Escape

Trotamundos: A pie en un mundo libre

Ignacio Dean Mouliaá inició en 2013 una caminata por los cinco continentes.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo Z.

00:00 / 30 de noviembre de 2014

Sus días de pescador en el mar malagueño siempre fueron una invitación a la gran travesía. Ignacio Dean Mouliaá, rulos oscuros, 1,70 de altura, trigueño español de ascendencia griega y francesa, mientras elevaba las anclas de la embarcación de su padre, soñaba con girar el timón de su vida en un viaje descomunal por los recovecos del mundo, ése que imaginaba desde el puerto en sus plateados atardeceres. “¿Qué?”, “¿estás loco?”, “Jaja, sí, qué buen chiste”. Las reacciones a su plan empezaron a ser recurrentes y encajadas en el rubro de lo inverosímil. Fue hace algo más de un año cuando la “locura” lo tomó por sorpresa. Sí, a Ignacio se le había dado por recorrer los cinco continentes caminando. “Este proyecto nace de un sueño y una necesidad: el sueño personal de dar la vuelta al mundo a pie, conociendo este crisol de culturas y paisajes que es el planeta Tierra”. Los periodistas españoles que acudieron al anuncio de este “descabellado” muchacho, amante de los deportes de riesgo y aventura, también se ubicaron al borde del paroxismo. Pero había que dar la noticia, imprimirla y colgarla en las redes sociales. Ignacio ya estaba frito. No había marcha atrás y sí mucho por delante.

La noche previa al 21 de marzo de 2013, la loca cabecita de Ignacio fue un fardo de nervios. Para llevar a cabo esta hazaña, había recaudado una suma de 60.000 euros, cantidad cubierta en parte por ahorros personales, por empresas y patrocinadores que creyeron en él. Sus únicas posesiones durante los próximos cinco años, como calcula el tiempo de su gran itinerario, serían un carrito de trekking Croozer kid1, donde llevaría, entre otras cosas, una tienda de campaña, un saco de dormir, un GPS, una cámara fotográfica, libros, ropa, un botiquín y un ordenador portátil para contar sus experiencias a través de su blog y las redes sociales desde los lugares donde se pueda. El punto de partida sería la Puerta del Sol de Madrid rumbo a la que sería y es en la actualidad la mayor aventura de su vida. Nacho lo anunció en el Facebook y de manera casi inesperada, decenas de personas se dieron cita en el lugar para despedir al caminante, “eso es algo que me sorprendió, que haya gente que creyera en mi sueño”. Y entonces, nuestro hombre empezó a caminar.

Cerca de 50 países lo esperarían durante los próximos cinco años. De solo pensarlo, los sentimientos encontrados le provocaban miedo, ansiedad, pero también la satisfacción de intentar hacer realidad eso que parecía una fantasía. No iba a ser fácil, lo sabía muy bien. Desde aquel kilómetro cero de Madrid, Nacho se dirigió hacia el Noreste del territorio español para la “conquista” de Europa. Dos días de caminata hasta que sus pies abandonaron el asfalto de la gran ciudad y el frescor de la naturaleza empezó a bruñir cada una de sus pisadas. Una hermosa senda por Morata de Tajuña con vista de castillos, bosques y lagunas, fueron su pasarela hacia el camino duro rumbo a lo impensable. El caminante lo describió de esta manera en su cuenta que ya sumaba miles de seguidores: “Yo durmiendo en un campo de almendros, pensaba, en el que esta noche sería mi hotel de un millón de estrellas”. El viajero es además un poeta comulgado con la naturaleza. Una vez recorrida parte de la Península Ibérica, Nacho cruzó la frontera francesa el 24 de abril y avanzó por la cuenca mediterránea hacia Italia, donde hizo su ingreso el 16 de mayo y donde aprovechó para visitar a algunos amigos. Eslovenia lo recibió el 3 de junio, Croacia le abrió su corazón el 9, Serbia se entregó a sus pies el 20 del mismo mes, a Bulgaria arribó el 5 de julio y Turquía lo recibió el 21 del mismo mes. Fueron cuatro meses de caminata entre crepúsculos gastados y sublimes amaneceres donde Nacho reposaba al aire libre o en hogares de familias que sabían de su aventura y le abrían el umbral de sus hogares, en un festín de chácharas donde el malagueño hacía de juglar moderno. “Los ciclistas pasan a mi lado, también los coches, y las motos con su estruendo. Pero hay un momento en el que no pasa nadie, y se hace el silencio, solo el sol y el mar inmenso allí abajo”, escribió sobre su estadía francesa; “atravieso carreteras, nudos, circunvalaciones y polígonos industriales tan llenos de humo, tráfico, ruido, cemento y polvo que no se puede cantar ni respirar. Entonces, aprieto el paso deseando salir pronto de semejante infierno y pienso que, si bien hemos llegado a vivir en ciudades por evolución lógica, éstas son un craso error”, dijo de Italia; de Eslovenia refirió: “Pequeño, con poco más de dos millones de habitantes, verde, montañoso y muy limpio, es un gusto caminar por sus carreteras y caminos, sin apenas tráfico, entre valles, montañas y ligeros desniveles”; “He dormido bajo los rayos en la tormenta y actualmente atravieso una región con zonas minadas”, dijo de Croacia y Serbia; “estoy bajo un tejadillo de madera en mitad de camino protegiéndome de la tormenta. Iba caminando por una carretera entre bosques y montañas cuando se ha desatado”, comentó sobre Bulgaria, y de Turquía dijo: “Voy caminando por el arcén de la carretera D-100 rumbo a Istanbul absorto en mis pensamientos… Mucha gente me pregunta cómo surgió la idea de este viaje y de dónde saco las fuerzas.

