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Sujetos de arte

María Riveros y José Arispe, cambian el concepto de escultura en el Expresarte.

La Razón / Willy Camacho

00:00 / 18 de marzo de 2012

A las 10 de la mañana, la sala temporal del Museo Nacional de Arte está con pocos visitantes. Las obras de los 18 finalistas del concurso Expresarte se exponen para tres o cuatro turistas que circulan por el ambiente. Una muchacha de pelo rubio dialoga, en cuclillas, con un muchachito que parece su hermano. En realidad, es su hijo, y ella, pese a la primera impresión, es una mujer de 30 años. Se llama María Riveros y es una de las ganadoras del certamen. Dos señoras, argentinas o uruguayas por el acento, se acercan a ella y le preguntan, seguramente advertidas por la encargada del museo, si es la autora de la obra que está al lado. María responde que sí, con un tono tan tímido cuanto amigable. Las señoras la felicitan y le dicen que es una gran artista.

“No, yo no soy artista, soy sólo una campesina”, responde algo ruborizada, mientras sus pies, calzados con abarcas, se mueven nerviosos ante los elogios de las turistas.

La artista campesina de Camata

El 18 de enero se inauguró la muestra del Expresarte. El acto también sirvió para que el jurado del concurso hiciera público su veredicto, dando a conocer que María Riveros y José Arispe compartían el primer lugar. El fallo sorprendió a muchos, sobre todo a los ganadores, que por primera vez participaban en un certamen artístico. Dos semanas después, concertamos una entrevista con ambos. La cita fue en el museo.

Las señoras, argentinas o uruguayas, se despiden de María y ella queda muda, sin saber qué hacer. A su lado, se proyectan las imágenes que forman parte de su obra. En éstas, el cuerpo desnudo de María florece sin cesar, en un entorno natural enmarcado por varios versos y pensamientos grabados en la pared, que, a guisa de bitácora, describen día por día el periodo del registro, realizado en la comunidad donde ella vive, Camata. “Me ayudó el Joaquín (Sánchez), porque yo no sé manejar la cámara”, confiesa minutos después, ya sentados a la mesa de una confitería de la plaza Murillo. También está José Arispe y el pequeño Mukti, de cuatro años, que se entretiene con una copa de helado.

José pide una salteña de carne, María prefiere compartir el helado con su hijo (es vegetariana). Mientras esperamos la orden, José comienza a hablar de la obra de María. “Apenas en la etapa del montaje fui viendo su proyecto. Al principio no tenía idea de qué trataba. Vi que ponía el video, el bastidor, las plantitas... la fui entendiendo más y me pareció loquísima”.

Se trató de un concurso con características particulares, ya que los artistas no tenían que presentar una obra concluida, sino un proyecto que durante algo más de seis meses debía cobrar forma, bajo la atenta mirada del jurado. De 44 propuestas, se seleccionaron 18, y sus autores se reunieron con los evaluadores en Cochabamba un fin de semana. María y José, nuevos en el ambiente, no conocían a la mayoría de sus colegas. Ellos comenzaron a hacerse amigos en la parte final del proceso, cuando estaban montando las obras en el museo.

Un fotógrafo que rompió el molde

“Lo vi montando su obra, pero yo decía que era el cuarto del cuculi, porque era un cuarto oscuro y no dejaba entrar a nadie”, recuerda María. Debido al celo de José, María llegó a pensar que él estaba asumiendo una pose. “Con una amiga criticábamos las obras de todos, y yo a la que más palo daba era a la de él”, cuenta entre risas, con la confianza que da la amistad. El día que José realizó su performance para el jurado, María entró al cuarto oscuro y se puso a llorar, conmovida por lo que había logrado desarrollar su amigo. “Me llega, es hermosa (la obra de José). Ya la vi cinco veces y no me canso de verla, tiene muchos sentidos y es un detonante para miles de ideas, de sentimientos”.

