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Vesty Pakos, el amigo de los animales

El nombre del naturalista identifica al Zoo de La Paz que él ayudó a trasladar e instalar en  Mallasa. Hace 20 años que su vida se truncó. En la institución se protege e investiga a unos 500 individuos de 78 especies, la mayoría representantes de la fauna boliviana.

La Razón / Mabel Franco

00:00 / 24 de marzo de 2013

Herpetólogo. Tal era la especialidad de Vesty Pakos, amante de los animales cuyo nombre identifica al zoológico municipal de La Paz. La palabra que designa el conocimiento sobre reptiles suena fea, como feos pueden resultar, para los inexpertos e insensibles, animales como boas y lagartos. Pero al austriaco más boliviano que ha tenido el país, le encantaban. En las fotos, se le ve más con esas criaturas silvestres que con cualquier representante de la especie humana. Y con leones, pumas, loros, capibaras…

Naturalista. Esa era la vocación de quien dirigió el zoológico paceño desde su traslado del centro de la ciudad a la zona de Mallasa, y que no pudo ver concluidos sus planes para transformar ese espacio en un centro no sólo de mejor vida para los animales, sino de educación, de comprensión de la importancia de cada especie para la subsistencia de la propia humanidad.

Silvestre  —tal el verdadero nombre que le pusieron sus padres y que cualquiera, al saberlo, lo halla increíblemente premonitorio— murió en un accidente el 13 de mayo de 1993. Pronto se van a cumplir 20 años de ese suceso, y su viuda e hijos —Brenda, Michelle y Pablo—, trabajan para remarcar la fecha. Han encargado unos paneles con fotos y textos que recuperan la memoria de ese amante de la naturaleza. En julio, según Mariana Daza, la bióloga administradora del Zoo, se va a instalar ese material en el nuevo espacio de recepción que está en plena construcción.

Un aventurero

Pakos  nació el 11 de noviembre de 1946 en Hartheim Alkoven, cerca de Linz (Austria). Su padre Joseph y su madre Hilde tuvieron que dejar el hogar huyendo del nazismo y así llegaron a La Paz, con un hijo de apenas cuatro años, en enero de 1951.

El padre, que trabajó en el procesamiento del látex de caucho, murió en un accidente cuando explotó un caldero. La madre se ocupó de criar a ese hijo en una casona de Obrajes, que se hizo famosa por la tienda que atendía doña Hilde.

“Obrajes no sólo fue su casa y su barrio —escribe Carlos Capriles Farfán, autor del libro Vesty Pakos y la sonrisa del tigre (Prod. Cima, La Paz, 2006)—; fue, sin la menor duda, el lugar más importante de  su vida. También fue el sitio por donde caminó y jugó de niño en sus calles. Fue allí donde conoció a sus primeros amigos, donde subió a los cerros, donde correteó palomas y donde seguramente atrapó su primera víbora en medio de las colinas cercanas”.

 Ya bachiller, el joven se fue a Virginia (EEUU). Si bien antes “tuvo una breve pasantía en el Technical Institute de Washington, donde inició estudios de ciencia y tecnología marina, jamás tuvo un diploma de estudio”, escribió otro de sus amigos, Peter Gumucio Dagrón (Presencia, 1993), quien resaltó el hecho de que la profesión de Vesty Pakos era en verdad el ser autodidacta. Y que así llegó a dominar muchas ramas que le dieron notoriedad: lo mismo mecánica de construcción de motos que veterinaria, lo mismo manejo de explosivos (trabajó en la apertura de la carretera La Paz-Cotapata) que producción de sueros antiofídicos.

A Pakos se le debe la creación del serpentario y el bioterio de la Universidad Mayor de San Andrés. En un baño, él acondicionó un lugar que llenó de peligrosas criaturas. Es legendaria su habilidad para manejarlas: las capturaba él mismo. Capriles cuenta que de pronto, en medio de un viaje, solía bajarse del vehículo, internarse entre vegetales y salir con un ejemplar al que había escuchado pasar.

Las anécdotas pasan de boca en boca. Ricardo Quiroga, responsable de Comunicación del Zoo, repite lo que escuchó contar sobre la increíble forma en que se relacionaba con una venenosa serpiente sudamericana, la pucarara. Un centímetro cúbico de su veneno —explica Capriles— puede matar a varios seres humanos en pocas horas. Pues un amigo de Vesty, de nombre Íñigo, la atrapó para él y éste la dejaba reptar por su cuerpo libremente.

La reacción de quienes observaban era, claro, de temor. Pero el herpetólogo solía argumentar: “¿Qué sería del mundo sin estas peligrosas criaturas?; ellas controlan la proliferación de roedores, que son transmisores de numerosas enfermedades”.

Así pensaba y actuaba el naturalista que, al morir, tenía 47 años y cientos de vidas vividas. Por ejemplo, participó como fundador, promotor y laboratorista del Servicio de Laboratorios de Diagnóstico en Salud (Seladis), “donde instaló los sofisticados equipos de los laboratorios de inmunología, pues ni la propia firma importadora contaba con los expertos en Bolivia”, apunta Gumucio.

