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Villanueva, el genio que soñó La Paz

El arquitecto y urbanista modernizó la ciudad de La Paz, diseñando edificios y barrios e integrando zonas marginales como Miraflores.

La Razón (Edición Impresa) / Isabel Gracia

00:00 / 15 de junio de 2014

A Villanueva nunca se le ha respetado, es un personaje demasiado grande para esta ciudad”, comenta el arquitecto Francisco Bedregal. Los estudiosos de la historia urbana de La Paz son conscientes de la mutilación que se hizo al patrimonio arquitectónico de Emilio Villanueva tras la demolición en el año 1974 del antiguo estadio Hernando Siles. Junto con el Monoblock de la UMSA, fue quizás la obra estrella del que ha sido considerado el arquitecto más relevante del siglo XX en la ciudad. Con la perspectiva de un visionario y empapado del modernismo de la época, diseñó el urbanismo de los barrios más importantes y dejó su impronta en los edificios más señalados. También jugó un papel fundamental en su etapa de Ministro de Instrucción Pública —hoy Educación— durante el mandato del presidente Hernando Siles, donde dictó decretos y resoluciones ministeriales en favor de la alfabetización de los indígenas.

A principios del siglo XX la ciudad de La Paz comenzó un proceso de transformación que vino forzado por el nombramiento como sede legislativa y ejecutiva del país. “La ciudad no estaba preparada para ser capital”, explica Bedregal.

La labor de los que él llama los tres patricios del modernismo —Emilio Villanueva, Julio Mariaca Pando y Adán Sánchez— fue clave para la modernización de una ciudad a la que recién había llegado el ferrocarril y la energía eléctrica.

La primera obra del modernismo paceño, que además cambió la fisonomía de la urbe, fue el Hospital de Clínicas, declarado Patrimonio Nacional.

Recién llegado de Santiago de Chile, donde había culminado sus estudios superiores en Arquitectura, Villanueva ganó el concurso por el que se le adjudicó el diseño que llevó a cabo de 1909 a 1920. Durante esa primera época, el eclecticismo está presente en la proyección de los edificios más relevantes de su carrera: el Palacio Consistorial, sede del Gobierno Municipal; el Banco Central, que hoy acoge la Vicepresidencia del Estado; o el teatro Princesa que diseñó con la colaboración de Ismael Sotomayor y en el que ambos recrearon el estilo Art Nouveau.

Su faceta como urbanista es tan importante como la arquitectónica. Villanueva amaba La Paz y diseñó barrios, calles y avenidas que transformaron la urbe en todos los aspectos.

La avenida Camacho fue ideada por él tras la construcción del Hospital de Clínicas, con el objetivo de comunicar el barrio de Miraflores con el centro paceño y a su vez convertirla en un mirador al Illimani. “La Camacho es importante porque es la arteria que rompe esa unilinealidad de la ciudad, y ahí se abre la zona de Miraflores, que hasta entonces era una zona marginada y aislada”, asegura Bedregal, quien hizo una reseña de Villanueva en la publicación Revistas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

A inicios del siglo XX la ciudad no tenía un centro como tal. La Alameda, hoy El Prado, terminaba en la plaza Venezuela y a partir de ahí  la capital quedaba dividida por el río dejando a un lado a los indios (San Sebastián, Santa Bárbara, San Francisco y San Pedro) y al otro el damero, a los españoles. Fue Villanueva el que planteó en 1912 hacer una apertura y unificar esa división racista y clasista. Lo hizo con la proyección de la avenida Mariscal Santa Cruz, inspirada en una avenida de París, que pasó a convertirse en la arteria principal.

El arquitecto también diseñó la planificación de los barrios de Miraflores y Sopocachi, en los que tuvo su residencia en diferentes momentos, y la avenida Julio Patiño en Calacoto, propiedad del señor Patiño. “Gracias a él, el barrio de Miraflores no siguió el crecimiento caótico de casi todas las laderas de la ciudad, sino que tuvo un crecimiento ordenado, planificado, civilizado”, apunta Bedregal.

Su visita a París para estudiar urbanismo entre 1925 y 1927, cuando el modernismo se encontraba en su momento más álgido con Le Corbusier como su mayor exponente, cambió la dirección de su obra. A su vuelta a La Paz no lo hizo más impregnado del modernismo que antes, sino que su obra se tornó desde entonces en un racionalismo arquitectónico con marcadas connotaciones de las culturas originarias, concretamente la tiwanakota.

Tras la creación del barrio de Miraflores bajo el modelo ciudad-jardín trazó el estadio Hernando Siles en 1928, abriendo el camino al nuevo estilo neotiwanakota que otros arquitectos como su amigo Arthur Posnansky abrazaron del mismo modo que él.

El estadio fue uno de sus emblemas arquitectónicos. Lo llamaban el Elefante Blanco por su magnitud y se consagró como el epicentro del nuevo estilo junto con la plaza del Hombre Americano.

