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Sonidos de la India para sanar

El boliviano Martín Saravia aprendió un canto medicinal que era solo para los reyes.

El músico en su casa, rodeado de instrumentos de India como la tanpura, la swarmandal (arpa de la India) y la dulcetina. Foto: Pedro Laguna

El músico en su casa, rodeado de instrumentos de India como la tanpura, la swarmandal (arpa de la India) y la dulcetina. Foto: Pedro Laguna

La Razón (Edición Impresa) / Naira C.de la Zerda / La Paz

00:00 / 15 de octubre de 2017

El tipo de canto que el antropólogo y artista Martín Saravia descubrió en India —la música clásica del norte de este país— tiene la particularidad de haber sido creado en los palacios exclusivamente para los oídos del rey, tanto así que incluso hoy hay mucha gente india que no lo conoce. Para el potosino de 38 años aprenderlo fue todo un reto, a pesar de que tenía conocimientos musicales previos.

En La Paz aprendió a tocar guitarra a sus 15 años, después formó parte de un grupo de death metal llamado Nodense. “Tocamos en el concierto más grande de metal de esa época, en el estadio Luis Lastra, en Sopocachi. Fue una etapa muy interesante, después entré a una onda más hippie con Jimmy Hendrix o Pink Floyd. Tenía una banda, Sabracadabra, con la cual tocábamos principalmente covers de Black Sabbath”.

A sus 24 años cumplió su sueño de conocer India y allí descubrió un instrumento: el harmonio. Con una apariencia similar a la de un piano pequeño, se utiliza principalmente para acompañar el canto. “Ya estaba seis meses en Santiniketan cuando Kokil Das Baul, un músico místico que viaja por los alrededores, me llevó a su casa y me mostró su harmonio. Ahí decidí que eso era lo que yo quería tocar y me fui a Varanasi —una urbe dedicada a la música, que además es la ciudad habitada más antigua del mundo— a aprender”.

Lo que le sorprendió es que para tocar el harmonio también debía cantar. “Cuando le conté a mi mamá me dijo: ‘Papito te has vuelto loco, aprende otro instrumento, porque tu voz es horrible’. Y sí, fue muy duro, tuve que aprender todo desde cero, como los niños, pero comencé a mejorar”.

El flautista Vinod Prasanna, que tiene una tradición musical familiar de más de 300 años, reconoció que el joven tenía un interés genuino y que no podría avanzar mucho más en las clases para turistas. Por esto lo llevó a conocer a Pashupatinath Mishra, su primer gurú, quien le enseñó a cantar y también fue su maestro espiritual, ya que la música está muy ligada con la religión. Esta conexión desembocó en una relación muy íntima, casi como la de un padre y un hijo. El músico boliviano conocía a toda la familia de su gurú, visitaba regularmente su casa y tuvo contacto con los mejores músicos de Varanasi, ya que era conocido como discípulo del que había sido el mejor cantante de India.

 Otra de sus grandes pasiones es la preparación y degustación de té.

Durante tres años —2006 al 2009— gurú y estudiante estuvieron muy cerca. “Murió como hace tres años (2014). En ese entonces yo estaba  en México, y de repente un día me escribió su nieto y me dijo que acababa de morir y que algunas de sus últimas palabras habían sido: ‘¿Dónde está Martín?” No ha sido un buen hijo porque no ha estado cerca de mí, pero díganle que lo he amado siempre’. Fue durísimo porque yo estaba viviendo de la música, con las herramientas que él me había dado y no podía viajar a India en ese momento, pero esto también es parte de la vida, aunque la ciudad de Varanasi ya no es lo mismo sin él”.  

Además de Pashupatinath, Martín estudió con otros dos gurús de canto clásico: el Dr. Sanyal, director de canto de la Universidad de Varanasi, y PT. Mohan Sing. A pesar de las seis horas diarias de práctica, Sanyal era tan estricto que el músico boliviano llegó a considerar dejar el canto porque no lograba alcanzar la perfección exigida por su maestro. Fue ahí que decidió cambiar de profesor y encontró a PT. Mohan Sing, que si bien era menos duro, siguió exigiéndole mucho. “La única razón por la que no me pegaba era porque era extranjero, a los indios les daba golpes con una vara cuando no hacían bien los ejercicios. Estudié con él y fui descubriendo que cantar no es solamente emitir sonidos, es mucho más: esta música es una especie de medicina. Los acordes y afinaciones que maneja son más o menos aquellos con los que el cuerpo debería vibrar normalmente, pero a veces esas vibraciones se rompen y entramos en otras frecuencias. Cuando estamos en un concierto escuchando estos sonidos, nuestros cuerpos se van ecualizando, se van afinando y esto cura, uno de los fines de esta música”.

En cuanto a lo espiritual, Martín, que ya había tenido acercamientos con algunas religiones orientales en Bolivia, comenzó a asumir de forma libre ciertos aspectos del hinduismo. Se aproximó a dioses como Shiva, al que dedicaba muchas de sus canciones y le hacía pequeñas ofrendas de flores. “Es una religión muy abierta y la música está muy cerca de ella. Yo lo sentía muy próximo, tenía altares de dioses en mi casa y percibía que se manifestaban a través de las personas. Mi gurú era Shiva y también Sarasvati, la diosa de la música y el conocimiento”.

Martín Saravia junto a dos pakistaníes.

Otra de las pasiones que desarrolló Martín en Asia es el ritual de la preparación y consumo del té. Gracias a una joven coreana que estaba de intercambio en India, descubrió que beber esta infusión puede ser todo un arte. Durante dos años tomó solo tés de baja calidad; después, al probar uno mejor, pudo diferenciar la textura, el sabor e incluso el aroma. “La cultura china está guardada dentro del té, una larga historia se traduce en un ritual; la forma de servirlo, el agua elegida para prepararlo y los materiales utilizados”.

El músico tiene dos teteras chinas hechas de una cerámica especial. En la más pequeña usa un solo tipo de té. Con el tiempo el material va absorbiendo el sabor de las infusiones de buena calidad y eso se mantiene y transmite a futuras tazas. “Cuando un maestro de té muere tras 50 años de estudiar este arte, su pote de té llega a costar muchísimo, porque ha bebido la mejor calidad de tés; incluso si se pusiera uno regular va a tener un dejo de sabores de buena calidad. Tiene una energía, como si tuviera algo del espíritu de ese maestro que le ha dedicado su vida”.

Ahora Martín tiene 38 años y pudo volver a India después de mucho tiempo. Retornó a Varanasi, la ciudad que lo convirtió en cantante, como uno de los pocos artistas latinoamericanos que difunde la música clásica de este país. En Bolivia, lo sigue haciendo a partir de investigaciones, charlas, degustaciones y espectáculos.

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