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Sierra Nevada, un lugar sagrado en Santa Marta

Una exposición recorre cuatro países —dos del Asia y dos de América— para mostrar el carácter sagrado de la región colombiana.

La Razón / Eduardo Chávez Ballón

00:00 / 29 de septiembre de 2013

Estoy en el aeropuerto de Frankfurt con Coque Gamboa esperando nuestra conexión a Bangkok y luego a Phnom Penh en Camboya. Vamos camino a montar una exposición sobre paisaje sagrado en la Sierra Nevada y en dos días se nos une el mamo arhuaco Crispín Izquierdo. Es una oportunidad increíble para entender el proceso mediante el cual se crean los vínculos místicos y mágicos entre la Sierra Nevada de Santa Marta y otros lugares de planeta. Las conversaciones que hemos tenido con Crispín han estado llenas momentos maravillosos, de “iluminación etnográfica” por así decirlo, donde logramos traducir el lenguaje abstracto y comprender el porqué de los actos y acciones rituales. Con Coque y Crispín estaremos grabando los momentos en los que se recogen los materiales y objetos que servirán para hacer pagamento por “los camboyanos’ en la Sierra”, esto escribía el antropólogo Santiago Giraldo el 1 de abril en el blog noticiasantropológicas cuando se ponía en marcha el proyecto Línea Negra: el paisaje sagrado de la Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia.

El periplo es parte del plan de Promoción de Colombia en el Exterior, encarado por el Gobierno de Bogotá y que en Bolivia tuvo el apoyo de la Cancillería y de la Alcaldía de La Paz. La exposición fotográfica de Coque Gamboa es la actividad más extensa, pero el programa incluye una conferencia del antropólogo Santiago Giraldo y actividades rituales del mamo Crispín Izquierdo. En Camboya y Laos compartió con monjes budistas, en Bolivia lo hizo con el Consejo de Amautas de Tizana —el anfitrión fue el amauta Lucas Choque— y en Perú se encontrará con chamanes de culturas indígenas. La muestra de 32 imágenes de los cuatro grupos étnicos que viven en esa región colombiana se extenderá hasta el 6 de octubre en las salas del Museo Tambo Quirquincho, en la calle Evaristo Valle, cerca de la plaza Pérez Velasco.

Indígenas hay en toda América, de norte a sur, también hay culturas ancestrales, pero estás son muy poco conocidas y difundidas, es por eso que cuando se le pide una referencia sobre los grupos de la Sierra Nevada, él pregunta: “¿De cuántos días dispones?”. De inmediato la risa cómplice de Coque y de Crispín confirma que no es cosa de una entrevista o de una sesión, es mucho más que eso, pero se acomodan a los tiempos y entienden la necesidad de hacer corta la historia, para poder reflejar algo de lo que ellos se propusieron al encarar este proyecto que los llevó a dar la vuelta al mundo con cuatro escalas que no fueron definidas al azar.

Quien toma la voz cantante es Crispín, quien ostenta el título de mamo, el padre y madre del pensamiento de los arhuacos. El asegura que la Sierra Nevada es el centro del universo y desde ese punto de la tierra hay una comunión directa con el sol y otras energías que promueven la vida en la Tierra. Sin titubear, asegura que los descendientes de los aztecas y de los mayas reconocieron esta cualidad a las etnias de esta región colombiana, a través de rituales y ceremonias en las que se conectaron los saberes de sus culturas. Tras experiencias en otros puntos del planeta, tanto en América como en Asia y Europa los mamos colombianos iniciaron esta búsqueda de lugares sagrados para la interconexión.

Energías

En esta maratónica explicación el turno es de Santiago, quien detalla que de una población de más de 46,5 millones de colombianos sólo el 3% se reconoce de origen indígena y se reparten en 80 grupos, no todos con una cultura claramente identificada y algunos sólo con la denominación porque sus costumbres prácticamente desparecieron o fueron absorbidas las dominantes.

En la Sierra Nevada de Santa Marta viven los kogui, arhuacos, wiwas y kankuamos; los tres primeros conservan su cultura casi intacta, el conocimiento occidental aún no ha podido interpretar varias de sus manifestaciones. Según información de la organización Survival Internacional, en esa zona montañosa se han constituido Resguardos Indígenas para que permanezcan allí sin afectar estas características. Todos esos pueblos tradicionalmente hablaban lenguas de la familia lingüística chibchense. En las estribaciones orientales de la Sierra Nevada se encuentra un pequeño grupo de indígenas wayuú provenientes de la parte alta de La Guajira, estos últimos pertenecen a la familia lingüística arawak. Durante el siglo XVI también había otros pueblos como los mocanáes y los malibúes, cuyas lenguas están poco documentadas y por tanto no pueden clasificarse. En 1993 se estimaban 32.000 indígenas en la Sierra según la Organización Gonawindúa Tayrona, aunque Asuntos Indígenas reporta un total de 26.500.

Otro grupo humano de importancia lo constituyen los colonos que a lo largo de la historia se han asentado en la sierra, modificando el paisaje; ellos han introducido el cultivo del café, entre otros. Se asientan sobre la Sierra Nevada algunas poblaciones como Pueblo Bello en el Departamento del Cesar, única cabecera municipal asentada íntegramente en el sistema, así como algunos corregimientos como Palmor de La Sierra, Nabusímake, La Llana, La Honda o Minca.

De acuerdo con sus estudios antropológicos, Santiago recuerda que en la colonia esta región fue asignada a los monjes capuchinos, quienes fueron obligados a abandonar la zona en la década de los años 80 porque los indígenas consideraron que no aportaban nada y los prejuzgaban por sus tradiciones ajenas al catolicismo.  

