Escape

Valeria Milligan

La escuela de la calle es mejor que la académica. Es el principio de esta joven paceña que expresa sus mensajes con canciones, grafitis y breakdance. Quisiera hacer gestión cultural. La Imilla del hip hop.

La Razón / GEMMA CANDELA

00:00 / 30 de junio de 2013

Con 21 años lo tiene muy claro: “No me convence la academia, no puedo estar en un aula encerrada cuatro horas. Me aburro”. Valeria Milligan, más conocida como la Imilla o la Amor, habla de su vida envuelta en una larga chalina oscura, una chamarra informal, blue jeans y zapatillas multicolor, calentando sus manos con una taza de humeante café en la cocina de su casa, en la que vive con “las chicas” (su madre y su hermana).

A los 17 dejó el colegio (no cumplía sus expectativas) para aprender en la “escuela de la calle”. Y en su casa la apoyaron. Comenzó a hacer graffiti y a rapear.

“En realidad, siempre he escrito poesía”, asegura. “Y el rap es como una poesía”. Poco después de abandonar las aulas, un amigo la llevó a un estudio de grabación y allí comenzó a registrar sus letras que, dice, son sociales y controvertidas, con influencia de la cultura andina. Quenas, charangos y zampoñas se mezclan en sus canciones con bases del rap sacadas de temas de otros cantantes.

Su mamá, profesora de artes, suele llamarla cariñosamente Imilla (niña, en aymara) y así se la conoce en el mundo del rap. Hay también quien la llama Amor porque con este nombre firma los graffitis. Al preguntarle si la Policía la ha sorprendido alguna vez pintando, hace un gesto como para quitar importancia al asunto. “Alguna vez...” ¿La han encerrado? “¡Dímelo a mí!”, dice  su hermana, que pasa por la sala. Habla con conocimiento de causa: la ha “sacado” unas cinco veces de la celda. Pero Imilla no cesa en su empeño de pintar sus mensajes, siempre con los audífonos puestos, en muros de Obrajes, Sopocachi o Chasquipampa. En Cochabamba, Iquique (Chile) y Quito (Ecuador), hay también obras suyas. En la capital ecuatoriana comenzó a bailar breakdance, hace dos años, con El X, un hiphopero algo machista, cuenta, como muchos cantantes de rap varones. Pero Imilla lucha contra ello “con hip hop nomás”. Sus poemas versan sobre amor y por el momento, se quedan en su cajón.

Catálisis, catarsis, catanis, cannabis es su primer álbum, que está en la red (soundcloud.com/imilla-mc), y que pronto ella misma va a vender apenas tenga tiempo entre sus conciertos, pintar paredes, tocar la guitarra y el didgeridoo o practicar break en un pasaje donde se vende pollos, cerca de la Universidad Mayor de San Andrés. Si volviera a estudiar, haría gestión cultural. Hace falta “que alguien vele por las culturas urbanas”.

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