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La nueva Villa Alcira - El pueblo tacana que se movió

Los pobladores indígenas trasladaron el pueblo a unos cuatro kilómetros, en un lugar más elevado.

La Razón (Edición Impresa) / Luis Flores

11:00 / 25 de julio de 2018

En la amazonia boliviana, el pueblo tacana Villa Alcira fue “desplazado” cuesta arriba y se apostó en un lugar más conveniente, debido a que la crecida del río Beni amenazaba constantemente a sus pobladores. La más reciente inundación en la región fue en 2014, cuando la lluvia hizo que los ríos crezcan y se lleven varias comunidades cercanas a los afluentes del este de Beni y del norte de La Paz. Ese año, el lodo y los árboles caídos por las lluvias destrozaron Villa Alcira. Hoy el pueblo se erige a unos cuatro kilómetros del antiguo poblado.

Al llegar a la comunidad se deja atrás todo el ruido de las grandes ciudades. El pueblo más grande, Rurrenabaque, está a 50 minutos en bote, que es la única forma de ingreso a la Organización Territorial de Base (OTB).

A unos pasos de la ribera se ve un letrero oxidado por la inundación que dice “Bienvenidos a Villa Alcira”. Las letras están borrosas; por detrás, la maleza cubre el inicio del antiguo pueblo. Más allá algunas maderas y algunos ladrillos desperdigados demuestran que antes existían casas y una escuela.

En el lugar se respira aires de fiesta. Ha pasado el 27 de junio, día del aniversario del pueblo, para el que apuraban las obras de construcción de una cocina y una sede social para celebrar con todas las de la ley. Los pobladores ya habían concluido una cancha y una escuela. Las 26 familias indígenas con machete en mano y algunas otras herramientas levantaron las nuevas habitaciones. En el antiguo poblado, algunos escombros de una iglesia, un colegio y una capilla siguen de pie. Isidora Apuri, corregidora de la comunidad, cuenta que trabajaron durante casi dos años para consolidar el traslado y que esperan terminar la mudanza para fin de año.

Para la fiesta del pueblo, los comunarios organizaron campeonatos de fútbol con cinco comunidades invitadas, baile y juegos para niños, entre otras actividades.

“En 2014 sufrimos mucho con la inundación y nos costó trasladarnos. Cuando el agua llegó, vimos que este lugar no fue afectado, por eso nos hemos subido acá”, cuenta Apuri. La mujer, que es autoridad en la villa, tiene unos 50 años, escanea con la mirada el antiguo pueblo para encontrar materiales que puedan servir en la construcción del nuevo.

Más arriba, ayudando a cortar tablas de madera, que es lo que más se tiene en el lugar y con lo que hacen sus casas y lugares de estar, Nicolás Janco —presidente de la OTB— cuenta que el trabajo no fue fácil. “Esperamos que la maleza seque un año para que vayan pudriéndose las raíces y los troncos gruesos”. Unas 20 familias ya se trasladaron, dice.

El Gobierno nacional entregó 17 casas en el lugar que eligieron, tras la catástrofe de 2014. “Todas las familias nos trasladaremos acá. Algunos ya lo hicieron con sus propios recursos, los que no pudimos y fuimos los más afectados nos hemos beneficiado con las casas del Gobierno”, rememora Apuri, quien llega al centro del nuevo pueblo con calaminas, que sacaron de la antigua sede.

Los pobladores se reúnen cada 15 días para organizar las labores de trabajo en la acción comunal. “Es una obligación”, dice Apuri, quien hace un ademán de amenaza que es para quien no asista y luego suelta una fuerte carcajada. “Nos falta varias cosas, tenemos que poner ahí como una tribuna, para que los visitantes estén más cómodos en la cancha, cuando haya partidos y eventos del pueblo”, coincide Janco. La multa si no se participa en la acción comunal es de Bs 200. En el trabajo de la cancha (el centro del pueblo) la multa llegó a Bs 400. “Si no cumplimos nos multan pues y no nos conviene pagar la multa, es fuerte”, dice en medio de risas la señora María Esther González.

Ella es una de las pobladoras que sigue viviendo en la zona baja, puesto que su padre Luciano González no quiere moverse de las tierras en las que vivió desde pequeño. “Sigo abajo, pero me quiero mudar aquí, por eso estoy trabajando en la acción comunal”, comenta en su casa en la zona baja.

Aun después de concluir los trabajos, señala Janco, faltará construir una nueva casa de corregimiento, una capilla y una casa para el único profesor que enseña en su escuela.

El centro educativo construido por los comunarios tiene un docente que enseña a niños hasta el cuarto curso de básico. Luego los menores que quieran seguir estudiando deben viajar por 50 minutos todos los días por el río para cursar los demás niveles en Rurrenabaque o en San Buenaventura.

Además del colegio, en 2014 la inundación destrozó prácticamente toda Villa Alcira. Las gallinas estaban colgadas en los árboles, al igual que algunos pobladores, los troncos grandes cayeron con plumas, rememora González. “En una carpa grande vivimos por un tiempo y comimos en ollas comunes”, cuenta con tristeza.

Después de unos días que bajó el nivel del agua, algunos indígenas regresaron a sus hogares y otra vez el río se desbordó. “Ya habíamos lavado todo y sacado el barro de nuestras casitas y otra vez se inundó, dos, tres veces”, lamenta González.

La corregidora Apuri cuenta que salió a vender arroz a San Buenaventura y cuando quiso regresar el río había crecido y se le hizo imposible cruzarlo. Ella en ese entonces vivía solo con su hija. “Por suerte salí con ella y nadie estaba en mi casa, pero lo perdí todo. Aunque sea a algunos los pilló aquí y sacaron sus frazadas y otras cosas”.

A pesar de las desgracias, Villa Alcira se reconstruyó. Uno de los ingresos de la población fue y es el turismo con el albergue y el zip line (descenso a través de una cuerda, cuyas terminaciones están en alturas diferentes). El pueblo se mudó, pero los pobladores son los mismos y son ellos quienes cargaron con sus pocas pertenencias y se instalaron de nuevo. Esperan que el agua, en tiempos de lluvia, no llegue a su nuevo asentamiento y de la mano del turismo y actividades como la pesca y la caza llevan adelante de una forma “comunal” a la nueva Villa Alcira.

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