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Toritos de Rodeo Chico

Celebración con sabor a pan y chicha. Los matices de verde de la campiña hacen contraste con la tierra rojiza de los sembradíos todavía no florecidos y el panorama se asemeja a un gigantesco tablero de ajedrez.

Hombres y mujeres participan del proceso de elaboración, que es también una fiesta en la que todos se unen. Foto: Ivar Méndez

Hombres y mujeres participan del proceso de elaboración, que es también una fiesta en la que todos se unen. Foto: Ivar Méndez

La Razón / Ivar Méndez

00:00 / 15 de septiembre de 2013

Los matices de verde de la campiña hacen contraste con la tierra rojiza de los sembradíos todavía no florecidos y el panorama se asemeja a un gigantesco tablero de ajedrez. Me imagino las emociones y vivencias de los pobladores que habitan este magnífico tablero geográfico moviéndose como piezas de ajedrez en la lucha diaria por la vida. Nos encaminamos a Rodeo Chico, una pequeña comunidad en la provincia Azurduy, en el departamento de Chuquisaca. Y es verdaderamente chico, casi inexistente: no figura en ninguno de los mapas que consultamos.

Respiro el refrescante y puro aire del campo. Las moléculas de oxígeno, al expandirse en mis pulmones, me dan una  sensación de amplitud y optimismo.

Recientes lluvias han dejado el camino prácticamente intransitable, sin embargo, las dificultades son ampliamente compensadas por la belleza del paisaje, lleno de campos de coloridas plantas. Paramos el vehículo para tomar fotos y vemos a una niña de unos 12 años recogiendo flores en medio de un sembradío de intenso amarillo y verde. Su inocencia armoniza perfectamente con el campo primaveral.

Llegamos a Rodeo Chico. Las casitas hechas de barro con techos de paja están desperdigadas en un valle de sembradíos de papa. La localización de las viviendas no tiene ningún orden definido, es como si se hubieran desparramado al azar al caer por el agujero del bolsillo de un niño travieso saltando alegre por los sembradíos.

La papa ha florecido y los campos se han tornado lilas. Es la primera vez que veo la flor de la papa. Me sorprende que su color sea tan fuerte, quizá imaginaba algo menos llamativo. Mi mente se remonta al tiempo del incario. Veo las manos arrugadas y ágiles de las mujeres escogiendo y separando con mucha práctica los tubérculos, de acuerdo con su color y tamaño. Me asombro del avance tecnológico que tenían  nuestras culturas ancestrales que cultivaron más de 5.000 variedades de papa y comprendieron hace cientos de años la importancia de la diversidad genética para preservar las especies.

“Buenos días, tata”, me saluda una campesina al acercarnos a una de las viviendas.  Luego de una breve conversación en quechua, nos invita a su patio, que es un espacio irregular con piso de tierra delimitado por una muralla baja de piedras. El patio está lleno de campesinos, todos afanados en una u otra tarea. En una esquina un grupo de mujeres, ya de edad, con rostros tan arrugados que parecen duraznos secos, están sentadas en un círculo concentradas en pelar papas diminutas con una habilidad tan sorprendente que parecen relojeros componiendo complicadas piezas de relojería. Me siento junto a ellas y trato de imitarlas. Mi intento es torpe en comparación  a su pericia. Ellas se ríen y cuchichean al observarme luchar con mi minúsculo tubérculo, pero al final consigo pelar uno.

En otro lado del patio, un grupo más numeroso de hombres y mujeres está haciendo pan. Cada uno aporta algo a la tarea. Unos preparan la masa; otros se ocupan de calentar el horno de barro. Unas mujeres más jóvenes y joviales ríen mientras aplanan la pasta de diversas formas: desde pequeños panes hasta roscas de gran tamaño adornadas con flores. La chicha fluye por todas las bocas servida en recipientes de calabaza. Es como un hilo líquido que une a todos por igual. Por primera vez, comprendo el significado práctico del ayllu, siento la fuerza ancestral e intangible que une a los miembros de una comunidad en un bloque primordial de sangre, cultura y cooperación.

Me llama la atención un grupo de hombres enfrascados en dar forma a grandes cantidades de masa de pan. Les pregunto qué hacen: “Los toritos”, me responden, unos panes que se preparan, tradicionalmente, en primavera (cuando florece la papa) y en Carnaval.

La mezcla toma forma de un toro bidimensional de gran tamaño. Me invitan a participar y aporto con dos ojos y una cola. En esos momentos siento el lazo del ayllu que me envuelve y me conecta a la colectividad de esta comunidad. Entiendo claramente que el ayllu no es cerrado, sino que tiene la flexibilidad de ampliarse y contraerse de acuerdo con las circunstancias. Los toritos de pan me han convertido por unos breves momentos en un miembro más del ayllu de Rodeo Chico; me siento aceptado como un igual. Percibo claramente la tensión de este lazo invisible jalado por la fuerza de generaciones que se remontan a un pasado milenario y por un instante el espacio y el tiempo desaparecen.

El cielo se ha llenado de nubes negras y el trueno hace sonar su bramido. Los campesinos han hecho explotar dos cartuchos de dinamita para ahuyentar la lluvia. Los toritos ya han salido calientes del horno de barro, se ven hinchados, fuertes, y serán compartidos por todos. Me siento feliz por haber aportado mi grano de arena.

Nos alejamos de Rodeo Chico. Miro para atrás y veo la pequeña comunidad por última vez. Doy un mordisco al pan recién horneado y los toritos de Rodeo Chico se graban por siempre en mi memoria.

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