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Varinia Oros

Su padre la bautizó con el nombre de una bailarina rusa que vio en una revista, pero ella hubiera querido llamarse Teresa. Con el tiempo, aprendió a amar su nombre y su ciudad de adopción, La Paz. Curadora del Musef.

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 03 de febrero de 2013

Nombre: Varinia Oros Rodríguez.

Edad: 43 años.

Descripción física: estatura mediana,  largo cabello oscuro, rizado y mirada tranquila.

Origen: Potosí. Estudios: Antropología.

Profesión: curadora del Museo de Etnografía y Folklore (Musef).

Máscaras, plumas, imaginería, artesanía de Alasita, muñequería... De las 27 mil piezas que alberga el museo, todo lo que tenga que ver con artes populares pasa por las manos de Varinia, que se encarga de catalogarlas, investigarlas y organizar exposiciones sobre ellas.

Años atrás, cursó Antropología (tras un breve paso por Comunicación Social) para estudiar las migraciones, una realidad que ella misma ha vivido. Cuenta que la “arrancaron” de su  lugar de nacimiento, la ciudad a los pies del Cerro Rico. La sequía de los 80 que empujó a la emigración a una buena parte de los potosinos afectó a su familia: su padre, sastre, vio cómo sus clientes se marchaban uno a uno, por lo que los Oros Rodríguez siguieron el mismo camino. Varinia tenía 14 años. La urbe atravesada por el Choqueyapu le pareció caótica y sucia. La odiaba. Pero, ahora, asevera: "A mí no me mueven de La Paz. Soy la mejor paceña que ha dado Potosí".

Finalizando sus estudios de Antropología, se presentó a un puesto de asistente de investigación en el Musef. Ni ella misma lo hubiera imaginado antes, cuando creía que los museos eran lugares aburridos.

El trabajo ha sido su universidad (en Bolivia no existe la carrera de Museología) y parte fundamental de su vida. Incluso, allí, conoció a su mejor amiga, una voluntaria francesa que pusieron bajo su supervisión. Lo suyo fue desamor a primera vista que, a los pocos días, se convirtió en una gran amistad que dura ya diez años.

Varinia apenas tiene tiempo para dedicarse a actividades extralaborales. Aún así, se la puede ver de vez en cuando en el bar de jazz Thelonius (dice que es música frustrada) o bien se queda en casa leyendo, especialmente a los poetas “cortavenas”, como los define.

No regresó a Potosí hasta 20 años después de su forzada partida. La primera vez, sólo aguantó dos horas: se sentía rechazada por la ciudad.

Pero hace unos meses, por fin, logró reconciliarse con su amada tierra.

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