María habla como acariciando las palabras. Sus gestos, su tono, sus inflexiones, todo se combina para generar la sensación de que siempre habla, más que con amabilidad, con afecto sincero. Quizá eso, y su forma de vestir, concuerda con el imaginario que se tiene del campesino de tierras cálidas, pero sus ojos claros, su piel blanca y cabellera rubia generan dudas.

“Vivo en Camata. Para llegar a mi casa hay que viajar doce horas en flota y caminar tres horas más”, comenta, a tiempo de ayudar a Mukti con la cucharilla. Cuenta que vive ahí hace como tres años, y que antes vivió en otras comunidades paceñas. “No he ido más lejos”, asegura, aunque otro día nos confiará que parte de su adolescencia la pasó en Nueva Zelanda.

José tiene 26 años. Es un muchacho sencillo (pero no simple, diría el cantautor Sergio Antezana) que creció entre imágenes, pues su familia se dedica a la fotografía. Él también es fotógrafo, oficio que ejerce hace siete años, en una revista de modas. Estudió Cine en la Universidad Católica Boliviana y formó parte del Taller de Danza Moderna de Norma Quintana.

Termina la salteña y da la impresión de que no quedó satisfecho. Admite ser “buen diente” y, con cierta vergüenza, que le encanta la música de Lady Gaga. Tiene gustos variados, ya que es fanático del rock alternativo, en especial de la banda Cold Play. Ha ganado un premio importante, pero no ha perdido la humildad, quizá ligada a su carácter tímido o a su concepción del proceso creativo: “Hay que enfocarse en la obra. Creo que lo malo de los concursos es que puede venir una ansiedad por ganar y eso hace perder el objetivo de la obra”. Ni él ni María tienen formación en artes, lo cual hace más sorprendente su triunfo en el concurso. José afirma que no esperaba ganar. Entonces, ¿por qué concursó? “Quería plasmar en algo palpable una serie de experiencias, de sentimientos, de frustraciones... Trabajé duro en el proyecto y verlo finalizado, ya en exposición, era un premio para mí”.

El certamen se convocó para la especialidad de escultura, sin embargo, las obras ganadoras se alejan de lo que el ciudadano común considera como tal. José dice que mandó su propuesta sin estar convencido de que podía ser admitida. La obra final, es un registro audiovisual del performance que él desarrolló ante el jurado, algo que tradicionalmente no podría ser considerado escultura. “Creo que el arte contemporáneo permite trascender lenguajes y formatos. Mi propuesta se basó en la idea de que el cuerpo humano puede ser una escultura, yo mismo puedo serlo”, explica. Su intuición fue acertada.

Dos ganadores, un ‘chiripazo’

Para María, ganar el concurso fue un “chiripazo”, una casualidad afortunada que comenzó desde el momento mismo de su inscripción. “Mi jefe mandó el proyecto, yo no sabía”, cuenta, como si relatara una travesura. Ella había salido de Camata para ganar algo de dinero trabajando en una fábrica de ropa en El Alto. En sus ratos libres, escribía versos y trazaba dibujos, lo cual fue advertido por su jefe, quien los organizó y, haciéndole ciertas preguntas, pudo esbozar una propuesta para enviarla al Expresarte. “La fábrica tenía algo que ver con los españoles, creo, y mi jefe repartía papelitos del concurso, pero yo los botaba porque no sabía nada de eso”, relata sin contener la risa.

Es comprensible, entonces, que María no pensara ganar el certamen. Ni siquiera escuchó cuando anunciaron que su obra compartía el primer lugar con la de José. “Estaba feliz por éste (señala a José), aplaudiendo como loca, y no escuché mi nombre. Un tipo me agarró y me indicó que pasara al frente, yo no sabía por qué”, recuerda alegre. Igual que su amigo, ella no se había concentrado en la posibilidad de ganar el premio. “Es que yo ya había ganado. Ir a Cochabamba, la ducha caliente, las comidotas que te dan ahí, luego este vestido que me regaló la recepcionista del museo... yo ya me sentía premiada, no necesitaba ganar más”.