Pero, ¿cómo era de carácter ese amigo de los animales? Pues, quienes lo conocieron afirman que la sonrisa estaba siempre en sus labios. Su charla era amena, interesante y salpicada de humor.

“Buen día, buen día, la vida comienza hoy día”, era su saludo. Las pocas veces que Capriles lo vio muy serio fue cuando se enteró de planes para instalar represas, por ejemplo en El Bala. No hablaba de política, le molestaba, pero ante tales posibilidades sentenciaba, acomodando el dicho de Diógenes: “Cuanto más conozco a los políticos, más quiero a mi boa”.

Hablaba varios idiomas, pero de los paceños tomó una expresión que se convirtió en su grito o en su susurro, según estuviese entusiasta o reflexivo: “¡Queste, queste!”.

Capriles —que trabó amistad con Vesty la vez que tuvo que viajar a la Estación Biológica del Beni— siembra el libro dedicado al amigo de aventuras  de esas dos palabras con las que, también ante las adversidades, Pakos solía animarse y animar a sus compañeros. Éstos sabían que debían responder “Elaque, elaque” y emprender el trabajo.

Director del zoológico

En los años 90, el alcalde Julio Mantilla tomó la decisión de trasladar el zoológico a la zona de Mallasa. Hasta entonces, la entidad había funcionado en el centro paceño, en el parque Roosevelt, conocido también como Parque de los Monos, un espacio que cada vez más lucía sus limitaciones para albergar animales. En Mallasa estaba el Parque Nacional, declarado así en 1956, y que conserva un bosque de plantas introducidas, es decir los eucaliptos australianos, pero despoblado ya de especies animales. Y, en el momento de decidir el traslado, allí también se encontraba el botadero municipal.

Para encomendar la misión del traslado y la gestión del nuevo zoológico, Mantilla fue en persona a buscar a Pakos, relata Capriles, quien también tuvo la oportunidad de administrar el sitio y que se puso al lado del compañero para esa nueva etapa.

El viajero empedernido aceptó el cargo.  Mucho tuvo que ver en ello la relación que rápidamente creó con los animales: con los leones rescatados de un circo, las aves y, por supuesto, los reptiles.

 De las obras que dejó Vesty en el Zoo que hoy lleva su nombre, quedan el serpentario, el foso de los felinos, el domo de aves y el aviario mayor, además de las lagunas. En torno a esos habitáculos, las mejoras y el crecimiento seguramente se acercan a lo que sonó el naturalista.

Hoy, bajo la administración de Mariana Daza, los pilares del Zoo son los mismos que motivaron a Vesty: dar mejores condiciones de vida a los animales y educar a la población sobre la rica fauna del país. Alrededor de 500 individuos viven en ese espacio, la mayoría de ellos representantes de los animales de Bolivia. “Muchos niños vienen pensando en encontrar rinocerontes y elefantes, movidos por lo que ven en la televisión, y se topan con quirquinchos y parabas. Ésa es nuestra función: que sepan qué tienen aquí mismo, que valoren a estos animales, que aprendan acerca de su cuidado y conservación”.

En la entrada se erige un busto de Vesty Pakos, con la boa en el cuello. Y por todo lado se lee su nombre. A medida que pasa el tiempo, se lo conoce menos, sin embargo, por lo frágil que suele ser la memoria. Por ello, la administración, en acuerdo con la familia, tiene planes para recuperar la historia de ese hombre y el legado que dejó con su profundo amor por la naturaleza.

Los paneles fotográficos estarán en el nuevo ingreso e irán moviéndose a otros espacios del Zoo. Se piensa incluir material interactivo, animación, todo para que “Vesty Pakos” recupere el contenido que, conocida su existencia, resulta inspirador.

El atractivo de Mallasa

Un zoológico no es un circo, aclara el comunicador Quiroga. El de Mallasa es propiamente un centro de conservación  de la fauna silvestre. Por ello, se pide al visitante acudir con la idea de echar una mirada a los animales con profundo respeto. Se les indica, mediante mensajes ubicados en lugares estratégicos, silencio y nada de echarles alimentos. Ya hay un grado de estrés en los individuos que están fuera de su hábitat, de manera que hay que acercarse a ellos con cuidado.

El martes, un día en el que no hay mucho público, aunque no falta, se respira paz en Mallasa. Los animales duermen, vuelan, comen, juegan e inclusive pelean entre ellos, indiferentes a la mirada de los humanos. Dice Quiroga que lo ideal sería, claro, no tener animales encerrados, pero ya están allí, muchos recuperados de gente que los tuvo como mascotas, de manera que hay que cuidarlos.

Su encierro, el más cómodo posible, debe pues servir para que las personas aprendan de ellos: cómo son, dónde viven, cuán importantes son para la vida.

En la cocina, un equipo de profesionales en nutrición de la fauna, prepara los alimentos. Y, ya con los bañadores llenos de frutas o carnes, el joven Emerson entra a las jaulas de las aves. “Hay una paraba que habla; me saluda con un ‘hola’”, cuenta.

