Escape

Tánger y el Hafa

La frontera inexistente.

La Razón / Pablo Cerezal

00:00 / 28 de abril de 2013

Es Tánger la más europea de las ciudades africanas, o la más africana de las ciudades europeas? De cada visitante depende la elección, pero si decidimos acudir a su historia y pasar al menos un día (preferiblemente en agosto), perdiéndonos en sus calles comprobaremos la factibilidad de ambas opciones. Las arterias de la ciudad marroquí se infartan en esos días con tropeles de expatriados de la media luna que decidieron hacer vida en las ciudades de la vieja Europa. Regresan a su tierra natal para disfrutar unas merecidas vacaciones otorgadas por sus patrones españoles o franceses. Originales magrebíes exiliados en el continente de la crisis y la esperanza. Pero antes fueron europeos y norteamericanos quienes resolvieron exiliarse en la geografía norteafricana de Tánger.

La manera ideal de arribar a la metrópoli jerifiana es a lomos de alguno de los numerosos ferries que, desde las costas españolas, parten cada día, con regular frecuencia, hacia la orilla marroquí.

Llegar a Tánger surcando las fronterizas mareas del estrecho de Gibraltar regala al viajero una de las más conmovedoras instantáneas que la vieja ciudad pueda ofrecer. Desde la cubierta del ferry podemos dirigir la mirada hacia el rompecabezas de vetusta piedra de la medina tangerina y descubrir, ya antes de pisar sus desvencijados callejones, una de las más auténticas de entre las sorpresas que Tánger nos regalará: el onírico delirio urbanístico de su caos organizado.

La medina de Tánger se erige sobre una escarpada colina, transmutando el horizonte en un embaucador entresijo de construcciones de adobe superpuestas y milimétricamente habilitadas para engrandecer el culmen fortificado de la kasbah, la antigua ciudad amurallada.

Llegados ya a la urbe, aposentados los pies en tierra firme, hay que dejarse vencer por la tentación de penetrar ese laberinto de piedra y sueño que hemos contemplado desde el barco.

Existen numerosas opciones, sin duda, a la hora de internarse en busca del etéreo Minotauro que imaginamos agazapado.

Te ofrecerán diferentes itinerarios los mil y un rapaces que aguardan la llegada del turista para mejor poder alimentar sus días. El trabajo de guía no oficial es uno de los mejor remunerados, a la vista de la sonriente facilidad con que el atribulado turista afloja su bolsillo, y ello provoca que tantos jóvenes desempleados ocupen sus horas a la caza y captura de aquel que viene de otros continentes para internarse en este islámico laberinto de lo exótico.

De ti depende aceptar o rechazar los insistentes ofrecimientos, y aunque ardua tarea puede ser el declinar la oferta, ésta es quizás la más recomendable de las alternativas para quien quiera bien perderse siguiendo su propio hilo de Ariadna. No lo negaré, puede resultar incómodo.

En manos de un guía

Si te dejas vencer y tomas la primera opción, serás conducido hacia arriba, hacia la kasbah, y esperarán a que entres al museo, en el que admirarás la deslumbrante colección de joyas y cerámicas que hicieron las delicias de los poderosos, los que decidieron labrar en esclavismo y lujo la historia artesanal de la región.

Gozarás, a la salida, de las orfebrerías que ofrece en onerosa venta un gran comercio de impoluta limpieza, en frontal oposición a la que por su ausencia brilla en la mayoría de los establecimientos de la ciudad.

Harán que te asomes, una vez traspasada la puerta Bhar, al moderno, incoherente y carente de encanto paseo marítimo recién inaugurado a los pies de la colina y podrás, si alzas la vista, divisar desdibujadas las costas ibéricas, como en un sueño o una pesadilla. Porque son esas costas sueño de prosperidad y grato futuro para muchos africanos que sueñan alcanzarlas a lomos de desvencijada embarcación, y pesadilla para muchos de los que, entre ellos, no llegan siquiera a acariciarlas, y las contemplan ya por siempre desde dos cuencas huérfanas de ojos que sirven de pasto a la fauna marítima del estrecho de Gibraltar.

