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Víctor Aro

Su patrimonio está en la esquina de las calles Mercado y Genaro Sanjinés. Infinidad de cajas con botones de todos los tamaños, formas y colores, y máquinas para poner botones son su arsenal. El guardián de los botones

Víctor Aro

Víctor Aro Ilustración: Frank Arbelo

La Razón Digital / Marco Fernández Ríos

00:00 / 16 de abril de 2017

La principal atracción de su caseta son las decenas de botones de muestra que están colocados en los costados de su negocio, cada cual con tamaño y color diferente, los necesarios para ayudar a los clientes apurados. Además se encuentra en un lugar estratégico: la intersección de las calles Mercado y Genaro Sanjinés, cerca de la plaza San Francisco. Se trata de don Víctor Aro, el dueño de la botonería Don Víctor.

Todos los días, en especial los viernes y los sábados por la noche, él se convierte en una especie de héroe, que en lugar de balas está pertrechado con miles de botones, y en vez de una ametralladora tiene máquinas para apretar las botonaduras. Los inicios del botonero se encuentran en su juventud, cuando dejó su oficio de carpintero para trabajar en la mercería de don Salvador Asbún, tienda que estaba ubicada en la calle Potosí. En una crisis económica, Víctor se vio obligado a salir de aquel negocio para seguir su vida por otros rumbos.

En los 70, el sector de la San Francisco era plano, con un pequeño parque y espacios suficientes para el estacionamiento de vehículos cerca del edificio de los fabriles. Ahí estaba un pequeño grupo de comerciantes de productos varios; entre ellas la esposa de Víctor, quien decidió apostar por ese lugar para tener su emprendimiento.

De esa manera abrió la botonería Don Víctor, que desde hace 40 años brinda sus servicios en forro de botones, colocado de broches y ojales y otros remaches. Durante este tiempo se ha encargado de ayudar a los apurados clientes que tienen algún problema con su vestimenta, incluso novias que necesitan forro para sus botones diminutos. La San Francisco es un lugar donde se han vivido concentraciones multitudinarias y también ha sido el lugar donde golpes militares han asegurado su victoria. En una de esas ocasiones, cuando las vendedoras trabajaban en anaqueles móviles, recibieron la información de que un grupo de paramilitares se acercaba al lugar. “¡Alto!”, le espetó un uniformado en el momento en que Víctor sostenía su anaquel en la bajada de la calle Mercado, cuando iba a guardar su negocio móvil en un garaje cercano.

Ahí estaba en una disyuntiva, alzar las manos y dejar que cayera su aparador o negarse a hacerlo y sufrir las consecuencias. Cuando las levantó, el héroe de los botones tuvo la suerte de que su negocio se trancara en un bache de la vereda, lo que hoy cuenta como anécdota.

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