Sencillamente, porque estoy en mi camino haciendo lo que quiero y me gusta, caminar”. Su promedio por día hablaba de 45 kilómetros recorridos. Había superado hasta sus propias expectativas.

Surcando mares

El 27 de julio de 2013, Nacho cruzó el estrecho del Bósforo, que divide en dos partes la ciudad de Estambul (capital turca), uniendo el mar de Mármara con el mar Negro y que además separa físicamente Asia de Europa. Empezaba con el segundo continente de su travesía que tendría como destinos Georgia, Azerbaiján, Irán, Emiratos Árabes Unidos, India, Nepal, Bangladesh, Myanmar, Tailandia, Malasia y el conjunto de islas que compone Indonesia. De todos estos países, el que más le llamó la atención fue Irán. Y lo cuenta con temor. “Recogí la tienda a las cinco de la mañana, con el amanecer. Los rayos del sol todavía tardarían varias horas en asomar sobre las montañas, sin embargo, el cielo empezaba a clarear. Caminaba en silencio por la sombría y desierta carretera cuando, hacia las seis de la mañana, me paró un coche de policía haciendo la ronda extrañado de verme a esas horas tan cerca de la frontera. Me pidieron el pasaporte, me examinaron esperando algún gesto extraño, y me dejaron continuar. De nuevo, tensión. Caminé presuroso, deseoso de abandonar esa zona, asimilando que estaba en un país muy diferente al mío, con una fuerte presencia militar y religiosa”. Fue un susto para quien no vive esa rutina de ráfagas balísticas en aquel paisaje estéril y erosionado.

Nacho dice que se desconectó de un mundo para encontrar otro mucho más alucinante. “No veo tele, no escucho radio, me conecto a momentos por el chat para dar información de mi ubicación. Y el resto es compartir en pleno con la naturaleza y los animales”. El viajero insiste con que los medios de información muestran una realidad sobredimensionada, “la gente tiene temor de viajar, de conocer, y salvo lo que viví en Irán, todos han sido muy cálidos conmigo”. Tras su aventura indonesa, lo esperaba el país continente: Australia. “Nada más al llegar al aeropuerto de Darwin me abrieron el equipaje y esparcieron mi material buscando restos de barro en las suelas de las zapatillas o alguna semilla clavada en la tienda de campaña. Son estrictos en materia medioambiental y evitan a toda costa la entrada de cualquier especie extraña que pueda suponer una plaga”. Algo que también le llamó la atención es la inmensidad de aquel país.  “La escasa población que hay se encuentra sobre todo en la costa este (Sidney, Brisbane, Canberra, Melbourne…), Darwin al norte y Perth al oeste. El resto del país está prácticamente deshabitado, inhóspito, desértico, salvo puntuales núcleos como Alice Springs, Tennant Creek, Mount Isa… distanciados miles de kilómetros. Esto quiere decir que la distancia entre puntos de abastecimiento de agua y comida es de 50, 100, 200, 300 kilómetros y a veces incluso más. Me refiero a gasolineras, roadhouses y bush pubs, lo que le obliga a uno a portar el agua y la comida necesarios para el tiempo que está perdido en tierra de nadie”. En medio de aquel clima sofocante, Nacho llegó a beber cinco litros de agua al día. “Cuando llegué a destino sentí un gran alivio”, recuerda. Luego, la agenda en el mapa apuntaba a Sudamérica con la costa chilena como primer parada, adonde llegó vía aérea, y de allí, hacia los Andes bolivianos. “No tenía muy claro con qué meteorología me iba a encontrar, si a la ya difícil tarea de ascender hasta casi los 5.000 metros de altitud se iban a sumar también lluvias, rayos y tormentas. Abandonaba Putre, milenaria población aymara en el lado chileno, dispuesto a afrontar los cerca de 400 kilómetros que distaban hasta La Paz en las condiciones que fuera”, dijo en el Facebook al cruzar frontera.

Y la hoyada paceña lo enamoró. “Al cabo de varias horas y dejar atrás El Alto, mi vista alcanzó la ciudad de La Paz, una impresionante cascada de casas cayendo por las laderas de las montañas como ríos de ladrillos hacia el profundo valle. Bajé por una carretera serpenteante perdiendo altura, tomando fotos, observando el teleférico y contento de haber alcanzado este destino sorteando tormentas y solo con la ayuda de mis pies”. Su estadía paceña duró tres días, los suficientes para recuperar energía y partir nuevamente, esta vez hacia el lago Titicaca, para encaminarse al Perú. El 21 de octubre, tras bordear el lago sagrado, abandonó Bolivia y se dirigió a Puno. De ahí marchó rumbo a Arequipa debido a las lluvias y rayos que había en zonas de montaña, con la intención de alcanzar la costa. Llegó a Nasca y aún lo espera Ecuador, Panamá, Centro y Norteamérica además del continente africano para sellar su alocado sueño. Es el viaje de Nacho. El viajante planetario.

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