Te pasearán medina abajo, por pintorescas callejas en que te toparás con zascandileantes chicos que extienden los hilos que posteriormente se enmadejarán para la confección de caftanes, borriquillos cargados de todo tipo de materiales de desecho, y mujeres estrictamente ataviadas de negro. Por supuesto, harás una obligatoria parada en diminutos pero deslumbrantes comercios en que te agasajarán con té verde y mil halagos antes de lanzarse a la oferta salvaje de su mercadería. El ánima comercial del marroquí es famosa en el orbe, y no perderá la ocasión, tu lazarillo, de ganar un puñado de dirhams gracias a tu transacción comercial con cualquiera de los simpáticos tenderos.

Quizás finalices tu recorrido en ese pequeño cafetín donde gustaba de embriagarse de hachís un joven Keith Richards o, más abajo aún, más cerca ya del puerto, en alguno de los vetustos cafés del Zoco Chico, donde decidían tomar asiento, para ver pasar la vida, renombrados intelectuales como Paul Bowles o Tennessee Williams.

Llegados a tal punto, y sorprendido por la erudición del asilvestrado guía, que con excelsa dicción pronuncia los nombres de tan egregios personajes, no dudarás en agradecerle sus servicios invitándole a tomar asiento y viendo cómo abulta impunemente el precio de la excursión al hacerse servir un humeante tajín de kefta.

Hasta aquí uno de los posibles recorridos, en caso de que hubieses aceptado dejaros guiar por la Medina.

Si tu decisión fuese acometer la segunda posibilidad, la de tomar camino en solitario, sin duda pasearás durante un importante lapso con pies de plomo, sopesando las aviesas intenciones de cada una de las imperturbables miradas que juzgarán, inmisericordes, tu deambular sin brújula.

Al poco tiempo te habrás acostumbrado a la severidad agazapada en las pupilas, incluso comprenderás que no es de mal tono enfrentar la mirada (sin retos de por medio, por supuesto), mantenerla y comprender que nada ocurre, que nada se te dice y que nadie te importuna.

El paseo de tus sentidos

Es entonces que, lentamente, comenzarás a desprenderte del estado de alerta con que iniciaste el camino. Guiado ya únicamente por la curiosidad y el azar, tus pies comenzarán a enredarse, pausados y silenciosos, en el lento remoloneo de sombrías callejas y solitarios rincones propios de la orografía y la existencia marroquíes.

Tu olfato se verá asediado, sin piedad, por los contradictorios efluvios del agua de rosas, la basura, el azahar, la carne cruda, el cilantro fresco y el pescado en descomposición.

Tu mirada será sorprendida por el alocado festival de colores imposibles y desencajadas arquitecturas con que los habitantes han decidido engalanar las fachadas de sus casas.

Tus oídos asistirán, desconcertados, a las bruscas carcajadas de los chiquillos, las sonrientes llamadas de atención de los comerciantes del zoco, y las piadosas florituras vocales de un aflamencado muecín que llama a la oración a los fieles de Allah.

Tu tacto retomará el pulso que nunca debió perder al unirse al rugoso tacto de las manos del loco de la medina (sí, en cada medina magrebí, como en cada pequeño pueblo, hay un loco pacífico al que nadie presta atención), y el de la felpa sublime de caftanes, chilabas y otras ornamentadas prendas de vestir.

Finalmente resucitarás el sentido del gusto ofertándole la grata dulzura de un té a la menta que te servirá, acompañado de un sfuf, cualquier vendedor de golosinas de los muchos que germinan los rincones más aciagos de esta parte de la ciudad.

Son sólo algunas de las posibilidades. Pero te aseguro que, sea cual sea tu recorrido, siempre que no rebase los fugaces límites de la ciudad vieja, hallarás tantas o más gozosas sensaciones y, en cualquier caso, habrás conseguido asomarte, al menos, al auténtico corazón de Tánger.

Al abandonar la Medina entrarás, quizás sin posibilidad de retorno, en el tráfago festivo de la ciudad moderna.

Te cruzarás entonces con jóvenes delicadas y sensualmente ataviadas que pasean de la mano de otras inmisericordemente veladas por oscuros y tupidos ropajes. Pasearás frente a las terrazas de los cafés pobladas de silenciosos hombres cuya mirada huraña pareciera acribillar tu aspecto occidental y, también, frente a las que, a orillas de la playa, destellan sus dementes luces de neón al ritmo de atronadora música raï o estridente hip-hop magrebí. Te asomarás a la orilla voluble de cualquier calzada para sorprender el constante atronar de cochambrosos automóviles mil y una veces recompuestos, en respetuosa pugna circulatoria con flamantes deportivos provenientes de alguna ciudad europea.

