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Sucre perpetuo

A 206 años del grito libertario, un recorrido muestra a fondo a la urbe colonial e histórica.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández

00:00 / 24 de mayo de 2015

Caminar por sus calles y avenidas es adentrarse en la época colonial y republicana de Bolivia. Las casas e iglesias de fachadas blancas, los balcones de madera y hierro forjado y sus techos de teja son atractivos que permanecen perennes, como las mejores obras artísticas. No por nada es la ciudad de los cuatro nombres (Charcas, La Plata, Chuquisaca y Sucre), y puede tener otro denominativo más: la urbe de la cultura.

La capital del Estado es en sí misma un museo, porque aglutina historia, religión, un palacio de príncipes y espacios que hacen de este territorio imperecedero. La historia señala que la corona española delegó al marqués de Camporredondo, Pedro de Anzures, para que viajase al territorio de los Charcas y fundase una ciudad —con el objetivo de proteger a la población de los indígenas hostiles—, se salvaguardaran los yacimientos minerales (especialmente de plata) y se respaldara la minería proveniente de la poblada Potosí. Al pie de los cerros Sica Sica y Churuquella (donde en la actualidad se encuentra el mirador de La Recoleta), De Anzures fundó la Villa de La Plata de la Nueva Toledo. Algunos historiadores afirman que la fecha de fundación es el 16 de abril de 1540, otros aseguran que el 29 de septiembre de 1538. Lo cierto es que este dato continúa en discusión debido a que no existe ningún documento fehaciente que aclare el detalle histórico.

Riqueza patrimonial

De lo que no cabe duda es que Sucre exuda historia y cultura en sus calles, casas y edificios mediante personajes representativos en la Ciudad Blanca. El Viceministerio de Turismo, dependiente del Ministerio de Culturas, organizó la visita de un grupo de periodistas de todo el país a la capital del Estado Plurinacional, para compartir un poco de esta riqueza que descansa en un valle inmemorial.

El recorrido puede durar unos días, aunque para algunos ya son años porque decidieron fijar residencia en la ciudad. Los museos son caminos interminables de saberes y de memorias, como el de Charcas, el Antropológico, Eclesiástico, de Etnografía y Folklore, o de Arte Indígena Asur. De igual manera, el Parque Cretácico; la Catedral Metropolitana, el templo de San Lázaro, San Sebastián o Santo Domingo; la capilla de la Virgen de Guadalupe, de la Rotonda o de la Gruta de Lourdes, el parque Simón Bolívar, la plaza Pedro de Anzures de Camporredondo y el mirador de La Recoleta son ejemplos para que el visitante pueda conocer la Sucre de los múltiples denominativos, pero más que todo cultural e inolvidable.

El convento de La Recoleta

Al llegar a la plaza Pedro de Anzures de Camporredondo, a las faldas del cerro Churuquella, se yergue bello y claro el convento Nuestra Señora de Santa Ana del Monte de Sión, o La Recoleta.

La infraestructura, perteneciente a la orden de los franciscanos y construida en 1600, tenía el objetivo de dar alojamiento y descanso a los sacerdotes que tenían su trabajo misional en el Chaco, con el propósito de que recuperasen su salud o pasaran ahí sus últimos días. En la iglesia se expone una sillería de coro del siglo XVII, tallada en madera de cedro y que perteneció a la orden de los franciscanos. Los detalles de los cuerpos y rostros reflejan la misión franciscana de evangelización en Nagasaki, Japón, donde 26 franciscanos, frailes y bautizados cristianos fueron torturados, crucificados y empalados. Las esculturas del púlpito reflejan el martirio que vivieron los misioneros aquel 3 de enero de 1597. Abajo, después de cruzar un campo con naranjales silvestres, está el árbol milenario, de unos 1.000 años de antigüedad y que fue declarado monumento nacional e histórico en 1956.  Es tan grueso, que para abrazar el tronco se necesitan diez personas, y tan alto que parece perderse en el cielo.

El convento San Felipe de Neri

La terraza de este convento debe ser una de las más fotografiadas de Sucre, pues desde allí se observa un panorama bello de la ciudad, con el fondo de los cerros que circundan la urbe, además de las iglesias, monumentos y casas coloniales.

Pasar el atardecer en este lugar es inigualable, a través de balaústres estilizados y cresterías que adornan la parte superior de este edificio.  

Cuando el arzobispo fray José de San Alberto fundó en Chuquisaca la congregación de los Padres del Oratorio de San Felipe, también consiguió la construcción de la iglesia San Felipe de Neri, que fue inaugurada en 1799.

Pilar Carbajal, gerente de la agencia de turismo Rutas del Sur y guía de la delegación, explica que cuando falleció el último de los filipenses en este templo, aproximadamente en 1976, la administración de este espacio pasó a tuición de la Iglesia Católica, que creó el colegio de niñas Santa Teresa, que en la actualidad es el colegio María Auxiliadora, de la orden salesiana.  