José acompaña las risas de María, recordando el acto de premiación. Para él, repite, terminar la obra era el premio. Además, “exponer en el mismo museo donde están las obras de Cecilio Guzmán de Rojas, de Arturo Borda, de tantos maestros, ya es un premio enorme para todos nosotros (los 18 finalistas)”, manifiesta con orgullo. Mukti ha terminado su helado hace varios minutos, está impaciente e inquieto. “Así es éste, un fregado”, señala su madre, mientras le pasa un dinosaurio de goma que saca de la mochila del niño. Aprovechamos la calma para retomar la conversación.

Entre los finalistas del Expresarte (o Premio Arte Joven), había gente con trayectoria y otros, como María y José, que recién daban sus primeros pasos en la plástica. “Anuar Elías, Iván Cáceres y Liliana Zapata, por ejemplo, son leyendas para mí, inalcanzables”, dice María. Considera que todos sus compañeros son excelentes personas, pese a que al principio, específicamente durante el fin de semana que convivieron en Cochabamba, percibió que algunos “miraban de arriba” a los novatos. “En el almuerzo se notaba que había dos grupos bien diferenciados, los que eran artistas y los que queríamos serlo”, expresa bajando la voz, cual si transmitiera un secreto.

La apreciación de José es distinta: “Había más experimentados, cancheros, mientras que otros estábamos nerviosos, pero no vi egos inflados o no los percibí...”. María lo interrumpe para argumentar su opinión previa mediante una experiencia: “Yo he visto otras cosas... En el hotel, cuando estábamos con otras chicas haciendo el registro, llegó uno de los artistas y se pasó sin hacer fila, yo tenía mis cosas envueltas en un mantelito, y tal vez por eso no se ha dado cuenta de que yo también era parte del grupo”.

María evoca otra anécdota para ilustrar las diferencias entre “artistas y aspirantes”. Narra que le tomó muchos días de trabajo hacer el montaje de su obra, y el día de la evaluación llegó uno de los “artistas famosos” directamente a poner su creación y se fue sin esperar al jurado. “Qué capo, qué inteligencia”, menciona haber pensado ese momento, y de inmediato trata de disimular el sarcasmo que dejó escapar: “Creo que hay gente que está académicamente bien preparada y lo hace rápido, y hay gente burra, como yo, que se toma semanas para hacerlo”, declara con seriedad, pero su tono solemne es insuficiente para desvanecer el orgullo de que una “burra” haya ganado a los “artistas famosos”.

El relato de María da pie para que José arriesgue una confidencia: “Había una obra en la que trabajaron varias personas para montarla, tenía soldadores, mecánicos... un 'arsenal' de gente. ¡Parecía una fábrica!”. Ambos ríen, cruzando miradas cómplices que portan el nombre del “dueño de la fábrica”. Si bien optan por la discreción, María cuenta algo más. Al finalizar el acto de premiación, ella se retiró para fumar un cigarrillo. Estaba parada junto a su obra, y escuchó las burlas del 'arsenal'. “Yo también soy artista, puedo escribir huevadas en la pared...”, recuerda que decían, y después de varios minutos alguien les anunció que ella era la autora y, por ende, la ganadora del concurso.

El dinosaurio ya no distrae a Mukti, pues cayó dormido pese al bullicio citadino, además que José tiene que ir a realizar unos trámites, de modo que finalizamos la charla. Mientras pagamos la cuenta, María menciona que se quedará hasta medio año en la ciudad y tendrá harto tiempo para leer. “A ver si me presta unos libritos”, suelta a manera de despedida, y se aleja cargando al niño entre sus brazos.

‘En el campo la cosa es jodida’

Un par de semanas después, volvemos a ver a María. Esta vez nos encontramos en la plaza Roma (Obrajes). Ella está con Mukti, quien protagoniza un berrinche propio de su edad. “Éste es un jodido”, dice luego de un breve saludo, e improvisa una solución para poder dialogar en calma: le compra un chupete. El remedio funciona. Mukti, saboreando la golosina, comienza a corretear sobre el césped húmedo de la plaza.