Llegados a este punto podemos retornar a la cuestión con que inaugurábamos este paseo. ¿Es Tánger la más europea de las ciudades africanas, o la más africana de las ciudades europeas? Es entonces que quizás nos atrevamos a dictaminar.

Pero no podemos olvidar que, sea cual sea la opción tomada, debes acercarte al mítico café Hafa, si es que deseas paladear la acartonada pero inolvidable esencia de la que fuese Ciudad Internacional de Tánger. Sí, quizás la única metrópoli que ha sido durante más de un cuarto de siglo condominio de Bélgica, España, EEUU, Francia, Italia, Portugal, la ex URSS, el Reino Unido y los Países Bajos, instalándose así en el imaginario de numerosos occidentales como escenario de intrigas de alto espionaje político y fuerte voltaje romántico.

Tuvo, el autor de estas líneas, la fortuna de frecuentar dicho local años ha, cuando aún enredaban su atmósfera el humo del hachís y la presencia de aquellos que, en el pasado siglo, dotaron de mitología y literario aliento a su espacio intemporal. De hecho, fue el café hilo conductor y epicentro de la primera novela de mi autoría que pude ver publicada: Los cuadernos del Hafa.

El regreso al Hafa, era pues, para un servidor, al contrario de lo que pueda llegar a ser para cualquier viajero que de nuevas lo conozca, una deuda pendiente, una cuenta a saldar.

El café Hafa se encuentra retrepado en el acantilado en que finaliza abruptamente la arquitectónica coreografía modernista del barrio de Marshan, en lo más alto de las colinas tangerinas. Hay quien afirma que dicho barrio fue, antaño, durante la época del Estatuto Internacional, quizás el más acaudalado de los que poblaban la ciudad. Sí podemos asegurar sin miedo a errar que fue, al menos, el más intransitable para los oriundos de la villa.

El café de mis recuerdos

Y para establecer el preciso contraste, en 1921, un tal Ba Mohammed decidió abrir las puertas de este desvencijado local, logrando reunir en su interior un nutrido grupo de parroquianos tangerinos animados por el placer de poder frecuentar un local permisivo con las más preciadas de sus costumbres: la charla deslavazada, el abandono al propio mundo interior, el consumo pausado de hachís.

El desastrado aspecto del local no fue provocado por el paso del tiempo sino que, ya desde su inauguración, los muros parecían recompuestos a pedazos, sus irregulares terrazas sufrían de peligrosos declives que obligaban a mirar casi de frente el océano que batía fuerzas a sus pies, y sus sillas y mesas parecían haber sobrevivido, cada una, a un distinto naufragio de basuras y abandonos.

Así subsistió el mísero cafetín al transcurrir de los años. Quizás, algo más desgastado por el efecto del salitre inmediato.

Pero fue la masiva búsqueda del sosiego, el exotismo y el exceso en las libérrimas callejas de la Tánger Internacional lo que, contraviniendo las intenciones de Ba Mohammed, convirtió el Hafa en el lugar de residencia más o menos habitual de los excéntricos personajes de la cultura occidental que acabaron dando renombre a sus vistas de la costa española, su té a la menta, los pastelillos de almendra fabricados en su inmunda cocina, y las piedras de hachís transportado directamente desde la cordillera del Rif que se hacían servir allí con cada nueva consumición. Así fue: la avanzadilla del más transgresor Occidente vino a tomar asiento en tan bucólico enclave, en atardeceres pausados e indolentes amaneceres.

Es de obligación remarcar que una de las dependencias del Hafa, la que en mi novela denomino Cuarto de los Veteranos, y en la que culmino minutos de atropellado deseo (yo, o el narrador, ya no recuerdo bien), permaneció durante décadas más o menos oculta a la vista y presencia de los extranjeros.

Velada, como la misteriosa sonrisa de la mujer musulmana. Allí sólo permanecían los ancianos fumadores de kif, desmadejados en desastradas esterillas, acunando el sueño ebrio del elixir de los dioses. Quizás quiso así, Ba Mohammed, preservar intacta la primordial esencia del café, al igual que hacen algunos maridos magrebíes con sus sugerentes mujeres, o ellas mismas con su torrencial belleza.