En los pasillos se exponen más de una decena de cuadros que datan de los siglos XVIII y XIX, entre los que resaltan copias de los lienzos del pintor de origen checo Anton Raphael Mengs, además de una Misa de San Gregorio creado por Tintico, pintor indígena de finales del siglo XVII.  

La terraza era utilizada por los filipenses como lugar de oración y recogimiento, donde tenían que estar 12 horas, desde las 06.00 hasta las 18.00. Como la orden era del silencio permanente, solo podían hablar dos horas al día, una durante el almuerzo y otra al atardecer. Carbajal señala que para que los filipenses no se durmieran durante su recogimiento, los asientos de cemento fueron construidos con una inclinación.

El templo de San Francisco

Este templo es conocido por albergar la campana que resonó aquel 25 de mayo de 1809 para llamar al pueblo a rebelarse contra la opresión hispánica.

Según las crónicas de la época, un religioso franciscano, Francisco de Aroca, construyó en 1539 una modesta enramada donde reunía a los niños para catequizarlos. Fue tal la impresión que causaron sus palabras, que los vecinos y fieles del lugar se ofrecieron para posibilitar la edificación de una capilla, que en 1581 se transformó en una iglesia de la Orden Franciscana.

En este templo resaltan los altares de estilo barroco mestizo y el artesanado. También se puede apreciar en la parte central y en el coro el mejor ejemplo del arte mudéjar, un estilo arquitectónico que se caracteriza por la conservación de elementos del arte cristiano y el empleo de ornamentos árabes.

Al ser la segunda iglesia construida en la ciudad de Charcas, su cripta continúa guardando los restos mortales de los primeros españoles que llegaron a habitar estos lares.

En el salón superior del templo se exponen casullas antiguas y cuadros del siglo XVII y XVIII pintados en conjunto o que son copias, por lo que son de autor anónimo.

Varios cuadros han sido cortados, en unos casos porque quisieron robarlos y, en otros, debido a que rostros, manos o imágenes completas son perfectas, lo que representa mucho valor para coleccionistas en el extranjero.

En una de las dos torres del templo cuelga un ícono chuquisaqueño y boliviano, la Campana de la Libertad, que el 25 de mayo de 1809 repicó para convocar a la población a la sublevación.

Se cuenta que el patriota Mariano Suárez Polanco tocó de tal manera la campana en la revolución, que ésta se rajó, algo que se puede observar en la visita a la parte alta del templo.

El Castillo de la Glorieta

Aproximadamente a cinco kilómetros del centro sucrense está ubicada esta infraestructura de principios del siglo XX que mezcla los estilos gótico, barroco, neoclásico y mudéjar, entre otros, y que muestra la opulencia de unos príncipes bolivianos.

Francisco Argandoña, un rico minero potosino, se casó en 1875 con Clotilde Urioste, perteneciente a la alta sociedad de Sucre. Al no poder tener familia, la pareja se hizo cargo de dos orfanatos, uno dedicado a las niñas y el otro a los varones. En el ámbito político, Argandoña fue designado ministro plenipotenciario en Francia por el entonces presidente Mariano Baptista Caserta. Como los esposos vivieron mucho tiempo en Europa, se codearon con lo mejor de la sociedad, lo que les permitió conseguir más recursos para su obra social.

Al conocer el emprendimiento de los bolivianos, el papa León XIII les otorgó en 1898 el título nobiliario de Príncipes de la Glorieta, debido al nombre de su propiedad.

Su nueva designación debía estar a la altura del lugar donde iban a vivir, por lo que Clotilde pidió al arquitecto de origen italiano Antonio Camponovo que diseñara la residencia, quien, por capricho de la dueña, mezcló estilos arquitectónicos para lograr la unidad de este palacio. Al pasar las rejas de ingreso pareciera que los cuentos de hadas se hicieran realidad al ver una fortaleza con infinidad de habitaciones, terrazas, torres y árboles.

Los salones del bien y del mal muestran cariátides (figuras de mujeres que sirven de soporte a una estructura arquitectónica), querubines, cancerberos y murciélagos.

En el castillo hay una réplica del Jardín de Versalles, un montículo, una casa de muñecas y una fuente de los deseos.  

En un rincón del jardín del palacio, oculto entre la vegetación y la pared de piedra, una pequeña reja de fierro conduce a un túnel que al parecer sirvió para transportar mineral y dinero de la empresa de los Príncipes de la Glorieta.

La Casa de la Libertad

En medio de la pared alba con balcones de madera, una fachada de piedra con un zaguán de cedro nativo tachonado con clavos de bronce y la bandera nacional flameando, marcan el ingreso al amplio patio colonial y al salón donde se escribió el acta de la independencia de Bolivia.

En la capital del Estado, la Casa de la Libertad es uno de los lugares que no se puede perder el visitante nacional o extranjero.

La guía de turismo Paola Rivera, quien aguarda delante de la fuente que adorna el patio del ahora museo, cuenta que esta infraestructura, que perteneció en un inicio a los jesuitas, fue construida a finales del siglo XVI para que funcionara como colegio, y que desde 1624 acogió a la Universidad Mayor Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca. Los jesuitas fueron expulsados en 1767, por lo que la universidad pasó a ser tuición de la Real Audiencia de Charcas, una de las instituciones más importantes creadas por los españoles. Desde 1776, la capilla privada de los jesuitas fue empleada como salón para que los estudiantes defendieran sus tesis.

