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Tinguipaya un municipio en acción

En Potosí ha mejorado la educación, la salud y la economía

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 27 de octubre de 2013

En lo alto de un valle delimitado por cerros rojizos está la comunidad de Tuisuri, al norte de Potosí. En la parte más elevada del pueblo hay un edificio de una sola planta con un muro bajo de piedra del que entran y salen varias personas: hombres maduros de piel curtida, mujeres con una o varias wawas, señoras con muchos años en el rostro. Al entrar, a mano derecha, hay una puerta que, indica el letrero, es el “consultorio médico occidental”; en frente, otro cartel señala: “consultorio médico tradicional”. En el primero, sentada tras la mesa del centro de la sala, está Zulma Pinaya Chambi, una orureña que lleva ya una década al frente de la posta sanitaria y que, entre risas, dice que se siente más de este lugar que de aquel donde nació. A su alrededor hay dos estanterías, una mesa más pequeña, una camilla, una báscula y una silla al otro lado de su escritorio, para el paciente de turno. Ella y su ayudante, un joven enfermero que acaba de llegar de una comunidad cercana al cerro Malmiza, a varios kilómetros de aquí, son el personal sanitario de este centro de primer nivel que debe atender a unos 2.000 lugareños. Aunque no están solos: ellos se encargan de la salud impartida en las universidades pero, en la pieza del otro lado, trabajan los médicos tradicionales. Ocho, en total. Y cada uno con una especialidad.

En la sala de enfrente, con sombrero de ala negro adornado con una pequeña pluma verde y vestido con una camisa que asoma bajo un poncho rojo, aparece Julián Urioca. Tiene sobre la mesa un montón de hojas de coca que remueve constantemente. Él se encarga de leer cuál es la dolencia del paciente: “Si tiene algo paramédico, lo curo yo; si no, lo mando a la doctora”, explica. Aquí se pueden tratar dolencias como la pérdida del ajayu o haber sufrido el ataque del lik’ichiri, conocido en otros lugares como khari khari: ese ser que provoca el sueño en sus víctimas para robarles la grasa. “Sabes que te ha atacado porque tienes como botones blancos sobre la piel”, traduce otro yatiri las palabras en quechua de Gregoria Ayarachi, experta en este tipo de problemas.

Permitir a los comunarios elegir entre el sistema tradicional de salud y el “occidental” ha traído un importante logro en la zona, destaca la doctora Zulma: cada vez son más las embarazadas que acuden a hacerse los controles prenatales y a dar a luz a la posta sanitaria. Eso ha reducido la tasa de mortalidad tanto de madres como de recién nacidos, asegura. Ha tenido mucho que ver el que las pacientes puedan optar entre tener a sus hijos en la típica camilla de parto, o en la forma a la que están acostumbradas: colocándose sobre un colchón y, agarrándose a una estructura de madera, parir al bebé de pie. La sala de partos tiene el material necesario para ambos.

“Antes, se atendía en casa. Con la capacitación (…) nos han enseñado cómo atender el parto”, dice la médica, haciendo referencia también a las parteras tradicionales que asisten a las embarazadas en el centro sanitario.

Cuando dijeron a las lugareñas que podían escoger el método con el que se sintieran más cómodas y que, además, estaban permitidas las k’oas u ofrendas, el uso de incienso, la preparación de mates y el manteo (mecer a la parturienta con una manta para corregir la postura de la niña o del niño para el alumbramiento), las mujeres se animaron a acercarse a la posta.

El acceso de mujeres al servicio de salud se ha incrementado en 48% desde 1998 hasta hoy, según Pasocap (Pastoral Social Cáritas Potosí). Durante 14 años esta institución ha ejecutado el programa de desarrollo territorial de Malmiza, financiado por la ONG española Ayuda en Acción. La salud, junto con la educación y el fortalecimiento de las economías locales, han sido los ejes de esta cooperación que comenzó en 1998 y que acaba de dar por terminado su trabajo en la zona. La colaboración económica se ha obtenido gracias al apadrinamiento a niños del municipio de Tinguipaya, donde se ha llevado adelante el programa. A través de dotaciones monetarias, cada “padre” (una persona de España) ha patrocinado a un menor, aunque realmente el dinero se ha empleado en diferentes obras destinadas a mejorar la vida de toda las comunidades en las que viven los ahijados. En total, 22.578 personas se han beneficiado con diferentes infraestructuras y capacitaciones por un valor de $us 3.230.648 (la población total del municipio es, según el último censo, de 27.200 personas).

