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Tesoros policiales

Sables, banderas, pinturas fotografías y muchos relatos resguarda el Archivo Histórico y Museo Policial.

Un antiguo casco de 'Bonberos' de La Paz. Foto: Álvaro Valero

Un antiguo casco de 'Bonberos' de La Paz. Foto: Álvaro Valero

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos / La Paz

18:18 / 07 de marzo de 2018

La puerta de madera con el número 454 de la calle Colón (en La Paz), casi siempre está abierta, aunque muy pocas personas parecen notarlo. En la parte alta del pórtico, con un fondo verde, se lee con claridad: Museo Policial. Al echar un vistazo, se observa el callejón  de una casona antigua, donde hay máscaras colgadas y algunos uniformes. Parece ser todo lo que tiene el repositorio; sin embargo, lo que hay adentro son reliquias no solo de la entidad verdeolivo, sino también elementos que cuentan la historia boliviana. Así son los ambientes del Archivo Histórico y Museo Policial, que fue inaugurado el 17 de febrero de 1999.

El capitán Gustavo Terán, jefe nacional de Museos y Biblioteca Policial, señala que el repositorio funcionaba mucho antes, aunque de manera itinerante. Comenzó en 1945 en el Distrito Policial N° 1 de la calle Colombia. “Se llamaba Museo Póker porque era gitano, pues incluso estuvo en el Coliseo Cerrado y en el Tribunal de Justicia Militar de la calle Ballivián”, cuenta la autoridad de la entidad del orden.

En sus oficinas hay documentos desde los años 30, como los antecedentes de la creación del Cuerpo Nacional de Carabineros y Policías, que después se transformó en la Academia Nacional de Policías. 

Con la ayuda de un guía especializado, en la exposición se puede ver máscaras de yeso que muestran los rostros de delincuentes del siglo XX; paneles que explican  la manera en que operan los delincuentes, como el “cuento del tío” o el “descuidismo”, o los objetos punzocortantes que fueron decomisados a pandillas.

Eso es lo que muestra el callejón de la casona; pero adentro hay otros muchos objetos que detallan cómo era el trabajo que desarrollaba la Policía, desde los tiempos en que surgió el Cuerpo de Bomberos Antofagasta, en 1875, pasando por la defensa de Calama, la participación de los carabineros en la Guerra del Chaco y en el preludio de la Revolución de 1952.

La verdadera historia del Zambo Salvito, el heroísmo del capitán Javier Zeballos y un cuadro del pintor Arturo Borda son otras atracciones de este repositorio.

Uniformes de campaña y de gala, armas  que se utilizaban en el pasado y que ahora están vetadas por respeto a los derechos humanos, escudos de madera o cascos de bomberos con tallados en metal que parecen de la época romana... Todo ello tiene una historia que contar, en una visita que dura más de 45 minutos.

La puerta del museo está abierta de lunes a viernes, desde las 08.30 hasta las 12.30 y desde las 15.00 hasta las 19.00. Para realizar las visitas guiadas se pueden comunicar con los números 2200083 o al 72020202, o a través del muro ‘Museo Policial Bolivia’ en la red social Facebook.

Del conjunto de objetos preciados, estos ocho demuestran que la visita al Archivo Histórico y Museo Policial es mucho más que un recorrido por los antecedentes de esta entidad; ya que es una mirada a los entretelones de la historia boliviana.

Los sables policiales que defendieron Antofagasta

El 14 de febrero de 1879,  el buque chileno Blanco Encalada desembarcó en la ciudad boliviana de Antofagasta con una tropa de militares. Para entonces, este distrito carecía de efectivos para encarar la defensa, por lo que Severino Zapata, prefecto del departamento de Litoral, y otros bolivianos no tuvieron otra opción que replegarse a Calama.

De acuerdo con el capitán Gustavo Terán, hubo resistencia en el lado boliviano, con algunos civiles y 40 gendarmes de sable. “Los policías usaban ese sable como símbolo de autoridad y era el único armamento que tenían cuando los soldados chilenos atacaron la población boliviana”, comenta.

Es lo único que se sabía de los 40 gendarmes, hasta 1979, cuando una familia proveniente de Argentina llegó a Villazón para los actos de recordación del centenario de la invasión chilena.

Ahí dejaron dos sables que pertenecieron a los gendarmes defensores de Calama. Estos objetos permanecieron en la Alcaldía hasta 2015, cuando el coronel Pavel Álvarez y Terán fueron a esa región para llevar las reliquias al Museo Policial, donde fueron sometidas a estudios, con el apoyo del Ministerio de Culturas, para catalogarlas y dar fe de su autenticidad.

Ambas armas tienen empuñadura de cobre, mango de madera y hoja de acero, hechas en París (Francia) por el artesano Paul Remant.

La primera bandera del “Cuerpo de Bonberos”

Protegida por vidrios de seis milímetros de espesor a ambos lados y un panel térmico, la primera bandera del Cuerpo de Bomberos Antofagasta se encuentra en la habitación donde están las pinturas de los principales representantes del país y de la Policía Boliviana.