Los indígenas de Santa Marta son descendientes de los tayronas, una gran civilización cuyo magistral trabajo con el oro y su arquitectura atrae a la región a turistas y profanadores de tumbas.

Cada pueblo indígena se ha adaptado a la invasión de sus tierras a su modo: los kogis rechazaron la invasión exterior huyendo a zonas más altas de la Sierra Nevada. Se han mantenido especialmente hostiles a las visitas de turistas con cámara en mano. Los arhuacos, a cuyos varones se distingue por sus sombreros con forma cónica, han organizado un fuerte movimiento para defender sus derechos, mientras que los kankuamos viven al pie de las montañas, en su mayoría integrados por completo en la sociedad mayoritaria.

Los originarios de la Sierra Nevada se autodenominan los “hermanos mayores” y creen poseer una sabiduría y un entendimiento místicos que superan los de los demás. Se refieren a otros pueblos, países y culturas como los “hermanos menores”. Creen que es su responsabilidad mantener el equilibrio del universo. Cuando hay huracanes, sequías o hambrunas, se dice que son la causa de un fallo humano a la hora de mantener la armonía del planeta. El equilibrio se consigue realizando ofrendas a los lugares sagrados para devolver a la tierra lo que se ha obtenido de ella, es por eso que encararon el proyecto en Camboya, Laos, Bolivia y Perú.

A esta altura de la charla el mamo Crispín interrumpe y aclara que en la actualidad mayores se consideran las culturas que derriban cientos de árboles para tener un libro o que contaminan para trasladarse en vehículos que consumen gasolina y otros energéticos que afectan al medio ambiente. “Mayor se cree el que tiene el último celular o el último televisor y no sabe todo lo que se afectó a la Tierra para conseguir esos materiales. Nosotros rechazamos esto, porque a nosotros, a los indígenas, nos tildan de incivilizados o de culturas no desarrolladas, sólo porque no hemos ofendido a la Tierra para hallar confort, nuestro confort es el aire limpio y las aguas claras que bajan a alimentar al mar. Y nosotros por ese respeto y por ese equilibrio somos los mayores y debemos guiar a los menores para que no destruyan”, reflexiona.

Crispín habla con esa autoridad porque es un mamo, un líder espiritual que tiene la responsabilidad de mantener el orden natural del mundo por medio de canciones, meditación y ofrendas rituales.

La preparación de un mamo comienza cuando es pequeño y puede durar hasta 20 años, durante los cuales es trasladado hasta lo alto de la montaña, donde le enseñan a meditar sobre el mundo natural y espiritual. En la cultura occidental, el mamo sería la conjunción de un sacerdote religioso, profesor y doctor.

La formación en las alturas es importante porque en los márgenes de la cumbre, a unos 2.000 metros sobre el nivel del mar, es que se identifica a la Línea Negra, idea que impulsó el proyecto que no es otra cosa que la identificación de sitios sagrados en la región. Santiago asegura que sitios sagrados hay en todas las ciudades del mundo y sus culturas son las que definen ese carácter. “El Vaticano es un lugar sagrado para los católicos como los es Belén o Jerusalén. Stonehenge en Wiltshire, Inglaterra, también es un sitio sagrado. Tiwanaku en Bolivia. La Estatua de la Libertad en Estados Unidos, todos esos lugares tienen una simbología y lo que pretendemos con La Línea Negra: Paisajes sagrados de la Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia, es conocer esa simbología e intercambiarla, por eso es que hacemos ceremonias de pagos en Laos, Camboya, Bolivia y Perú”, detalla.

Pero por qué la Sierra Nevada de Santa Marta es considerada sagrada por sus habitantes. Se trata de un relieve montañoso que no está conectado a la Cordillera de los Andes, que atraviesa el continente, está ubicado en el norte colombiano y de manera independiente constituye un sistema de montañas que tiene la particularidad de elevarse desde el Caribe hasta los 5.775 metros sobre el nivel del mar, esas montañas están a tan sólo 42 kilómetros del Atlántico, en su extensión posee todos los pisos ecológicos imaginables, con temperaturas que superan los 30 grados en la costa e inferiores a cero en la cumbre .

Tiene una superficie aproximada de 17.000 kilómetros cuadrados, es la montaña más alta de Colombia, sus picos más altos son el Simón Bolívar y el Cristóbal Colón. Su extensión abarca los departamentos de Magdalena, La Guajira y el Cesar. Y es parte del Parque Nacional Natural Sierra Nevada de Santa Marta y del Parque Nacional Natural Tayrona, los cuales son administrados por el Ministerio del Medio Ambiente colombiano.

Con esporádicas intervenciones, el Coque Gamboa es casi un espectador hasta que se plantea la manera en que viven estos grupos y las imágenes que se rescatan de su cotidianidad. La primera reflexión que hace el fotógrafo es que él como profesional no llegó a la Sierra Nevada y empezó a disparar su cámara, tuvo un proceso de acercamiento que empezó hace casi 30 años y que aún está en desarrollo. “Es necesario construir un espacio de confianza, eso sucede en cualquier sesión fotográfica, pero cuando ésta dura años hay casi una convivencia. Yo no puedo ir a tomar fotos si no vivo con ellos y conozco su realidad, hay momentos en que es necesario atravesar ríos y poner la cámara a salvo del agua, eso al principio no comprendía y me quería morir cuando se estropeaba el equipo. Ahora los indígenas me ayudan y no sufro cuando pierdo una lente por la humedad”, cuenta con un tono de resignación.

Esa convivencia se refleja entre los tres viajeros, quienes recorrieron Asia y América con la misión de mostrar la otra Colombia, la de tradiciones y culturas, más allá de la violencia que deja el narcotráfico o la guerrilla que azotan a ese país.

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