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Suiza tiene una escuela para cultivar el alma latina

Rosario es cofundadora de un espacio cultural para hijos de migrantes.

La maestra Rosario Barrenechea de Hugli. Foto: Alejandra Rocabado

La maestra Rosario Barrenechea de Hugli. Foto: Alejandra Rocabado

La Razón (Edición Impresa) / Naira C. de la Zerda

00:00 / 08 de octubre de 2017

Mientras revuelve las fotografías de sus primeros alumnos suizo-latinoamericanos, Rosario Barrenechea de Hugli, una maestra y volibolista paceña de 66 años (fue miembro de la selección nacional), recuerda lo difícil que puede ser vivir en otro país. De sus años en Suiza evoca con cariño dos proyectos que la ayudaron a vivir su ser latinoamericano: el trabajo con la Escuela Latinoamericana de Berna y el Coro Femenino Latinoamericano.

Cuando los Hugli abandonaron Nicaragua en 1995, Rosario dejó atrás una carrera como educadora, dos hijos jóvenes en Bolivia y muchos amigos entrañables; le esperaba el comienzo de una nueva unión y lo desconocido. Pronto estaba administrando una misión diplomática y fue invitada a ser parte de un proyecto educativo para hijos de matrimonios mixtos (suizo-latinoamericanos), llegando a ser una de las dos primeras maestras de la Escuela Latinoamericana de Berna.

Si bien los estereotipos sobre la gente latina tienen algo de verdad, Rosario notó pronto que la comunidad migrante se había adaptado muy bien a la sociedad suiza: muchos se establecieron y formaron una familia. Sin embargo, se percató de que los niños que nacían de estos matrimonios tenían menos presente su herencia latina.

El Comité Latinoamericano de la ciudad de Berna identificó el problema y decidió buscar una forma de impulsar la cultura latina, centrándose en la enseñanza del español. Así nació “La Escuelita”, como la llaman cariñosamente hasta hoy.  

Las clases de Rosario y Cristina Duarte Boogmann —la otra maestra fundadora— trataron sobre la flora y la fauna de los países de origen de los niños, las costumbres, tradiciones y platos típicos. Estas actividades ayudaron a que los alumnos se identificaran con los países de los cuales provenían sus padres —o alguno de ellos— así como con los adelantos y las riquezas de su tierra. “Los suizos suben a 2.500 metros y para ellos eso es alto, algunos turistas se ponen máscaras de oxígeno; mientras que en La Paz vivimos a 3.600 metros de altura. Los niños hacían una comparación positiva y se sentían orgullosos”. Los otros países involucrados fueron Venezuela, Perú, México, Honduras, Brasil, Puerto Rico, Colombia y República Dominicana.

Para Rosario, una de las ventajas de este proyecto es el trabajo con el amor propio de los niños. “Recuerdo vívidamente a uno de mis alumnos. Su mamá me había comentado que tenía problemas para socializar en el colegio. Llegué un sábado —día de clases— y me contaron que el pequeño había logrado hablar en clases, contándoles a sus compañeros sobre el origen latinoamericano de la papa. Yo estaba tan emocionada, tan motivada”.

Así muchos de los niños, que ahora son adultos, han formado una relación con Latinoamérica —visitando o haciendo trabajo voluntario— valorando la riqueza de tener una identidad con doble raíz cultural. Hoy la Escuela Latinoamericana está a punto de cumplir 20 años. Pasó de tener 22 alumnos y dos niveles a contar con casi 100 estudiantes organizados en cinco paralelos. Además está reconocida por la Dirección Cantonal de Educación, la autoridad superior de la educación escolar en Berna. 

Cantando para vivir la nostalgia

“Cada vez que subía a mi auto, ponía música nacional, a lo que mi esposo preguntaba: ‘¿Estás alimentando tu nostalgia?’ y yo respondía: ‘¡Sí!’”. Transcurría el año 1999 y había tristeza, pero no era nociva. Rosario se adaptó muy bien a su nuevo hogar, logró hacer grandes amigos y vivir feliz.