La Casa de la Libertad debe su nombre a que allí se graduaron los doctores de Charcas, quienes germinaron los movimientos revolucionarios en América del Sur.

Después de la batalla de Ayacucho, del 9 de diciembre de 1824, que decidió la liberación de los pueblos americanos de la Colonia española, el Mariscal Antonio José de Sucre emitió un decreto en febrero de 1825 para que representantes de cinco provincias decidieran en esas salas el futuro del Alto Perú.

El ambiente principal es la conexión directa con aquella parte de la historia boliviana, pues se siente el aroma a libertad al ver y tocar los muebles de madera, y sentir la alfombra que se empleó durante la Asamblea Deliberante. En el medio, delante del escritorio principal, sobre un pedestal, se encuentra una réplica del acta de la independencia. Al fondo están los cuadros de Bartolina Sisa, Julián Apaza, Simón Bolívar, Antonio José de Sucre y José Ballivián, debajo de un vitral del escudo nacional.

La habitación contigua está dedicada a los guerrilleros que lucharon contra las tropas realistas, como Eustaquio Moto Méndez, Vicente Camargo y José Antonio Álvarez de Arenales, donde se destaca Juana Azurduy, quien junto a su marido, Manuel Ascencio Padilla, luchó por la emancipación altoperuana. Los restos de la guerrillera descansan en un cofre de madera, rodeado por una espada dorada, una charretera del Ejército boliviano y un sable de general del Ejército argentino.

Los demás salones están dedicados a la etapa virreinal, con el mapa de las colonias españolas en América dibujado en 1775, la bandera albiceleste que izó el general argentino Manuel Belgrano durante la guerra de independencia, cuando llegó al Alto Perú; la sala que expone los retratos de los diputados deliberantes de 1825; una galería con prendas, armas y uniformes de los expresidentes del país, y la sala Mariscal Sucre, que contiene cuadros, documentos y objetos que pertenecieron al libertador.

El Museo Gutiérrez Valenzuela

En medio de la pared alba con balcones de madera, una fachada de piedra con un zaguán de cedro nativo tachonado con clavos de bronce y la bandera nacional flameando, marcan el ingreso al amplio patio colonial y al salón donde se escribió el acta de la independencia de Bolivia.

En la capital del Estado, la Casa de la Libertad es uno de los lugares que no se puede perder el visitante nacional o extranjero.

La guía de turismo Paola Rivera, quien aguarda delante de la fuente que adorna el patio del ahora museo, cuenta que esta infraestructura, que perteneció en un inicio a los jesuitas, fue construida a finales del siglo XVI para que funcionara como colegio, y que desde 1624 acogió a la Universidad Mayor Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca. Los jesuitas fueron expulsados en 1767, por lo que la universidad pasó a ser tuición de la Real Audiencia de Charcas, una de las instituciones más importantes creadas por los españoles. Desde 1776, la capilla privada de los jesuitas fue empleada como salón para que los estudiantes defendieran sus tesis.

La Casa de la Libertad debe su nombre a que allí se graduaron los doctores de Charcas, quienes germinaron los movimientos revolucionarios en América del Sur.

Después de la batalla de Ayacucho, del 9 de diciembre de 1824, que decidió la liberación de los pueblos americanos de la Colonia española, el Mariscal Antonio José de Sucre emitió un decreto en febrero de 1825 para que representantes de cinco provincias decidieran en esas salas el futuro del Alto Perú.

El ambiente principal es la conexión directa con aquella parte de la historia boliviana, pues se siente el aroma a libertad al ver y tocar los muebles de madera, y sentir la alfombra que se empleó durante la Asamblea Deliberante. En el medio, delante del escritorio principal, sobre un pedestal, se encuentra una réplica del acta de la independencia. Al fondo están los cuadros de Bartolina Sisa, Julián Apaza, Simón Bolívar, Antonio José de Sucre y José Ballivián, debajo de un vitral del escudo nacional.

La habitación contigua está dedicada a los guerrilleros que lucharon contra las tropas realistas, como Eustaquio Moto Méndez, Vicente Camargo y José Antonio Álvarez de Arenales, donde se destaca Juana Azurduy, quien junto a su marido, Manuel Ascencio Padilla, luchó por la emancipación altoperuana. Los restos de la guerrillera descansan en un cofre de madera, rodeado por una espada dorada, una charretera del Ejército boliviano y un sable de general del Ejército argentino.

Los demás salones están dedicados a la etapa virreinal, con el mapa de las colonias españolas en América dibujado en 1775, la bandera albiceleste que izó el general argentino Manuel Belgrano durante la guerra de independencia, cuando llegó al Alto Perú; la sala que expone los retratos de los diputados deliberantes de 1825; una galería con prendas, armas y uniformes de los expresidentes del país, y la sala Mariscal Sucre, que contiene cuadros, documentos y objetos que pertenecieron al libertador.

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