El dictador Hugo Banzer ordenó su demolición en 1974, cuatro años después de la muerte de Villanueva. Él afortunadamente no lo presenció, pero su familia lo recuerda con estupor. “Yo salía bachiller en ese momento. La muerte de mi cuñado y la demolición del estadio coincidieron. Mi hermana y mi madre estaban destruidas. Fue muy penoso ver caer una obra de esa magnitud”, explica Alfonso Barrero, arquitecto y nieto de Villanueva.

El monoblock de la Universidad Mayor de San Andrés, erigido en el año 1948, es sin duda su obra más destacada y posiblemente la más importante de la arquitectura boliviana. En ella descansa un estilo sobrio, con los elementos tiwanakotas replicados sobre una estructura ocre que evoca el pasado prehispánico. “Con este edificio superó al estadio, —matiza Bedregal—, porque en él hizo sus propios símbolos, inspirados en Tiwanaku pero con un trazo diferente, más moderno y más adecuado a la estructura”.

El que fuera el primer rascacielos paceño se ubicó en un punto clave. La Plaza del Bicentenario, convertida en peatonal desde hace unos años, es testigo del paso de estudiantes, docentes, comerciantes y marchistas que a diario confluyen.

Su nieto Alfonso observa a través de la ventana de su casa el edificio de la UMSA. “La espina que le quedó clavada para siempre fue la ciudad universitaria”.

Villanueva no era partidario del Monoblock. Su sueño era construir una ciudad universitaria al estilo de los campus europeos. El lugar elegido fue el barrio de Miraflores. Durante su gestión de Ministro de Educación, bajo el gobierno de Siles, promovió la construcción del complejo e incluso diseñó los planos, que en un acto de desagravio rompió, haciendo pedazos al mismo tiempo su sueño. “Un arquitecto empleado de la Alcaldía comenzó a garabatear y a corregir su obra maestra, encima de que su intención era hacerla altruista y regalarla al municipio”, narra su nieto.

Desde el poder que le confería la cartera de Estado ordenó la construcción de escuelas indígenas dentro de las ciudades, teniendo como exponente Warisata, un experimento pedagógico que buscó la incorporación del indio a la sociedad racista de aquel momento. También se le adjudica la creación de la Facultad de Arquitectura y la biblioteca más grande de La Paz, en el Monoblock, donó libros de su colección.

Del mismo modo en que la Revolución del 52 fue un punto de inflexión para el país, también lo fue para la vida y obra de Villanueva. Le tacharon de liberal a pesar de que sus allegados afirman su espíritu nacionalista. Fue expulsado de la universidad, cayendo en el olvido hasta después de su muerte, cuando se le volvió a valorar.

“Recuerdo a mi abuelo como una persona muy cariñosa”, cuenta Alfonso.

Nacido en una familia acomodada, el menor de cinco hermanos, presenció la victoria de su hermano mayor a las elecciones generales de 1925, que no ascendió al gobierno por discrepancias políticas con el jefe del Partido Republicano, el caudillo Bautista Saavedra Mallea.

Tuvo cuatro hijos, dos dentro de su matrimonio con Hortencia Núñez del Prado, Fernando y Nelly, y dos hijas que reconoció como hijas suyas antes de su matrimonio. Su predilección por su hija menor, madre de Alfonso, siempre quedó patente incluso en actos públicos. Cuando le preguntaban cuál era su mejor obra arquitectónica, solía responder: mi hija Nelly.

“Mi madre siempre recordaba los planos de mi abuelo en el piso. Eran tan grandes que no cabían en ninguna mesa de la casa. Solía dibujar en el piso el Palacio Consistorial de La Paz por lo grande de la escala y gran detalle del dibujo”. Fue un hombre obsesionado con su trabajo y muy exigente, visto muchas veces como impulsivo, déspota y tozudo en sus decisiones. “Si no le gustaba cómo habían puesto un ladrillo los obreros, él mismo lo sacaba de un combazo”, explica su nieto.

Con su familia era distinto. “Era muy alto, a mí me agarraba de los brazos y me hacía volar. Además del gran aporte arquitectónico y urbanístico que nos dejó, el mejor legado fue su humildad, su generosidad y su hambre de conocimiento”.

Sus últimos años fueron duros. Sufrió una hemiplejia de la que no se pudo recuperar. Perdió la capacidad de hablar y prácticamente de moverse, aunque lo más difícil de asumir fue la incapacidad para leer, una actividad a la que dedicaba horas y horas de su rutina diaria.

“Tras su muerte ha habido un vacío arquitectónico, la ciudad se ha desarrollado sin conocimiento alguno”, afirma Alfonso, una teoría con la que coinciden muchos arquitectos contemporáneos.

Algunos se atreven a compararlo con el arquitecto brasileño Óscar Niemeyer por su capacidad de crear una metrópoli nueva, pero en lo que todos coinciden es en la calificación de genio para un hombre que enseñó a los paceños a amar su ciudad.

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