En Anckara, Nuestra Señora de Belén, Jahuacaya, Ckellu Cancha, Caimuma y Cienegoma, además de en Tuisuri, se ha fortalecido la atención sanitaria en los puestos de salud municipales. Pero, además, junto con el gobierno local, se ha mejorado el equipamiento de los 18 centros que hay en Tinguipaya. Así, el acceso y la atención en salud han aumentado. Casi el 100% de la población tiene cobertura, mientras que 13 años atrás sólo el 60%  accedía al servicio.Camillas, tubos de oxígeno, radiocomunicación, hornos de esterilización, material quirúrgico menor son algunos de los implementos que han recibido las comunidades. En Jahuacaya, cuenta Katherine Argote, de Ayuda en Acción, los pacientes del dentista tenían que sujetar el barreño mientras el especialista les sacaba una muela. Ahora, cuentan con una silla odontológica equipada.

A diez minutos en vehículo desde Tuisuri, en dirección a Potosí, está Utacalla. Por el camino de tierra con un gran cañón al fondo, se ven pequeños embalses y tierras aradas de las que asoman tallos verdes. La construcción de estanques y represas, y la creación de sistemas de canalización, también han sido parte del proyecto de desarrollo. Antes, aseguran los lugareños, si no llovía no regaban, con el riesgo de quedarse sin cosecha. Y Potosí se caracteriza por tener un clima frío y árido. Por ello no extraña que fuera el departamento con mayor número de emigrantes del país, de acuerdo con datos del censo de 2001. Se ha construido tres represas, más de 50 estanques de entre 20 y 60 metros cúbicos de capacidad, pequeños reservorios y más de siete kilómetros de canales.

“Tinguipaya es bastante abrupta”, dice el coordinador del proyecto de Pasocap, Osvaldo Enríquez. “Casi no hay planicies para cultivar y la lluvia erosiona la tierra”. Por ello, se ha aplanado el suelo y hecho terrazas agrícolas. Gracias al aprovechamiento de los campos y de los (escasos) recursos hídricos, los agricultores han diversificado la producción y, a pesar de cultivar a 3.800 msnm con temperaturas extremas (porque en esta época, durante las horas de sol, hace más bien calor), producen dos cosechas al año. Cebolla, lechuga, repollo, zanahoria, remolacha… crecen en el lugar. Y, también, la tradicional haba.

“Harto de verdad hemos cambiado”, dice Reina Marka en las instalaciones de la Asociación de Productores Regantes Unión Fuerza Thapaña, en la comunidad de Taitani, un centro en el que se transforma este fruto. Es otra de las infraestructuras que se ha construido con la financiación de Ayuda en Acción, junto con centros de acopio en otros poblados. René Parada, uno de los socios, que trabaja en la asociación y también cultiva esta semilla, muestra cómo se envasan las típicas habas saladas en bolsas de 35 gramos. Además de este derivado, los 20 trabajadores que tiene la planta hacen crema precocinada de este vegetal, galletas (con harina de trigo, haba y cebada) y api de haba con sabor a leche y a chocolate.

Al principio, vendían los productos ahí mismo. Hace ya dos años que los llevan hasta las ferias de Potosí, explica Reina, quien fue presidenta de la asociación en la gestión 2011-2012, un cargo algo complicado. “Al principio no sabía qué tenía que hacer”, reconoce la mujer de 40 años y madre de cuatro hijos, que viste pollera, chamarra de buzo y sombrero. Entonces, el centro recién estaba empezando a funcionar. Lo primero que hizo fue convocar a las autoridades comunales para conocerse, pero no fue algo sencillo, pues a los hombres les costaba aceptar que la representante de todos fuera una mujer. Incluso, en su casa tenía problemas, aunque eso le cuesta reconocerlo, y es Katherine, de Ayuda en Acción, la que cuenta cómo el marido de Reina no miraba con buenos ojos que ella pasara horas fuera de casa capacitándose para hacer mejor su trabajo. Llegó al punto de renunciar al cargo durante una de las reuniones de su organización. “Pero la gente me apoyó y seguí”, relata con su tono tímido.

“Antes dábamos haba tostadita a nuestro hijos cuando iban a la escuela; ahora les damos recreo”, dice la expresidenta. Y en Taitani se ven cada vez más casas de ladrillo, en detrimento del barro y los tejados de paja. Sea mejor o peor el uso de estos materiales frente a los tradicionales, la situación refleja el aumento del poder adquisitivo de la población. De hecho, el ingreso por hectárea se ha cuadriplicado en comparación con el de hace 14 años, afirma el director de Ayuda en Acción en Bolivia, José Maguiña. Y es que, entonces, ni tan siquiera había sistema de regadío. “Si la tierra se secaba, plantábamos cebada”, explica Reina, quien produce entre 25 y 30 quintales de haba por temporada.