La página web del Cuerpo de Bomberos de Antofagasta (Chile) refiere que el 2 abril de 1875, la población de Antofagasta despertó sobresaltada debido al incendio de una propiedad en la calle La Mar.  Después de varias horas, el fuego fue sofocado, aunque con decenas de personas heridas y una manzana destruida. Terán indica que al día siguiente fue convocado un cabildo, en el que se decidió formar un equipo de bomberos —el primero de Bolivia—, con dos secciones: una guardia de propiedad, y de hachas, ganchos y escaleras.

Se sabe que damas cochabambinas regalaron la enseña a la Prefectura del Litoral en 1875, con una característica especial: bordada con hilo de oro, la inscripción dice: “Cuerpo de Bonberos”.

“Se dice que la bandera estaba en el Cuerpo de Bomberos Antofagasta en Chile y que después apareció en Bolivia”, afirma. Hace varios años, unos turistas llegaron a La Paz para dialogar con un representante de la Cooperativa Mutual de Policías (Comupol), a quien le ofrecieron la enseña tricolor. Se desconoce cómo la obtuvieron y el monto de la transacción, pero aquel oficial la adquirió y la entregó de manera gratuita al museo en 1997.

La verdadera historia de Zambo Salvito

Al lado izquierdo del ingreso al Museo Policial está un mostrador que da información sobre la verdadera historia de Zambo Salvito, quien, supuestamente, empezó a delinquir cuando sustrajo una aguja, después un corte de tela y luego se especializó en asalto a viajeros a los Yungas, y que antes de morir mordió la oreja de su madre porque la culpaba de haber dejado que fuese por mal camino.

Con base en datos del museo, se sabe que su nombre real era Salvador Chico —otros afirman que era Sea—, él delinquía con ocho cómplices, quienes fueron descubiertos por una chalina.

En uno de sus asaltos, los malhechores asesinaron a un maestro, quien había comprado una chalina en su viaje a Londres (Inglaterra). Como si fuese un trofeo, uno de los ladrones usaba esa prenda, que ayudó a esclarecer el crimen y posibilitó que cayeran sus cómplices.

Durante el juicio, el abogado defensor se retiró del caso al saber de los abusos que cometieron. Por ejemplo, como parte de las pruebas llevaron una piedra ensangrentada. Cuando les preguntaron sobre su procedencia, los acusados relataron que, en el camino a Yungas, asesinaron a una pareja y después a su hijo. “Es que  lloraba y nos daba pena, por eso utilizamos la piedra y le arrancamos la cabeza”.

Salvador y sus ocho cómplices fueron sentenciados a muerte, por lo que fueron llevados a la Caja de Agua —plaza Riosinho— para ser fusilados. Se calcula que fueron responsables de 50  muertes.

La crudeza de la sociedad en un cuadro de Borda

La Sala Criminalística está reservada para mayores de edad debido a la crudeza de fotografías y fetos que son conservados en botellas de vidrio. En el fondo, como parte de ese ambiente lúgubre, está colgado el cuadro Filicidio, una obra del pintor, retratista, escritor y activista paceño Arturo Borda, quien muestra un paisaje antiguo de La Paz, donde una cerda preñada está comiendo a un bebé. “Mi muerte estaba, pues, decretada. Pero nací. Y al instante, cual si fuera una ascua incendiaria o un vómito maldito, me arrojaron al arroyo, quizá al anochecer, tal vez a la aurora. No sé. Y estuve así a la intemperie, desnudo, sin nombre, agonizando, cuando a la mañana viene una chancha preñada, hozando en el lodo hasta que me mira y se me viene satisfecha y, hocicándome de pies a cabeza, me revuelca en el muladar, buscando dónde hincar sus colmillos; pero en eso, una mujer del pueblo que oportunamente ve el horror que está por consumarse, corre, espanta a la bestia y me salva para mi mal. Después me lleva a la inclusa, de donde más tarde un viejo me toma a su cargo para, pasado algún tiempo, echarme de su casa, enrostrándome mi origen. Pasa el tiempo y descubro en mí el endeble estigma del abortivo. Mi existencia se vuelve un tormento sin tregua”, es un fragmento de El Loco, escrito por Borda. Hubo gente que ofreció hasta $us 70.000 por la pintura.

La celda ófrica donde fue quemado un detenido

El ambiente en la Sala Criminalística —que se encuentra al fondo del repositorio policial y está vetado a menores de edad— es ófrico pese a tener varios objetos en exposición. Puede deberse a los fetos que están conservados en frascos o imágenes reales de escenas de crímenes sucedidos antes del 2000. No obstante, lo que desvía la vista son dos celdas que son preservadas de cuando las instalaciones eran empleadas para el funcionamiento de la Policía Turística (Interpol) .

Las literas están hechas de cemento, como el piso, el techo y las paredes, y una luz tenue que parece llevar a los días en que este lugar funcionaba como lugar de detención.

