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Tejidos del pensamiento

El negocio de Yomar se asemeja más a un repositorio que a una tienda: muchos de los tejidos en exhibición no están a la venta

Yomar Ferino, 32 años, responsable del negocio en la calle de las Brujas de La Paz.

Yomar Ferino, 32 años, responsable del negocio en la calle de las Brujas de La Paz. Foto: Álex Ayala ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala ugarte

00:00 / 16 de noviembre de 2014

Santusa Quispe es una artesana de trenzas largas de Candelaria (Chuquisaca) que suele hacer callar a todo el mundo con su voz templada cada vez que abre la boca. Una mujer que a veces amarra una palabra detrás de otra con los párpados cerrados y el gesto vacío, como si estuviera en trance. Una hilandera que casi todos los días se sienta varias horas en el suelo, sobre una alfombra, para conversar con el mundo que le rodea a través de los tejidos que enfrenta.

En uno de ellos retrató una vez la batalla de Jumbate (1816) —una lucha épica en la que los indígenas yamparáez, arma- dos únicamente con palos y piedras, acabaron arrancando el corazón de sus enemigos: los españoles del ejército realista—. En otros, habla sobre el matrimonio, sobre la cosecha, sobre la fauna y la flora regionales, sobre lo que los abuelos (los “antiguos”, así los llaman) contaban antes.  

Para Yomar Ferino, 32 años, pelo azabache, ojos marrones, manos de niña, textiles como los suyos son una herencia indispensable que debemos conservar, nuestra memoria genética. Me lo dice rodeada de un sinfín de ellos que cuida como si se tratara de su biblioteca, sentada sobre un par de gradas pequeñas, dentro de su local comercial, ubicado en el número 810 de la calle Linares de La Paz. “En estos hilos, la historia de nuestros ancestros cobra vida de nuevo—explica (casi recita) mientras extiende uno de los trabajos que custodia para que yo pueda apreciar hasta las puntadas más finas—. Su iconografía te describe lugares y situaciones, un paisaje, un ritual, te narra. Y no solo muestra el ayer. También, la modernidad: los helicópteros, el desarrollo, las bicicletas”. 

Su madre tardó en armar su colección, que contiene decenas de ponchos, fajas y tapices parecidos a los que ahí ahora a mi alrededor, más de 30 años. “Cuando yo era  joven —recuerda Yomar—, se los traían en atados de 50 en 50, de 100 en 100. No todos eran bellos, pero si querías uno, te obligaban a adquirir el resto”. Muchos de ellos fueron teñidos con ingredientes naturales, como la cochinilla, y confeccionados a mano.

Perro guardián

Cada diseño suele identificar a grupos concretos. En cada uno entran en juego conocimientos que ninguna tejedora estudió —sobre todo, geométricos—; y además, conceptos matemáticos muy vinculados a la cotidianidad, como simetría o paralelismo.

Cuando visité a Santusa hace tres años, ella comentaba que todo nacía de “su pensamiento”, que al tejer reflejaba lo que veía en sueños. “Porque durmiendo también se piensa”, aleccionaba sin perder de vista una funda para laptop que estaba finalizando.

Yomar me dice que su madre cree que un día el sol se irá y nos sumergiremos en un periodo de oscuridad. “Y entonces solo estos tejidos serán capaces de calentarnos”.

A ratos, el negocio de Ferino se asemeja más a un repositorio que a una tienda, ya que muchos de los textiles en exhibición no están a la venta: vestidos negros como las tinieblas que alguna vez mencionó su madre, aguayos con olor a viejo que pertenecieron a quechuas insignes. “A veces, viene alguien que se los quiere llevar, pero su valor es incalculable. Hasta un camión me han ofrecido por ellos —Yomar arquea la cejas, como si se resistiera a creer que le hayan tentado con semejante oferta—. Y acá se quedaron”.

Yo mismo fui testigo hace varios años, en este mismo ambiente opaco y sin ventanas, de una escena esclarecedora. Manuel Sillerico, sastre de origen aymara, baja estatura y melena canosa tipo dandy, un tipo hábil y muy elocuente, trataba de hallar la tela ideal para armar los detalles de una nueva chaqueta para el presidente Evo Morales. Y Yomar se negó varias veces a sacramentar la venta de una que lo había seducido profundamente. “Es una pena, porque es de las que tienen ajayu (espíritu)”, trató de convencerle Sillerico. “Por eso mismo, cortarla sería un sacrilegio”, lo dejó callado ella.

Para protegerse, Yomar tiene en la entrada un perrito albino (pequinés) llamado Bubu —que ladra ante los clientes en los que no confía— y también illas. “Figuras con forma de pareja, de serpiente, de sapo, que nos cuidan, que nos transmiten fuerza y sabiduría”, me explica. A su lado, hay ahora unas cuantas de tamaños disímiles: una es muy pesada, se utiliza para sanaciones y proviene supuestamente de una “roca del espacio” —de un meteorito—; otra es un cóndor y representa a la autoridad; y a su vera, una anciana de piedra con dos pezones enormes funciona como símbolo de la fertilidad.

Yomar se pone de cuclillas y me va mostrando cada uno de estos talismanes sin apresurarse. Y luego me cuenta que cuando era bebé su madre le envolvía como si fuera un rollito de queso en un trozo de bayeta, un tejido rústico del mismo color que la tierra.

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