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Ensayo de orquesta

El primer ensayo con la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) para El Papirri Sinfónico.

Ensayo para El Papirri Sinfónico

Ensayo para El Papirri Sinfónico Foto: Manuel Monroy Chazarreta

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Monroy Chazarreta (El Papirri) / La Paz

00:01 / 10 de octubre de 2018

Anoche fue mi primer ensayo con la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) para El Papirri Sinfónico. Llegué una hora antes con prisa colegial a la sede de la Sinfónica, ubicada en la histórica calle Ayacucho casi Potosí de La Paz, mi ciudad. Mi amigo Mirko me llevó en su heroico taxi, cargado de dos guitarras, atriles, stand, cables, letras, partituras; entramos apenas por la puerta de músicos, un callejón de conventillos que en el fondo a la derecha se abría en magia al teatro. Es un teatro nuevo, pero parece que ya tiene un par de fantasmas recientes, uno pijchaba sentado en las tejas y se hizo el que no me vio. Ya en el teatro, traté de abrir las puertas, estaban cerradas, entonces apareció una amable señora sin dientes.

“Estoy como Ekeko”, le dije. “Un ratito espere, don Papirri, temprano es”, me respondió pasando con un termo. Entonces surgió un señor envuelto en overol. “¡Qué gusto de verlo!, usted no envejece nunca, cuál es el secreto”, le dije en confianzas paceñas. “Es el frío de este teatro”, respondió rotundo, “pase”… El Centro Sinfónico se erguía solemne, todavía se escuchaban las notas de la última sesión de melodías para películas, don Zenón me ayudó con los kepis por detrás del escenario hasta encontrar un minicamerino con un letrero de artista invitado, tenía su bañito, un par de sillas y esa soledad exquisita y única de camerino individual. Dejé las cosas, me fui a tomar un cafecito en la calle, siete luquitas con sanguche, entonces un señor me habló: “Papirri, estoy feliz, vengo desde el Tarapacá en El Alto a recoger a mi hijita del Sanca, no tiene idea lo que significa la Línea Morada del teleférico para nosotros, ahora puedo hasta tomar un cafecito, estoy feliz, ha cambiado mi vida”, mientras en el fondo se escuchaba el pare de sufrir de la iglesia brasileña excine Scala. “Una fotito pues”, insistió el señor, nos sacamos una selfie bien paceña con cafecito humeante.

Retorno al teatro, ya por las butacas me encuentro con un hombre de lentes oscuros que traía un estuche de instrumento en la mano. “Hola, Germán”, saluda, “soy Manuel”, le respondo, “uy, perdón”, dice y se saca los lentes, llega como ráfaga una grabación en Discolandia de 1984, mi primer disco, era el flautista José Antonio Bravo, un maestro, le recordé que él había grabado la flauta de Mi compañera, respondió con un “debe ser, desde ese año estoy en la Sinfónica” me comentó y se fue raudo a calentar su instrumento, justo frente a mi camerino.

Estoy con tendinitis otra vez, saqué la guitarra suavito y empecé a tocar apenas con la venda en la muñeca, entonces el murmullo creció en el teatro . Salí al escenario, ya estaban varios músicos sentados en sus atriles, la solemnidad primaba hasta que llegó la percusionista Andrea Boero, mi exalumna del Conser, siempre simpática, intacta y me plantó un beso alegre. “Tanto tiempo, ¿unos quince años?, preguntó en sus ojos de niña. El gran Willy Posadas, con sus bigotes zapatistas, me regañó desde sus timbales: “Qué pasó con la mano, seguro arquereando para el Tigre”. Otro exalumno, Remberto Carvajal, hoy consolidado cornista, me dio su abrazo respetuoso, estaba igualito, “realmente la receta de don Zenón funciona”, pensé. Entonces, vino el apretón con el director Musical de la OSN, el maestro Weimar Arancibia, un abrazo de hermanos, nos habíamos visto varios días antes para trabajar el arreglo de Metafísica popular. “Llegó el día”, me dijo al oído y me entró un miedo frío y colegial. La guía de violines, Kamila Timojina, se lo llevó mostrándole una partitura dudosa. Llegué a mi silla puesta al lado del Director, me dio más miedo aún, por suerte apareció el concertino Cristian Asturizaga y todo volvió al afecto. Entonces mi sonidista Andrés Martínez puso el micrófono, el Director indicó compás 8, letra A, Sacudite, vamos violines, y mi cuequita empezó a sonar en las manos de estos 50 músicos expertos agrupados en su generosidad, leyendo a primera vista el arreglo del maestro Javier Parrado, quien acucioso desde las butacas daba indicaciones. Luego nos enfrentamos al arreglo, también de Javier, sobre mi pieza El contreras, arreglo tenso, complicado, todos tartamudeábamos hasta encontrar la música que llegaba como cascadas de luz bañando nuestras almas de meritorios artistas bolivianos. Me gustó mi primer ensayo de orquesta. Solo que al final, mi amigo el cellista Willy Velarde me dijo compungido “nos vamos al velorio de don Zenón, se murió anteayer, tantos años ayudando aquí, no hay derecho”. Me estremecí. Era nomás el pijchador.

No se olviden, dos únicas funciones, El Papirri Sinfónico, 11 y 12 de octubre a las 20.00, entradas enhaycito.

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