La casa de juegos

Tanto en Taitani como en otras poblaciones de la zona, desde la época de carnaval hasta abril, los niños no aparecen por el colegio. Primero, porque la fiesta dura una semana. Luego, porque es el momento de hacer la cosecha. Y, cuando llega el tiempo de la siembra —entre septiembre y noviembre—, tampoco van a clases: tienen que ayudar a la familia. “Habría que cambiar el calendario escolar”, propone Osvaldo, para evitar que los jóvenes no pierdan buena parte del periodo lectivo. Pero no es tan sencillo y, por eso, asegura, apenas salen profesionales de este municipio.

Los profesores son de afuera, porque ni siquiera hay una normal en el área. La más cercana está en Potosí, a 80 kilómetros de la capital municipal, Tinguipaya. Por ello, los docentes son foráneos y, para asegurar su estancia en las comunidades, el programa de desarrollo territorial ha financiado la construcción de 34 viviendas distribuidas por la Alcaldía para los maestros (con lo cual se ha logrado el 100% de permanencia de los docentes). En Utacalla se han levantado algunas de ellas, de color amarillo, junto al internado de jóvenes estudiantes de la zona. Constan de un cuarto que hace las funciones de dormitorio y sala de estar, de una cocina y baño compartido. Ariedna Ance, profesora potosina que está pasando su primer año en la comunidad dando clases a los niños del nivel inicial de la Unidad Educativa Colegio Nacional Mixto Tomás Frías Utacalla, abre la puerta de su alojamiento. El suelo es de cerámica. El adobe de las paredes lo ha puesto la comunidad, como contraparte. El colchón, el catre, la garrafa de gas y la cocina son del departamento; así se lo encontró Ariedna y así lo tendrá que devolver el día que se vaya.

Dice que el lugar es cómodo, aunque algo frío en invierno. Cuando no están dando clase, ella y los otros profesores salen a correr, juegan en la cancha contigua o preparan sus lecciones.

La escuela está al otro lado de un pequeño barranco que parte en dos la comunidad. Tiene menos de 1.000 alumnos, como la mayoría de las de la zona. La de Utacalla, como la de Taitani, Tinguipaya y Jahuacaya, tiene una pujllana wasi o casa del juego, a la que los alumnos de los diferentes cursos de primaria acuden dos veces por semana, con sus respectivos maestros, para aprender jugando.

Distribuidos en varias mesas hay diferentes juegos para practicar matemáticas y lenguaje. Rolando, uno de los más jóvenes de la unidad educativa, se entretiene con el “¿Dónde está?”. Ante sí hay un gran montón de fichas con dibujos de animales y objetos. Y Ariedna le pregunta: “¿Dónde está el pato?”. Él lo busca y se lo muestra a su educadora, quien comenta que el juego ha sido adaptado a este nivel educativo para que los pequeños también puedan disfrutarlo. Los niños de más edad buscan fichas para luego crear frases completas.

En el otro lado del aula un grupo de alumnos más grandes está divirtiéndose con “Buscando su par”, un dominó de piezas dobles: cada una está compuesta por una palabra y un dibujo. Una niña sostiene en una mano una ficha en la que está escrito “quena” y en la que viene representada una flor. La acerca a la fila de piezas que hay sobre la mesa y la pone por el lado de “quena” al lado de la última ficha, que tiene dibujado este instrumento musical. “El aprendizaje es un juego, no una carga”, argumenta el director de Pasoca, el sacerdote Marco Antonio Abascal. Canicas, ábacos, dados o la minicomputadora (conocida también como Tablero de Pappy), que mediante fichas de cuatro colores ayuda a complementar la comprensión del sistema de numeración, complementan la pujllana wasi.

Ellos también son pacientes de la doctora Zulma. “Conozco a cada uno. Son buenas gentes”, dice ella. La médica se marchará pronto y vendrá otro galeno a ocupar su puesto, pero estos años han sido de mucho trabajo: ya no hay tuberculosis y el 90% de la población tiene en orden su cartilla de vacunación.  La cooperación internacional se ha ido: “Ya no somos importantes”, les dice el director de la ONG en el acto de cierre. Y un niño que declama durante el evento, termina diciendo: “Tenemos una nueva forma de vivir mejor”.

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