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Vida de Capo

El Ejército mexicano mantiene un museo con objetos de los jefes del narcotráfico para que los reclutas conozcan la personalidad y estrategias del enemigo.

La Razón / Sonia Corona, El País

00:00 / 22 de septiembre de 2013

Al Museo de Enervantes no entra nadie que no esté autorizado por el Ejército mexicano. Sólo consiguen el salvoconducto los militares durante su preparación y algunos estudiantes de Derecho y Criminología. Fue creado para que los integrantes de las Fuerzas Armadas conocieran mejor a los narcotraficantes. Nadie más necesitaría tener acceso a él ni a los objetos que reflejan su ostentoso estilo de vivir y de morir.

Está, por ejemplo, la pistola Colt automática calibre 38 con empuñaduras cubiertas de oro de 24 quilates y brillantes incrustados, incautada a Joaquín El Chapo Guzmán, líder del cártel de Sinaloa. En 1993 fue detenido en Guatemala y llevado a una prisión de máxima seguridad en el estado mexicano de Jalisco, de la que escapó en 2001. Tras su detención, lo que llamó más la atención fue su arma con las iniciales A. C. F. grabadas en relieve. La pistola se la había regalado Amado Carrillo Fuentes, conocido como El Señor de los Cielos, líder del cártel de Juárez y famoso por sus alianzas con los colombianos para traficar cocaína hacia EEUU. El Chapo prácticamente se educó como capo con Carrillo y cuando éste falleció el cártel quedó en manos de sus tres hermanos y de Guzmán, quien luego se haría con la plaza de Sinaloa. Mientras su pistola reposa en el Museo de Enervantes, él sigue en libertad y en la lista de los más buscados.

En octubre de 2012 llegó la pistola del narco Heriberto Lazcano Lazcano, el líder de Los Zetas, junto a su reloj Bulgari con incrustaciones de diamantes. Es una Colt, bañada en oro, con una Z3, su clave dentro de la organización, grabada. El Lazca murió en un enfrentamiento contra las Fuerzas Armadas en el estado mexicano de Coahuila y su cuerpo fue robado de la morgue.

Las historias sobre los capos cobran fuerza ante el lujo y el brillo de los ostentosos que alberga el museo: un teléfono móvil de oro con incrustaciones de diamantes; una pesada silla para montar con detalles de plata; botas de pieles de animales exóticos; decenas de armas con detalles de oro, plata y piedras preciosas; chaquetas de piel con protección antibalas de metal; cuadros de la Virgen de Guadalupe que escondían cargamentos de droga; un altar de Jesús Malverde, el “santo” de los narcotraficantes, mesas de madera talladas con motivos de la santa Muerte...

Fundado en 1985, en la séptima planta del cuartel general de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), en la Ciudad de México, el Museo de Enervantes —así se conocen en México todas las sustancias que alteran la normalidad— comenzó siendo una sala con algunas explicaciones sobre el tráfico de drogas en México. En 2002 ya tenía diez salas para los cientos de objetos decomisados a los cárteles de las drogas. El museo creció en las épocas en las que los gobiernos presumían de sus capturas. Una dinámica que ha cambiado hace apenas unos meses desde que Enrique Peña Nieto impulsara la discreción de los operativos desde el manual Nueva narrativa en materia de seguridad, que fue distribuido en las instituciones de seguridad de todo el país.

El museo muestra las mil y una maneras de transportar drogas ilegalmente. La creatividad de los traficantes no tiene límites para lograr que su mercancía cruce la frontera con EEUU, su principal destino. Un grupo usó un cargamento completo de papayas a las que abrieron cuidadosamente y rellenaron con marihuana, las autoridades detectaron la droga por el trabajo de perros que olfatean las mercancías que pretenden llegar a la frontera. El sumergible de construcción casera, que no es más que un pequeño submarino con capacidad para un par de personas y que apenas desciende unos cuantos metros en el mar, fue detectado por los militares porque la improvisada nave debía de subir a la superficie para cargar combustible.

Otros métodos son más bien empíricos. Desde hace tiempo, los traficantes han lanzado cargamentos de drogas desde el aire al mar, pero la mercancía era detectada por el Ejército porque flotaba en el momento de caer al agua. Para impedir los decomisos, los capos ataron los paquetes con droga a cubos de sal, así el cargamento se hundía durante un tiempo hasta que la sal terminaba de diluirse en el mar y permitía salir a flote la carga.

La galería de imágenes del museo recuerda también los decomisos de drogas más grandes en la historia del Ejército mexicano. En una foto, un campo completamente árido tiene en el centro un plantío de marihuana en el que la hierba brilla intensamente. Eran 120 hectáreas en el estado de Baja California Norte, una zona semidesértica donde sería imposible sembrar cualquier cosa. Los narcotraficantes han reclutado investigadores que modifican las semillas de marihuana para sobrevivir en ecosistemas tan hostiles como el desierto, aseguran las autoridades, y poder sembrar en áreas que no son inspeccionadas por el Ejército. Las transformaciones de la droga para conseguir evadir los rastreos llegan también al tráfico de la cocaína. El polvo blanco es teñido de negro y los traficantes lo introducen en cilindros de tóner para impresora que cruzan la frontera empacados como mercancía legal.

Muchas de las piezas del museo reflejan el calado popular que han alcanzado algunos de los jefes de la droga. Jesús Malverde, un famoso bandido del estado de Sinaloa, es el “santo” de los narcos. Su santidad no está reconocida por ninguna Iglesia, pero en los mercados de México su imagen se vende para ser venerada y pedirle protección en los negocios. De Nazario Moreno, antiguo líder del cártel de La Familia en Michoacán, se expone en el museo una pequeña estatua de él vestido como un caballero templario armado con espada en un altar similar al de un santo.

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