron tiempos difíciles. Y una vez recuperado debía remontar su vida en familia, por lo que se vio en la obligación de coger la primera oportunidad para generar recursos.

“No había trabajo, entonces con mi esposa ideamos vender empanadas de charque, teníamos que empezar de nuevo”. Los dos preparaban la masa y repulgue y las vendían en mercados y calles. Para hacer más atractiva la venta, Américo empezó a ensayar con una guitarra vieja que tenía en casa y a cantar a viva vos: “¡¡¡¡Pruebe las empanadas, las ricas empanadas!!!”, a la que sumaba la oferta de “por cinco empanadas, una canción gratis”.

Agotaban su mercadería y los clientes se iban con una gran sonrisa. Y así, Américo se especializó en el que sería su nuevo instrumento, la guitarra, a la que le siguieron el saxo, el teclado, el bajo y el clarinete como nuevas pasiones.  

Pero el saxo es lo que lo hizo más que reconocido. Cayó en sus manos de modo fortuito, pues otro músico urgido se lo vendió en sus días de Rey de las baquetas. “Estaba guardado como diez años. Lo desempolvé y cuando estaba por tomar clases me quisieron desanimar con eso de que solo para aprender la escala cromática me tomaría por lo menos un año. Pero yo la he aprendido en una semana”. Y Américo continuó con su carrera. Tocó en cuanto lugar le brindara la oportunidad, lo cual no descartaba la calle. Llegó un nuevo hijo al hogar, Gabriel, y ése fue el impulso para seguir creciendo. “Veía los videos de Kenny G, del Gato Barbieri, Fausto Pappeti, ellos fueron mis maestros”. La notoriedad lo llevó a un programa televisivo de Gigavisión “conducido por un tal Álex, quien fue quien me puso el apodo de Saxoman”, explica. “Él me ha hecho famoso”, dice riendo.

En 2012, Américo, siempre angustiado por esa carencia que nunca pudo llenar, compuso una canción dedicada a su padre titulada Dónde está mi papá, que compartió en las redes sociales. El video llegó a ojos de los familiares de su padre en Sucre, que de inmediato auspiciaron una reunión familiar. De esta manera, el pasado año, a sus 43, tuvo la oportunidad de conocerlo. “Lo he visto y él me ha pedido perdón, pero yo no le guardo rencor, la vida es así”, dice.  

Hace poco el papa Francisco anunció su visita y diversas instituciones invitaron a los artistas a presentar sus composiciones para auspiciarlas. A Saxoman lo traicionaron los tiempos y no pudo cumplir con los cronogramas. Pero ello no iba a impedir que le dedicara una canción al Pontífice.

Lo que no sabía era que el tema Bolivia te espera, papa Francisco, contaría con más de medio millón de aprobaciones al volverse viral y ser noticia fuera de fronteras. “Compuse el tema y lo grabamos en mi estudio casero como se hacía en los años ’60, todo en vivo, sin mezclar y sin un micrófono profesional; mi hijo se ha encargado de hacer el video con su celular”. Aquellas imágenes, si bien provocaron algazara en algunos críticos, lo pusieron en la vidriera de todos. En esas secuencias se ve a un Saxoman volando por las alturas paceñas y luego transportándose en una nave hacia el espacio como en sus más fantásticos sueños. Sus súperamigos están muy orgullosos de él.

La ‘collita’ del héroe

Lindas montañas la vieron nacer y el Illimani su cuna meció. La abuela de Saxoman es Elena Salazar, aquella mujer que inspiró al compositor cochabambino Fernando Román Saavedra, para componer el que es considerado el segundo himno de La Paz: Collita. “Él era un gran compositor, nos enamoramos muy jóvenes y él me dedicó la canción con la que me ha pedido matrimonio”, señala esta señora que alcanza las siete décadas.

La composición a ritmo de taquirari fue originalmente grabada en 1954 en Brasil y posteriormente relanzada por Wara en 1984, agrupación que la hiciera popularmente conocida en todo el país de la voz de Dante Uzquiano, tío de Saxoman. El 4 de julio de 2013, el tema fue declarado Himno Cultural de La Paz por el Concejo Municipal.

Otras aficiones del personaje

Saxoman es un hombre de la casa aunque recuerda haber hecho de su vida “un poncho” hasta hace algunos años. De algún modo, la vida del músico es como la de un bohemio más. Y aprendió de la noche. No bebe en la actualidad, toma agua porque dice que debe dar buen ejemplo a sus hijos y a los niños para los que actúa. Cocina para su esposa e hijos, inventando los nombres para cada una de sus ocurrencias. Como el Sueño contigo, un plato tropical inspirado en la canción del venezolano José Luis Rodríguez. “Lleva piña, salchichas, arroz aguado picado con trozos de vainilla. También lleva papa, queso y tocino y lo decoro con melones, pasas y plátano frito. Las papas nunca las pelo, es mejor con cáscara y todo”, explica mientras revuelve en la olla. Dice que brinda las recetas de sus creaciones culinarias, como el manganaso y el bailador, a través de su cuenta en Facebook. Saxoman transmite calidez a su hogar.

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