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Sendero a un lugar secreto

Desde hace dos años, la comunidad Eduardo Avaroa (Caranavi) promociona la cascada Gallito de la Roca

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 15 de enero de 2020

Es un lugar desconocido. De hecho, hasta hace algunos años, solo los jóvenes más ágiles y osados eran los únicos que tenían el privilegio de llegar hasta el lecho de la cascada Gallito de la Roca, que ahora la comunidad Eduardo Avaroa —que se encuentra en el municipio de Caranavi— quiere promocionar para el turismo.

Ubicado a 27 kilómetros de la ciudad de Caranavi —a poco más de 30 minutos de viaje en taxi—, el complejo turístico tiene un ingreso de madera que, además del techo de jatata, se diferencia por el dibujo de un tunki o gallito de la roca (Rupicola peruvianus), un ave que habita la región amazónica y que se caracteriza por tener un plumaje de rojo intenso.

Ahí aparece Luis Laura Mamani, quien hace 45 años es vecino de la comunidad. “Desde hace mucho tiempo que existía esta cascada, aunque no había ningún camino”, comenta mientras deja pasar a una delegación de visitantes.

Hasta 1956 no había un camino carretero que comunicara a Caranavi con las principales ciudades. De acuerdo con relatos de la época, para ir o retornar de La Paz debían hacerlo en lomo de bestia o caminando, mientras que, para dirigirse a Guanay, los viajeros debían trasladarse en balsas a través del río caudaloso.

Igual de inaccesible era el ingreso a la cascada  de la comunidad Eduardo Avaroa. “Solo podían subir los jóvenes ágiles, a través del curso del río, aunque era muy peligroso”, comenta Luis. En la actualidad, la situación ha cambiado, ya que, además de la puerta de madera y el alambre de púas que impiden el paso de extraños, hay un espacio para el estacionamiento de vehículos, baños y un lugar para descansar y prepararse antes de dirigirse a la catarata de 30 metros.

Desde el inicio se siente la tranquilidad de la naturaleza al escuchar el descenso permanente del río, mientras se huele el aroma tranquilizador de la selva. Desde hace dos años que la gente de la comunidad vio por conveniente compartir este espacio natural, así es que abrió una senda que tiene varios sitios de descanso, por si el sol se hiciera intenso, y mesas rústicas para compartir un momento.

La caminata es plácida, con aguas cristalinas que pasan por debajo de los puentes de madera, un lugar donde los turistas empiezan a tomar fotografías. Dependiendo de la temporada, hay una piscina natural donde se puede nadar, ya que tiene 2,5 metros de profundidad.

Al seguir subiendo, el camino de roca se vuelve cada vez más húmedo, por lo que un cartel pide tener cuidado. El sonido de la caída de agua se incrementa cuanto más se camina, hasta que, de repente, la pequeña incursión queda coronada por la catarata de 30 metros de alto y que es donde, si hay suerte, el turista se puede encontrar con un tunki.

El boleto para visitar esta cascada cuesta Bs 5. Para consultas o reservas se puede llamar al teléfono 67100788.

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