Afuera, en las irregulares y oxidadas sillas repartidas por los distintos miradores desnivelados desde los que se puede contemplar el vuelo de las gaviotas cosiendo la incierta frontera de mareas y litorales, desvencijaron sus huesos, durante no pocas horas, literatos de la talla de Allen Ginsberg, Jack Kerouac o William S. Burroughs, o músicos del calibre de Jimi Hendrix, Brian Jones o Luis Eduardo Aute, que compuso la más bella canción que pudiese dedicarse a la inmortal atmósfera que no pocos hemos disfrutado en este local magrebí.

No pocas ni despreciables creaciones surgieron de momentos disfrutados en el regazo del sueño de hachís y hierbabuena del Hafa. Y no escasas ni huecas leyendas se tejieron al calor de la brisa con que el estrecho de Gibraltar quiso, desde su inauguración, refrescar sus terrazas. Jamás hubiese podido el “venerable” Burroughs alimentar El almuerzo desnudo de no recalar aquí. Nunca Brian Jones hubiese viajado a Jajouka para conmover los cimientos de la música popular de no haber pisado sus irregulares balcones. Y un servidor no hubiese, de seguro, comenzado a aporrear el teclado de la computadora.

Retornar al Hafa, habiendo pasado los años, tras haber saboreado el dulzor agreste de su bancarrota y su té a la menta, es masoquista ejercicio para el soñador romántico y bienintencionado.

Los tiempos han cambiado, y el aura mítica del cafetín parece haber devorado su propio pasado de mendigos, poetas, diplomáticos y menesterosos.

La puerta de acceso es más propia de un moderno local de esparcimiento occidental que del lúgubre local que fue. Hay urinarios cuya limpieza desorienta en una ciudad tan invertebrada en su acomodo como lo es la vieja Tánger. En sus terrazas, ahora milimétricamente adecentadas y separadas unas de otras, anida la juventud acaudalada de la zona, mientras la soñadora y paupérrima de antaño descansa sus frustraciones entre las monolíticas tumbas fenicias que sí permanecen victoriosas al paso del tiempo unos metros antes de llegar al Hafa, siguiendo el acantilado.

Ya no retozan sus balcones colina abajo hasta despeñarse contra la marea feroz de pateras y basuras del Atlántico. Un paseo erigido con pretensión de marsellesa corniche ha ganado terreno al vaivén oscuro del océano y la inmigración ilegal mordisqueando, de paso, el vuelo de peluche de las gaviotas.

Aquel cuartucho, que soñé reducto de veteranos fumadores de kif, ha borrado las huellas de amorosos encuentros e interestelares viajes al son de las carcajadas huecas de jóvenes maleantes que cierran negocios turbios y tararean hip-hop.Dudo incluso de que se puedan pedir cinco dirhmas de hachís al avejentado camarero, como antaño. Prefiero no preguntar por no hacer más palpable la derrota, pero la atmósfera limpia y el aroma de azahar me sugieren que no me equivoco. Si tan solo...Acariciaba la posibilidad, antes de cruzar su puerta, de reencontrarme con el pasado. Una vez cubierto el expediente, culminada la peregrinación y consumada la decepción ante el mercantil rumbo que los tiempos han impuesto al antaño memorable lugar, sólo pude tomar un par de fotos que me obligasen a recordar que el pasado y el presente, aun a costa de los cambios acaecidos, seguían jugando al escondite en las terrazas del Hafa, y éste podría ser para venideros visitantes, todavía, fábrica de ensueños.Creo que, al fin y al cabo, con cada viaje cargamos en la mochila, amén de ropa usada y cachivaches, un buen puñado de sueños. De nosotros dependerá cumplirlos o desbaratarlos, porque los sueños, como la literatura, no son más que ficción que se pretende realidad, o realidad que se sueña ficción. Así con mi novela, así con el Hafa, tal cual con Tánger y sus rincones.No negaré por tanto que, como el paseo por la medina tangerina, la visita al Hafa admite tantas sensaciones como viajeros entren en él. Me sería fácil negar las quimeras que, hace ya demasiados años, me condujeron a sus terrazas de salitre y desvarío, pero no sería justo con el lector de estas líneas.  Por tanto, a pesar de todo, no dejo de recomendar al menos una visita a este lugar en que las coordenadas geográficas pasan a ser únicamente un estado de ánimo. ¡Inshallah!

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