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Tejer la historia: Los aguayos conservan la memoria comunal

En un año se pueden hacer dos o tres tejidos y cada uno implica varios meses de trabajo. Muestran cómo fue la producción y el clima. Los comunarios ya no sólo trabajan con aguayos: plasman sus símbolos en prendas como chompas, chalinas y lluchus.

La Razón / Eduardo Schwartzberg

00:00 / 15 de septiembre de 2013

Teodora Agustina Godoy Ramírez extiende el aguayo en su regazo y, como si fuera un libro abierto, rápidamente empieza a verbalizar los símbolos que se encuentran plasmados en el tejido. Lo hace descifrando los códigos ocultos que encierra el arte de tejer como memoria histórica de una sociedad en relación con su entorno.

Sus ojos están teñidos por un velo rojo, pues su padre se encuentra delicado en el hospital. Pero ello no impide que Teodora pueda darse un breve espacio de tiempo para hablar de la función social que cumple la práctica de tejer en su comunidad, Jipiñuma, en el municipio de Tapacarí, en la región andina del departamento de Cochabamba. Es una tradición milenaria que en los últimos tiempos se estaba perdiendo debido a la influencia de ciertos grupos religiosos asentados en el lugar.

“Cuando tenía 13 años mi mamá me explicó nuestra cultura a partir de los aguayos,  nuestros usos y costumbres, la forma del tejido... y sobre el significado de los colores y los símbolos que debemos tejer en los aguayos para defendernos de la granizada o del desastre”, indica la lugareña, de 27 años, dirigente de la organización de mujeres Bartolinas en la Subcentral 6 de Agosto. Ella no creía en las enseñanzas de su progenitora hasta un día en el que vio que se acercaba una granizada. Entonces, puso en práctica lo aprendido: se soltó el thismo (especie de cordón con que se amarra la pollera) y usó un aguayo con símbolos cosidos con colores, tejido ese año, y lo agitó hacia el cielo, diciendo: “Compadre, ¡pasa, pasa, pasa!”. Así, la temida granizada se transformó en una simple llovizna, rememora la joven.

A partir de entonces, Teodora practicó la técnica de plasmar los acontecimientos que suceden en la comunidad sobre las piezas de lana: una hormiga en un aguayo verde significa que ha llovido mucho y que los cultivos se han inundado; los cerros nevados son símbolo del crudo y frecuente frío; las franjas azules representan los ríos; la perdiz y el sapo son animales que simbolizan la sequía, fenómeno natural que en la región andina de Cochabamba es un problema que se agudiza debido al cambio climático.

En un año se pueden hacer dos o tres aguayos, y cada uno implica meses de trabajo. Cada uno muestra cómo fue la producción agrícola, si hubo escasez de agua, nevadas e, incluso, la previsión de la siguiente temporada. Es, además, una forma de registrar la memoria de la comunidad. “Yo me guardo uno o dos por año”, comenta Teodora mientras va enrollando el ejemplar que ha usado para la explicación.

La antropóloga Gabriela Behoteghy dice que la memoria social es un mecanismo dinámico por medio del cual las personas nos identificamos con el pasado, y que se remonta a la época incaica, cuando el textil tenía un valor social, económico y religioso.

El tejido siempre ha estado vinculado a las mujeres de esta región, y son ellas las que se encargan de fabricar la vestimenta que distingue a cada comunidad o ayllu. Con los colores de la pampa y los significados culturales de sus pallays o diseños, las tejedoras van urdiendo los paisajes de sus tierras y corporeizando la identidad de sus pueblos, explica Gabriela. El saber tejer también es una forma de tener estatus en la comunidad, según Francisco Chipata Nina, líder yapuchiri (buen agricultor) del ayllu Majasaya Muylli. Quien no conoce la técnica, asevera, es comparado con un analfabeto. Además, el que sabe tejer puede casarse porque la mujer viste al hombre y viceversa, una tradición que viene de los abuelos. El que conoce este arte  demuestra que no es flojo.

Los usos y costumbres, la cultura viva, se pueden apreciar en la comunidad Totoropampa, en el municipio de Tacopaya. Allí, las jóvenes, sentadas, lanzan al aire y dan vueltas a las ruecas con la que preparan los ovillos de hilo que serán utilizados después. Una de ellas es Inés Clemente, que da forma a una bola de lana roja. Tiene 17 años y ya cría a su primer bebé, de seis meses y sin nombre todavía. Tiene tres años de experiencia como tejedora, pues a sus 14  aprendió de su madre. Impulsa la rueca al aire con las dos manos. Cuando cae, gira como un trompo sobre el suelo terroso. Gracias a este movimiento rotatorio, dos hilos se convierten en uno. En unos diez minutos ya tiene un ovillo hecho.