Pero cada vez que llegaba gelatina Royal a la casa de alguna compatriota, corría cuchara en mano para asaltar el manjar. Estas reuniones improvisadas mostraban la necesidad de construir un lazo más fuerte con la tierra de origen. Y como nunca faltaba la guitarra de Rosario, que hacía su aparición tras la gelatina, ella, Rosi Lili Rocabado de Ruegger y Liliana Gumucio de Friedli invitaron a las latinoamericanas que conocían y les propusieron hacer un coro para disfrutar de la música “hecha en casa”.

“Yo les explicaba que no importaba si podían cantar o no, la finalidad era desahogarnos y vivir nuestra alma latinoamericana”. Entonces dieron cuotas, rentaron un espacio para ensayar, contrataron a la argentina Fabiana Llanos como directora y comenzaron a practicar canciones del rockero Charly García. Gracias a Susana Fankhauser, que ya había convocado a cantar a Rosario como solista antes, el coro tuvo su primera presentación. Fue una invitación para participar en la velada de la asociación de residentes mexicanos en Berna (Amex), un 2 de noviembre, Día de los Muertos.

Para cuando Rosario supo que tendría que regresar porque su esposo había sido destinado a Bolivia, en 2000, el Coro Latinoamericano de Mujeres de Berna preparaba su cuarto espectáculo. “Comenzamos 16 miembros, ahora son el doble y se paga para escucharlas. Por eso contrataron un director cubano muy estricto… pero cuando vaya le voy a pedir las partituras y le voy a decir ‘yo soy una de las fundadoras, así que canto o canto’”, comenta riendo.

Si bien reconoce que la sociedad que la albergó es sumamente tolerante, también tuvo malas experiencias. “De Nicaragua llegamos a Berna con un coche grande. Y un día, en un parqueo, un hombre me atacó diciéndome que los latinoamericanos llegábamos a Suiza a contaminar el aire”.

En otro momento, encontró panfletos que alertaban sobre la presencia de extranjeros por el barrio en el que trabajaba, que estaba lleno de anticuarios. Y comenzó a notar que el dueño de uno en particular la miraba con extrañeza. Ante eso, Rosario se acercó y habló con él. “Le digo: ¿Por qué usted no me quiere, es porque soy extranjera?, estoy buscando dónde estacionar porque trabajo en la embajada”. Tras el incidente se hicieron buenos amigos, tanto que cuando ella parqueaba mal y aparecían los policías, él le silbaba, para que ella moviera su carro.       

El regreso a Bolivia fue un encuentro familiar rodeado de amor. Markus, el esposo de Rosario, se adaptó rápido. Le gusta el andinismo, subió al Illimani y al Huayna Potosí. Para ella aún se hace difícil comprender que ciertas normas no se cumplan acá, por ejemplo respetar el semáforo en rojo, pero sobre todo fue penoso dejar los proyectos en Suiza. “Me fui con el corazón dividido”.

Ya en Bolivia, Rosario siguió realizando actividades culturales. Primero refaccionó la casa que perteneció a sus abuelos, un caserón colonial que consta de 15 habitaciones y muchos recovecos (calle Genaro Sanjinés 986). Ella la llamó Casa Pueblo y la proyectó como un centro cultural. Allí se filmó la película Fuego de libertad, sobre la vida de Pedro Domingo Murillo, se estrenaron cuecas y se dieron conciertos de música coral. Debido a razones de salud se tuvo que vender la casa; sin embargo, los deseos de Rosario se cumplieron de una forma inesperada. El hogar de sus abuelos es ahora un espacio cultural dirigido por la actriz Erika Andia. La Casa Mágica tiene clases de baile, títeres y teatro para niños, adultos y adultos mayores, además de talleres de formación actoral continua.   

Ahora Rosario celebra su conexión con la sociedad suiza como la presidenta, hace más de siete años, de la comunidad suizo-boliviana en La Paz. El Club Suizo, como se lo conoce, está compuesto por residentes de aquel país y por personas que se sienten cercanas a su cultura. Ellos celebran días festivos suizos como el 1 de agosto y tienen actividades culturales de integración con Bolivia.

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