Cada espacio poblado por individuos de alguna de las 78 especies que reúne el zoológico es fascinante. El serpentario deja observar, entre otras, dos víboras de cascabel, inmóviles pero atentas, y dos boas constrictor enroscadas en un árbol artificial. ¡Qué privilegio verlas tan de cerca tras el vidrio protector, para admirar la extraordinaria belleza de su piel!

En la especie de arenal donde viven los quirquinchos, no siempre es posible verlos. Pero están allí, cavando, inclusive las dos pequeñas crías que nacieron hace poco.

El domo gigante de cóndores es el paso imprescindible. Cómo no visitar a esas aves majestuosas que, nos lo aclara Quiroga, son las más grandes de las que vuelan por el planeta. Sólo las supera un ave marina, el albatros. Tres cóndores comparten el espacio, aunque también se cuelan allkamaris libres, atraídos por la comida. De rato en rato, las aves de cuello blanco se enojan y hacen el amago de perseguir a las invasoras, las que son tan rápidas que huyen y, saliendo por entre la malla, emprenden vuelo lejano.

Los leones son de los pocos individuos provenientes de otras latitudes del mundo. Están en el área donde también se puede ver a los pumas; por supuesto, convenientemente separados.

Zorros, vizcachas, suris, tortugas, meleros... la variedad es el valor del Zoo.

Datos necesarios

Un equipo de 55 funcionarios se encarga de velar por la marcha de la institución que abre de lunes a domingo, de 10.00 a 18.00. La venta de boletos se realiza hasta las 17.00. Para entrar, se paga

Bs 1,50 (niños de 5 a 11 años, los que pueden entrar gratuitamente los miércoles), Bs 3,50 (personas de 12 a 65 años). Niños más pequeños y adultos mayores entran siempre gratuitamente.

Llegar a Mallasa desde el centro de La Paz es relativamente fácil, pues hay transporte público. Quienes van en coche propio, disponen de un parqueo que cobra entre Bs 3 y 6, según el tiempo que se permanezca en el sitio.

El zoológico es parte del circuito turístico de la zona Sur, junto al Valle de la Luna, el Valle de la Ánimas, el Sendero del Águila, el Cactario, la Muela del diablo y el Cañón de Palca. Aunque sólo el Zoo demanda horas de visita.

En mayo de 1993, Pakos se despidió jaula por jaula de los animales. Capriles estaba con él y dice que fue como si hubiese intuido que no iba a volver. “Chau muñeco”, le dijo al león más joven que se dejó dar un beso en el hocico.

Pakos, su esposa y su hijo de ocho años viajaron a Chalalán y al retornar sufrieron un accidente. Pablo Vesty, hoy un joven de 28 años, lleva una cicatriz en la ceja izquierda. “Chocamos contra una volqueta cerca de Palos Blancos”, dice, “y mi papá estaba sin el cinturón de seguridad”.

La memoria se torna vaga, pero el hijo recuerda al padre como “un tipazo”; lo que se confirma con lo que le cuentan los muchos amigos de Vesty, “verdaderos amigos que tienen historias increíbles, que lo quieren y que lo recuerdan como alguien carismático, siempre de buen humor”.

La hermana de Pablo, Michelle, es chef y vive en Italia. Ella también viajó con su papá muchas veces. “Nos llevaba y convivíamos con venados, víboras y otros animales; nos enseñó a respetarlos”, dice él.

Pablo es ingeniero en Desarrollo Socioeconómico y Medio Ambiente formado en la universidad de Zamorano (Honduras). Acaba de retornar al país y estudia unos planes familiares para trabajar en Beni.

Pakos reposa en La Paz, hasta donde los amigos trasladaron el cuerpo luego de lidiar con los lugareños de Sapecho que  querían que “el gringuito” se quedase allá.  En el libro de Capriles se cuenta cómo fue ese viaje: llovía, los caminos estaban imposibles, varios de los vehículos de los amigos chocaron o sufrieron desperfectos. Alguien le habló a Pakos: “Déjate de bromas, te vamos a llevar sí o sí, aunque no quieras”, al recordar que alguna vez él había comentado que aquellas tierras hermosas eran un buen lugar para morir. Ya en el entierro, no pocos se despidieron con el consabido “¡queste, queste!”

El señor de las bestias

Cuando el cálido sol

De un mediodía de invierno

Te lleve a la naturaleza

Y te amamante en lo intenso

Y no pierdas la luz,

Recuperando lo eterno

Y te toque el pelaje

De los animales en el cielo

Cuando las selvas bolivianas

Se extiendan ante tus pasos

Y las serpientes te envuelvan

Reptando por tus brazos

Cuando pumas y jaguares

Se enamoren de tu esencia

Cuando al besar sus fauces

Adviertan tu presencia

Y si al fin los animales

Se te asomen y olfateen

Y te pidan que los quieras

Y tus brazos sean garras

Tu corazón de pantera

Tu espíritu desprendido

Que cautive a toda fiera

Sólo así, sólo entonces

Podrás conocerlo

Y ser amigo

Del gran señor de las Bestias.

Poema de Julio César Paredes recogido del libro ‘Vesty Pakos y la sonrisa del tigre’, C. Capriles.

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