Además de las paredes manchadas, también se mantienen un bacín blanco desportillado y una silla vieja, que acompañan a los maniquís que sirven para mostrar estos espacios.

Otra razón para que el ambiente sea ófrico se debe a que, en 1999,  una de las celdas se incendió con una persona adentro. Se desconocen las causas, o no, por las que era buscado en su país, pero un peruano fue detenido por “una contravención a las reglas de tránsito”, explica Terán. La hipótesis que maneja el uniformado es que el detenido introdujo un cigarrillo que, de manera accidental, incendió la payasa y originó un incendio. Él terminó con el 50% de su cuerpo quemado y fue llevado a un hospital, pero murió después de varios días.

El capitán Zeballos, un héroe y ejemplo de la Policía

Los cadetes de la Academia Nacional de Policías suelen entonar, durante sus años de formación, el Canto al Capitán de Caballería, aunque muchos no saben de quién se trata. ¿Quién era? Con la bandera siempre en su pecho, el capitán Javier Zeballos Paredes es una imagen que está en las oficinas de los comandos de la institución del orden.

El 1 de mayo de 1950, la gente marchó por el Día del Trabajo, pero ese acto se convirtió en una revuelta, en la que gente del hampa ingresaba a los negocios y destruía garitas policiales, hasta que se parapetó, con armas y municiones, en Villa Victoria. Ahí fueron mandadas fuerzas del orden policial y militar.

Zeballos —jefe del Departamento IV de Servicios en el recinto policial de la calle Calama (donde ahora se encuentra el Regimiento de Infantería RI-1 Colorados de Bolivia)— fue designado para transportar combustible desde El Alto hasta La Paz. Acompañado por un teniente, un sanitario y seis carabineros, el capitán llegó a cercanías de la exfábrica Said, donde le recomendaron que no fuese por ahí, porque estaban los revoltosos.El policía siguió su ruta porque estaba decidido a cumplir su misión, así es que atacó por dos flancos, pero fue herido de gravedad por una bala. Al ser trasladado a un hospital, el vehículo en el que le llevaban fue atacado y chocó, lo que causó que Zeballos falleciera.

La fuerza del orden y los Cuchilleros de la Muerte

Durante la Guerra del Chaco eran temidos los Macheteros de Jara, un grupo paraguayo irregular liderado por el cuatrero Plácido Jara e integrado por exreclusos, según explica el jefe nacional de Museos y Biblioteca Policial.

En el momento que se encontraban con soldados bolivianos, los macheteros los degollaban y luego colgaban sus cabezas en los árboles.

En respuesta, el lado boliviano creó a los Cuchilleros de la Muerte, compuesto por efectivos provenientes  de las cárceles y por carabineros de los regimientos 40 y 50, los efectivos “más antiguos y avezados”. Este grupo se diferenciaba porque, además de degollar de manera inmisericorde a los paraguayos, les cortaban sus miembros masculinos y luego los introducían en las bocas de sus víctimas.

Cuando escuchaban el grito: “Regimiento 50 de Infantería, calen (atraviesen bayonetas)”, los soldados paraguayos no tenían más remedio que escapar como pudieran o resignarse a ser aniquilados. En una ocasión, médicos y sacerdotes bolivianos se salvaron de morir cuando estaban rodeados por el enemigo, ya que uno de ellos gritó: “¡Regimiento 50 de Infantería, calen bayonetas!”.

En una urna del repositorio hay objetos que pertenecieron a gendarmes que lucharon en la Guerra del Chaco, quienes se diferenciaban porque tenían una gorra con dos carabinas entrelazadas.

El origen de la  Academia de Policías

Con el asesoramiento de carabineros italianos del gobierno fascista de Benito Mussolini, el 26 de febrero de 1937 —mediante un decreto firmado por el presidente  David Toro— surgió la Escuela Nacional de Policías, en el recinto ubicado en la calle Loayza —en el Distrito Policial N° 2, donde se encuentran ahora las oficinas de la Fuerza Especial de Lucha contra la Violencia (FELCV)—.

Como habían pasado dos años del cese el fuego en la Guerra del Chaco, uno de los requisitos para ser carabinero era que el postulante, además de ser boliviano de nacimiento, hubiera participado en la conflagración bélica. “Cuando se abrió la escuela no podía venir cualquier persona, tenía que haber ido a la guerra”, recalca el capitán de Policía Gustavo Terán.

Una nota publicada por Jesús Rojas, para el suplemento Animal Político de La Razón, señala que esa entidad era el resultado de la fusión del Cuerpo de Carabineros y la Policía de Seguridad, que estaba dividida en dos ramas: la civil, constituida por policías que investigaban un delito, y la uniformada, por carabineros que se dedicaban a combatirlo.

De aquella primera promoción surgió Vitaliano Crespo Soliz, “quien llegó a ser nuestro primer comandante  policía de la Policía Boliviana”, explica Terán, es decir que fue la primera autoridad superior que surgía de las mismas filas de la entidad verdeolivo, y no así de las Fuerzas Armadas, como era costumbre.

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