María recibe con gratitud sincera dos libros de cuentos, prometiendo cuidarlos y, sobre todo, leerlos sin demora. “En inglés leería más rápido”, comenta con naturalidad, abriendo la puerta hacia ese espacio de su vida al que no pudimos acceder en el encuentro previo. Aun así, es esquiva, sin perder la amabilidad, cuando surgen la interrogantes obvias: ¿Realmente es campesina?, es decir, ¿siempre lo fue? ¿Cómo una campesina puede leer bien en inglés o bautizar a su hijo con un vocablo del sánscrito? Obvio también es el preconcepto implícito en tales dudas, como ella misma lo hace notar. Tal vez por eso no le gusta hablar mucho de su vida.

“En el campo la cosa es jodida”, afirma cuando se le consulta, para romper el hielo, sobre su rutina cotidiana, y nuevamente elude el tema: “Me acuerdo mejor de lo que hago aquí en la ciudad”. Como si estuviese dando un informe de actividades, detalla sus actividades diarias. Se levanta a las cinco, hasta las cinco y media se da tiempo para tomar algo e ir al baño y luego levanta a sus cuatro “flojonazos”; después lava ropa y trata de dejar algo cocinado, antes de salir, a las siete menos cuarto, rumbo a la escuela de los tres mayores, “porque no se acostumbran al minibús, les da mareos, o sea que tenemos que ir a pie, 45 minutos”. Regresa a casa para terminar de cocinar y aprovecha que hay electricidad para confeccionar vestidos (recién adquirió una máquina de coser “buenaza”). A las once va a recoger a sus hijos; almuerzan y luego prepara la ropa de la escuela para el día siguiente.

A partir de las tres y media, a veces, si es que la solicitan, va a lavar y planchar para una señora. “A las ocho ellos (sus hijos) ya se duermen; yo enciendo una vela y mi radio canchera y me pongo a leer. Me encanta leer, es mi vicio, y como no están las wawas cerca, enciendo un puchito. A veces estoy tan cansada que a la media hora me duermo, pero otras veces, aguanto tres o cuatro horas y ya no sólo leo, también escribo”.

Tiene 30 años, cuatro hijos (la mayor de 11 y el menor de 4) y una rutina que agota de sólo escucharla. ¿Cómo hará para mantener una apariencia y vitalidad de adolescente? La duda se queda en eso, en duda; formularla sería incurrir nuevamente en preconceptos. Por el mismo motivo, proseguimos la charla dando por sentadas algunas cosas, como que no ha vivido desde siempre en el campo, y le comentamos que no es habitual que la gente de la ciudad opte por vivir en el área rural, sino lo contrario.

“Es que la ciudad lastima”, observa María, sin dejo de amargura, lo hace como quien critica cuán salada es una comida. “Hay mucha gente, mucho ruido y no hay pajaritos”, añade. Le recordamos las palomas de la plaza Murillo, a lo que retruca: “esos no son pajaritos, son ratas con alas”. “La vida es más fácil en el campo, aquí es demasiado complicada. Para hacer algo necesitas plata, necesitas pedir permiso a alguien... Aparte, allá puedes cultivar tu comida, y eso es necesario, más si son tan tragones como éste (señala a su hijo, distraído con las plantas y el chupete)”.

La sencillez de sus palabras y la humildad con que las expresa puede confundir y hacer pensar que, efectivamente, como ella misma dijera días atrás, es una “burra”. Sin embargo, teje reflexiones profundas a partir de cosas sencillas, de su innata capacidad de observación, de su experiencia de vida, de su sensibilidad artística. Así, opone la fácil existencia en el campo a la cómoda vida en la ciudad. “En la ciudad, la gente está muy cómoda, abre un grifo y hay agua, aprieta un botoncito y hay luz... entonces pierde las ganas de soñar”. Y para ella soñar es fundamental, “todo ocurre en sueños, igual una escultura, y si lo que se hace sirve a la gente para que sueñe, ya es una escultura”, explica, haciendo referencia a la obra con que ganó el Expresarte.

