Escape

Terapia con cerámica: El legado de Ruth Volgger

Un espacio psicoterapéutico fomenta la creatividad y la autoestima de mujeres que han sufrido violencia.

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:00 / 09 de marzo de 2014

Un sol de porcelana de colores vivos enmarca los timbres de una casa de la calle Muñoz Cornejo, en Sopocachi. “Es el segundo que hizo”, dice Adriana Rivas, una de las habitantes de la vivienda. Su madre, Ruth Volgger, es la autora de ésta y otras piezas que son parte de la decoración. El primero de los astros reyes que diseñó, de características similares, está al pie de la escalera, en el recibidor del domicilio. Gradas arriba hay otros dos. “Le encantaban”.

En el salón hay más objetos del mismo material que ella creó, como un jarrón en el que hay un ramo de rosas.

“La cerámica era su terapia, su vacación de cada semana”, cuenta Adriana. De lunes a viernes, su madre trabajaba en cooperación. Pero llegaba el sábado y el taller de cerámica era su escape de la cotidianidad: podía meterse allí desde la mañana y no salir hasta las nueve o diez de la noche. Se dedicó al arte de hacer objetos de loza más de 15 años, cuenta su nuera, Yober Schmid Rivas. “Su sueño era trabajar con las mujeres que eran parte de los proyectos de cooperación y utilizar la cerámica como espacio terapéutico, diferente, donde ellas pudieran desarrollar su creatividad, su autoestima y su crecimiento personal…”.

Por eso, presentó un proyecto para hacer realidad su idea junto con la Alcaldía y otras instituciones. Y fue aprobado. Sin embargo, antes de poder llevarlo a cabo, murió: era el 13 de diciembre de 2011. Así que la familia decidió crear una fundación con su nombre y hacer realidad ese anhelo.

Para llevar a cabo el sueño eran necesarios “un horno, una mesa, arcilla y gente que quisiera trabajar”, afirma el marido, y director de la Fundación, Ricardo Rivas. En la zona de Cristo Rey, cerca de la casa de la familia Vargas-Volgger, hay un espacio psicoterapéutico perteneciente a la Subalcaldía de Cotahuma centrado en la prevención de la violencia y el fomento de la cultura del buen trato. Para arrancar con el proyecto se decidió armar dos grupos: mujeres y adolescentes que hubieran vivido caso de violencia, no sólo intrafamiliar, también vecinal (como en los casos de “conflictos de terrenos”, ejemplifica Ricardo), a las que se enseñaría el arte de la cerámica.

Con ellas comenzó el trabajo. “No fue muy fácil porque las señoras ya tenían un conflicto en la familia. Aparte de esto, tomarse el tiempo para tener un trabajo de cerámica, que sobre todo era una terapia para ellas, no era muy fácil: no lograban concertar los horarios con el marido, los hijos...”, señala Ricardo. “Para hacer cerámica necesitas  continuidad”.

El grupo que acabó la capacitación en febrero de 2013 fue muy diferente del que comenzó cuatro meses antes. Primero eran 18 mujeres. “Y por estos problemas de asistencia y permanencia, nosotros quisimos dar un poco de seriedad al trabajo”. Las propias mujeres tejieron una red a través de la cual llegaron ocho nuevas aprendices, no necesariamente personas que hubieran sufrido violencia. “No pusimos ninguna limitación: lo único que nos interesaba es que hicieran un trabajo constante”, cuenta Ricardo.

Además, “nos hemos dado cuenta de que es mejor el intercambio entre personas que han sufrido violencia y otras que no”, asegura, pues quienes han vivido una situación así no lo reconocen fácilmente. En un típico espacio psicoterapéutico tratan a la gente como a personas enfermas. Aquí, no buscaban discutir sobre los problemas. Yober, que entró al mundo de la cerámica hace diez años gracias a Ruth, menciona que, al principio, las señoras venían muy cargadas de preocupaciones. “Era un espacio donde ellas se sentían en confianza para compartir”. Y, de forma natural, entre amasar la arcilla, pasarla por el laminador para aplastarla y darle forma, surgían las conversaciones, la puesta en común de los rompecabezas de cada una, los consejos... Y, como resultado, las alumnas salían con menos estrés y habiendo olvidado la presión de su rutina diaria.

Las artistas

A Helga Ayaviri, que tiene una tienda por la zona, la invitó a sumarse a la capacitación una de las participantes que solía acudir a su comercio y le contaba los problemas que tenía en casa. “‘En el espacio nos van a proporcionar cierto monto de dinero para ayudarnos’, me dijo. Porque no siempre el marido les proporciona… Como yo veía que ella estaba afanada en sus problemas, en su juicio y en la búsqueda de trabajo, me dio muchísima pena”, relata. Así que acordaron que la mujer le transmitiría lo aprendido y Helga la ayudaría a avanzar en sus trabajos. Hasta que, un día, la mujer le comentó que había más cupos en el curso y ella decidió entrar.

María Vargas (51) lleva 23 años trabajando en la casa de la familia. Ruth iba al taller del ceramista Mario Sarabia, en Mallasa, y María también quería acudir, pero no tenía tiempo. “Me dijo que iba a sacar su proyecto y que íbamos a aprender aquí en la casa. Pero después se murió. Y ha salido el proyecto y entonces he empezado a aprender también”. Pero ya ha terminado la primera fase de la capacitación y María y Helga son las dos únicas que quedan haciendo vasos, pájaros de adorno, platillos... en el taller de Ruth.

Cuando había 25 aprendices, se alquiló un espacio para trabajar. Primero se buscó uno en el barrio, pero en el centro de la Subalcaldía de Cotahuma no había espacio para el horno; también en Mallasa, mas hubo problemas con los vecinos; luego en el Cementerio General, donde tampoco fue posible.

Finalmente, alquilaron un espacio cercano. El dueño, al ver lo que estaban metiendo allá, pensó que iban a montar una fábrica. “Cuando vio el horno gigante y los equipos, expresó: ‘¡Aquí van a poner una fábrica!’”, ríe Ricardo al recordarlo. “Al final hemos decidido que la casa ésta pueda darles ese espacio…”, explica. “Mientras tanto”, acota su hija. Es una solución temporal hasta que encuentren un espacio propio, las dos artesanas trabajan en el taller de Ruth. Los diseños que salen de allí se venden en la tienda Mistura de la calle Sagárnaga. La Fundación Ruth Volgger espera conseguir un nuevo financiamiento para capacitar a un nuevo grupo de mujeres y enseñar otras técnicas al primero. Y es que hay que comprar el material: la arcilla, que la adquieren a un proyecto de El Alto que trabaja con chicos de la calle, y los esmaltes, de importación y costosos. Además hay que pagar la electricidad que consume el horno, que alcanza los 1.000°c y que, para cocer una tanda de objetos de cerámica, tiene que estar en funcionamiento unas diez horas.

La vida es como la cerámica

Helga no conoció a la ideóloga de todo esto pero, al enterarse de su historia y de su interés por los demás, se identificó con ella. “Es por eso que yo decidí continuar con el sueño de Ruth”.

A veces, narra Ricardo, uno de los capacitadores se acercaba a una alumna y le decía: “Este jarrón está muy bonito,  pero le falta”. Y, ante la mirada aterrada de la aprendiz, lo aplastaba. “El segundo que va a hacer le va a salir más lindo”, le aseguraba. “Para una persona en terapia, eso es muy fuerte”, afirma Ricardo. Pero ello contribuía a darles el concepto de que una puede construir y reconstruir su vida, tal como se hace con la cerámica.

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