Tejer no es fácil, pero lo parece al observar la maestría con la que las awichas que trabajan con el pampaaguay o aycata lawa (máquina tradicional para tejer) crean las diferentes prendas de lana de oveja. Una vez tesados todos los hilos y seleccionados los colores que se usarán en el trabajo, las artesanas combinan movimientos para plasmar figuras sobre las piezas rectangulares.

La paciencia es importante y Vicenta Fuentes, una de las tejedoras, es la viva expresión de esa virtud. Está elaborando un cinturón de metro y medio de largo por cinco centímetros de ancho con siluetas de llamas sobre una tela color tierra, gracias al tinte de kiswara. “Una semana me va a llevar”, dice en su lengua, el quechua.

Prudencio Huanca, comunario de Totoropampa, explica que antes de comenzar a tejer hay que conseguir lana de oveja o de llama, para después aplicar el teñido natural en base a hierbas que hay en el lugar como la kiswara, que da el tono tierra, o la chilca, que proporciona el verde. También se usa la cochinilla, un insecto del que se obtiene el rojo, indica Huanca al mismo tiempo que saca de un balde lana teñida con este color. La intensidad del tinte varía en función del número de veces y el tiempo que se hace hervir la lana.

En esta población ya no sólo se trabaja con aguayos: los comunarios también han sido capacitados para usar máquinas y plasmar sus símbolos en prendas como chompas, lluchus, chalinas y otros. La cooperación de la Mancomunidad de Municipios Región Andina Cochabamba (MMRAC) ha sido importante en este proceso, así como la ayuda de jóvenes líderes que, de forma voluntaria, se han brindado como capacitadores.

Uno de ellos es Rodolfo Aguayo, de 20 años, que preside la agrupación Artesanos de la Mancomunidad pero que aún no ha cumplido la edad para sacar la licencia de conducir clase A que tanto ansía. Su acercamiento al mundo de los tejidos se dio en Brasil en 2010, cuando fue a visitar a su tío, quien ya llevaba tres años trabajando en un taller textil en Sao Paulo. Rodolfo se quedó tres meses aprendiendo a costurar por las noches, a partir de las 10.00, cuando los novatos usan las máquinas para practicar. El clima y las condiciones laborales y de vida hicieron que retornara a Morochata, su pueblo natal, a donde llegó tras tres días de largos viajes en bus. Poco después de su regreso se enteró de que en su tierra daban capacitaciones sobre el uso de maquinaria textil y decidió aprender. Recuerda que fue una profesora alemana quien le enseñó. Ahora, imparte un curso en Cochabamba en el que muestra los secretos del tejer a personas de nueve municipios.

Proyecto integral

En mayo de 2011 la MMARC empezó a trabajar en la “Generación de acciones para la reducción del riesgo y la adaptación al cambio climático”, que busca promover el de- sarrollo sostenible en los cinco municipios que pertenecen a la mancomunidad (Arque, Bolívar, Sicaya, Tacopaya y Tapacarí, que reúne a 560 comunidades —65.000 habitantes—). En él juega un papel importante la sabiduría ancestral con la que se puede prever el clima (viendo, por ejemplo, dónde colocan las aves sus nidos) y evitar riesgos, según el director ejecutivo de este proyecto Juan Carlos Tórrez. El plan es parte del Programa de Reducción del Riesgo de Desastres (PRRD) de la Cooperación Suiza, implementado por la Fundación HELVETAS Swiss Intercooperation. La prevención está ligada a la planificación, pero también al conocimiento del territorio. Por ello, se han creado mapas de riesgo y se trabaja con el Sistema de Alerta Temprana (SAT). Esto, junto con el manejo de los saberes tradicionales, forma parte de la segunda etapa del proyecto, que tiene el reto de crear una metodología en la que se incluyan los tejidos como conocimientos relevantes para prevenir riesgos a través de las Unidades de Gestión de Riesgos Municipales.

Tejer no es sólo un arte o una costumbre. Es una metáfora de un entramado de significaciones que se encuentran ocultas pero, por suerte, no perdidas ni olvidadas, sino que son parte importante de la memoria colectiva de los pueblos de los Andes cochabambinos.

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