Durante la primera entrevista, José comentó que uno de los textos grabados en la pared (parte del conjunto de elementos que conforman la obra de María) le había llamado especialmente la atención. “Habla de renacer, de nutrirse como una planta, como una persona que es una planta... me encanta el fragmento en que dice que nosotros somos los que dormimos, mientras hay un malvado que nos vigila, que las plantas crecen porque nosotros las soñamos, que la tierra nos sueña a nosotros...”, expuso, impactado por la reflexión poética planteada por su amiga y colega.

Lo que María acaba de decir, “todo ocurre en sueños”, funciona perfectamente en su propuesta estética, pero en la realidad, ¿no se corre el riesgo de confundir qué es sueño y qué no? “Eso es la vida, ¿no?, vivir ese riesgo. ¿Para qué estar seguro, transitar un camino seguro?”, responde ella, invitando a la reflexión. “Ahí no da ganas de soñar. La comodidad quita las ganas de soñar, hay que ponerse siempre en el límite”, asevera.

Del chupete sólo queda el palito y Mukti se acerca a su madre para exigir otro. “Ya no hay”, le asegura María, y le ofrece el dinosaurio de goma, que, al parecer, es su juguete preferido, pues se conforma. “¿En qué estábamos?”, pregunta María, dispuesta a proseguir la charla. “Contabas dónde vivías antes de irte al campo”, respondemos. No muerde el anzuelo, pero celebra el intento riendo algunos segundos. Cuando su risa se agota, toma aire y, por fin, declara: “En Nueva Zelanda”.

Si sus primeras palabras habían abierto una puerta, estas últimas nos dieron permiso para ingresar al espacio de su vida que guarda con tanto celo. Una a una, va respondiendo todas las preguntas que formulamos. Cuenta que tuvo una infancia difícil, que fue una adolescente problemática, que su hermana Ninfa (por quien guarda profundo amor y gratitud) hizo las gestiones para enviarla a Nueva Zelanda, país donde aprendió a escribir y leer en inglés, que volvió y conoció a quien sería padre de sus hijos, que hicieron planes que no se cumplieron, que en el campo encontró la paz que necesitaba... Cuenta mucho, casi todo, y aquí reproducimos poco, casi nada, porque María quiere preservar su intimidad. “Esto que le digo no es para publicar”, advierte constantemente.

La estrella de David estampada

En el primer encuentro, notamos que en la manga derecha de la chamarra llevaba cosida un estrella de David. Ya había manifestado que no tenía creencias religiosas, de modo que le consultamos por qué lucía ese símbolo. “Por molestar... y funciona”, contestó. “Es que hay unos cuatecitos que en sus chamarras tienen esvásticas o la bandera alemana y son rebolivianos... Yo me paro a su lado mostrando la estrella y algunos se enojan... Es mi forma de expresar que somos igualitos, que no importa lo que llevamos puesto, ni de dónde somos ni cuánto tenemos o sabemos...”.

En síntesis, María rechaza los prejuicios, los preconceptos. Por eso, aunque no lo manifestó explícitamente, prefiere que muchos pasajes de su vida no sean difundidos, no quiere que se formen ideas sobre ella a partir de lo que hizo o hace. Desde el punto de vista artístico, la cuestión es similar: hay que separar la vida de la obra.

Cuando la conocimos, unas señoras, argentinas o uruguayas, la felicitaban en el museo. “Yo no soy artista, soy sólo una campesina”, les comunicó ella, como confesando una impostura. “No, vos sos una gran artista”, insistió una de las visitantes, con mucha razón. No porque sea imposible que una campesina pueda destacarse en el arte, sino porque la grandeza de un artista sólo depende de su obra.

“Una amiga me dijo que parte de ser artista es confiar en tu obra y eso es lo que me falta”, admite María, y añade: “eso sí lo puedes citar”. Mukti, regresa corriendo, con la cabecita decorada por el brillo de minúsculas gotas de agua entre sus cabellos castaños. Una llovizna ha comenzado a caer, es momento de abandonar la plaza.

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