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Teodoro Aracena

El oftalmólogo chuquisaqueño llevó atención médica a pueblos alejados en varias regiones del país y escribió sobre sus experiencias. El Médico trotamundos

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda

14:00 / 25 de mayo de 2018

Gritos y quejidos en quechua hicieron que el oftalmólogo Teodoro Aracena saliera rápidamente al pasillo del edificio en el que se encontraba su consultorio, en la céntrica calle Bueno, de La Paz. Allí encontró a un indígena muy asustado, al que socorrió porque entiende algo de la lengua originaria más hablada de Bolivia. El recién llegado tenía como tarea llevar una caja de refrescos hasta el quinto piso del edificio, pero nunca se había subido a un ascensor. La experiencia, sin explicación previa, le produjo un susto tan grande, que al llegar a la puerta de calle del edificio salió corriendo y se perdió de vista, sin que Teodoro pudiera ayudarlo. 

Esta experiencia, que sucedió cerca de 1980, despertó en él un interés por la zona rural, que no desaparecería nunca más. “Estaba tan impresionado por no haber podido ayudarlo más, por el aislamiento en el que viven algunos pueblos en nuestro país, que comencé a cuestionarme”.

Decidió utilizar su tiempo libre para viajar y recorrer Bolivia. Cada nuevo lugar mostraba una realidad evidente: la atención médica y los insumos eran un lujo de la ciudad. Así que sus viajes se transformaron en un servicio benéfico.

“Recolectaba y compraba medicamentos durante el año para entregarlos a los puestos sanitarios, después, durante mis vacaciones. Pero encontré casos críticos, que no podía dejar de atender, así que alguna vez llegué a operar en situaciones muy precarias”, explica el chuquisaqueño. De aquellas experiencias nacieron varios libros, entre los que se encuentran Grupos étnicos aislados y Patología geográfica y antropológica médica en Bolivia. “Mientras viajaba tuve contacto con grupos indígenas muy alejados. Y como les brindé atención médica, sistematicé la información que tenía. Me di cuenta de que los chipayas tienen una visión muy buena, en cambio los aymaras sufren mucho de miopía y astigmatismo, diferencia que no se explica por el medio ambiente, porque lo comparten ”, comenta.

A sus 84 años, si bien ya no puede salir en búsqueda de nuevos pueblos, dedica tiempo a una nueva aventura. Escribe ficción y ensayos científicos que postulan, bajo la influencia del “universalismo”, que todos los seres tienen un mismo origen y que, por lo tanto, deben hermanarse y solidarizarse unos con otros, sin distinción.

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