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Virgen del Lago Prestamista

Los devotos visitan a la imagen en Jinchaca, a orillas del Titicaca.

reliquia. Jinchaca acoge a la imagen de la Virgen de Lourdes que hace más de 100 años llegó a Bolivia. Foto: Jorge Coariti

reliquia. Jinchaca acoge a la imagen de la Virgen de Lourdes que hace más de 100 años llegó a Bolivia. Foto: Jorge Coariti

La Razón Digital / Jorge Coariti

00:00 / 24 de septiembre de 2017

Le dicen “Banco-préstamo”, pero es la Virgen de Lourdes. “Tú te tienes que llevar una piedra de acá haciendo una promesa y debes devolverla un año después o tres, dependiendo de tu palabra. Así funciona. La Mamita siempre te pide algo”, relata uno de los yatiris de la zona de Jinchaca, ubicada a 15 minutos de Copacabana, a orillas del lago Titicaca. Un claro acento peruano destaca en su voz mientras espera la llegada de algún devoto para hacer su ritual.

Minibuses y taxis parten todo el día desde el mercado principal de Copacabana rumbo a Jinchaca. Cinco bolivianos es el costo normal del servicio, aunque éste puede variar dependiendo de la hora del viaje. La tarde es el momento del día en el que hay mayor afluencia de pasajeros.  

A Jinchaca arriban centenares de visitantes, la mayoría de ellos peruanos, durante todo el mes de agosto para que la Virgen escuche sus peticiones. El lugar, ubicado en la comunidad de Santa Ana, se caracteriza por la pesca. De hecho, antes de ingresar al lugar, por un camino empinado en el que los frenos de los autos dejan de tener potestad, se observa un letrero que indica: “Inca Chaca Ltda. Empresa productora de trucha”. La compañía pertenece y fue fundada por el mismo pueblo para el procesado de enlatados de esta variedad de pescado.

Si bien el lugar donde mora la imagen de la Virgen de Lourdes es territorio boliviano, un visitante podría creer que está en Perú por el acento que predomina en la región y porque el sol es la moneda de cambio para cualquier transacción.

Agosto es el mes en que los creyentes acuden masivamente al sitio para pedir ayuda.

15.00. La brama de centenares de personas es incontenible. El ritmo es frenético: por un lado se encuentran vendedoras de cerveza, mixtura, alcohol, vino, serpentinas y demás elementos para garantizar una buena ofrenda a la Pachamama; por el otro están yatiris, con botellas de alcohol en sus manos y hojas de coca en sus bocas, esperando clientes para sus sahumerios y rituales. El olor a incienso se mezcla con el de la cerveza; la gente se mimetiza en la montaña donde se encuentra la requerida Virgen de Lourdes.

El ritmo de la jornada lo marca el golpeteo de piedras al cerro. “Te tienes que llevar algo de acá”, repite el yatiri, y la gente, obediente, obtiene rocas para devolverlas como un recordatorio del pedido que hicieron. Tres años es el tiempo máximo de devolución. Las grietas profundas de la montaña revelan que ésta viene siendo martillada por muchos años.

La caída de las rocas desde lo alto del cerro provoca que muchas personas que recién inician el ascenso se asusten; deben subir con cuidado. Otras, más experimentadas, trepan la montaña con facilidad, utilizando una mano para sujetarse y la otra para conseguir la roca. Muchos la extraen antes de encontrar a la Virgen y otros lo hacen después; no existe un orden definido para realizar la tarea.

La fe casi se siente en el aire: las lágrimas caen en el rostro de personas que oran, mientras otras demuestran su felicidad en medio de una borrachera que termina llevándolos al suelo. También están los devotos que prefieren hacer sus oraciones con una vela en mano en un sector reservado para este fin. Este movimiento devocional en las faldas del cerro no hace más que sorprender a los pocos turistas extranjeros que visitan Jinchaca.Para observar de cerca a la Virgen hay que nutrir una fila que serpentea la montaña. El silencio se apodera de los creyentes cuando ya están cerca de su

“Mamita”, guarecida en una gruta profunda. La roca rodea a los fieles. Unas gradas de cemento con rejillas para proteger a los visitantes de una posible caída, marcan la ruta final.

“Un sol cuesta el boleto”, advierte una habitante de Jinchaca que es la responsable de vender los tickets de ingreso. En bolivianos, el boleto sale a dos con cincuenta. “Ocho de cada diez personas que vienen donde la Mamita son peruanas, por eso preferimos cobrar en soles”, explica a los bolivianos curiosos. 

Todos los días, desde hace muchos años, la mujer realiza el mismo trabajo, que se acrecienta en agosto, mes que coincidentemente se celebra la fiesta de la advocación de Copacabana, muy cerca de ahí.

El rostro de la imagen destaca entre la maraña de colores provistos por la serpentina, la mixtura y las flores que cubren su cuerpo. La estatua llegó a Bolivia desde Francia en 1905 como un regalo de Carmen Palma, una “destacada dama de Copacabana”, reza una plaqueta en el cerro.

Los devotos se acercan y se quedan viendo a la Virgen. Se intuyen ojos de amor, otros de fe, otros de súplica. Los más osados acarician su rostro; y algunos incluso se atreven a besarla. La mayoría se conforma con rezarle y los menos se van con temor de mirarla a los ojos.

Un fotógrafo, quien también es comunario del lugar, se ocupa de retratar con su cámara los momentos que muchas familias pasan en el sitio para luego venderles las imágenes como recuerdo.

Tras visitar a la Virgen, los devotos empiezan a hacer estallar cohetillos y el consumo de cerveza aumenta. La celebración es continua. Cuando anochece, las mujeres de la comunidad sirven platillos calientes o frutas a los familiares que llegaron por estas fechas para encontrarse con la Virgen y con los suyos.

Además dejan regalos envueltos en aguayos a los pies de la montaña. “Son regalos para la Mamita”, explican con recelo; es difícil acercarse a estas ofrendas por el temor a que sean robadas o abiertas por extraños.

Llega la noche y la mayoría de los visitantes comienza a retirarse de la zona. Más tarde ya no hay la disponibilidad de minibuses, solo de taxis para los que no llegaron en su propio transporte. Muchos de los asistentes trasladan los festejos con alcohol a sus automóviles.

Pocos se quedan a disfrutar de la noche en compañía del lago Titicaca. Sin embargo, a la izquierda del santuario está la bahía de Jinchaca, con una vista privilegiada del cielo estrellado y con caminos para explorar. Se trata de un recorrido que algunos fieles toman para cerrar una jornada dedicada a la fe y con la esperanza de que las piedras que cargan son una garantía del “préstamo” que les hizo la Virgen.

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