Escape

Un Volkswagen contra el holocausto zombie

Casi nadie está preparado para afrontar un cataclismo porque no lo imaginamos a la vuelta de la esquina.

Carlos Monje, alias ‘Monti’, es fan de Superman y de las historias apocalípticas como la estadounidense The Walking Dead. Foto: Álex Ayala Ugarte

Carlos Monje, alias ‘Monti’, es fan de Superman y de las historias apocalípticas como la estadounidense The Walking Dead. Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón Digital / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 28 de septiembre de 2014

Carlos Monje, Monti para sus amigos (y también para sus enemigos), es publicista, tiene rasgos parecidos a los de los dibujos animados —nariz afilada, gafas de pasta, patillas largas y anchas y el cabello ligeramente alborotado de un niño travieso—, 42 años y una peta vieja: un Volkswagen verde pino del 98 con la forma ovalada de un escarabajo en el que guarda víveres y medicamentos como para sobrevivir casi una semana.

El escritor Sergio Galarza asegura que todo aquel que prepara una maleta para utilizar en caso de emergencia “está de acuerdo con la idea de que algo malo puede suceder” en algún momento. Monti, que es afecto a la cinematografía de clase Z y a la literatura y los cómics que la inspiran, ha transformado su carro en una valija rodante porque piensa en algo de proporciones mayúsculas: un holocausto zombie, por ejemplo.

En 2007, un meteorito que lucía como una enorme y surrealista bola de fuego cayó a 20.000 kilómetros por hora en la aldea peruana de Carancas, justo en la frontera con Bolivia. Un año después, el pastor José Sarmiento Pari le diría al periodista Marco Avilés que en aquel instante pensó que acababa de comenzar el fin del mundo. En su crónica, Avilés nos cuenta que Sarmiento no tuvo tiempo ni de avisar a sus siete hijos ni de pensar en Dios, y tampoco de llevar a sus cinco vacas y 50 ovejas a un rincón seguro.

Casi nadie en América Latina está preparado para afrontar un cataclismo, para esconderse durante una hecatombe atómica o para el tan temido apocalipsis porque no los imaginamos a la vuelta de la esquina. Porque estamos convencidos de que algo así ocurre solo en la lejanía de un televisor, mientras bostezamos en un sofá mullido debido a que los efectos especiales del filme que estamos viendo no son lo suficientemente buenos. Y porque creemos que las grandes catástrofes son más propias de países a miles de kilómetros del nuestro. Pero Monti nos recuerda que nadie está a salvo de un virus mortal o de un terremoto. “Deberíamos estar listos para soportar cualquier tragedia —avisa—. Yo por eso decidí armar mi propio equipo de supervivencia, y siempre me pareció que el mejor lugar para que esté a la mano es la peta que manejo todos los días”.   

Para Monti, su Volkswagen del 98 es más funcional que cualquier cuatro por cuatro moderno. “Consume poco. Por la forma en que lo diseñaron es casi imparable. Tiene una plancha debajo bastante dura para protegerse de los golpes. Es fácil de arreglar y de mantener. Y con él puedes llegar a cualquier parte”, explica mientras trata de abrir la maletera del vehículo, que queda debajo de unos parlantes, tras el asiento trasero. Allí es donde Monti oculta su kit contra las fatalidades, que tiene más en común con el bolsón de unos padres inexpertos para salir de paseo con su wawa que con un arsenal de guerra.

Lo más habitual cuando uno se enfrenta a situaciones críticas es parapetarse en casa para cuidar las pertenencias. “Pero eso suele ser un error letal”, alecciona Monti mientras intenta acomodar mejor la vestimenta de repuesto: unos jeans, una cazadora, un impermeable, unas botas, un par de medias y una manta. “Si algo nos han enseñado series como The Walking Dead es que hay que dejar a un lado los romanticismos. Lo importante es que uno se mueva y cargue únicamente con lo indispensable como para subsistir cuatro o cinco días seguidos, es decir, lo suficiente como para adaptarse a los nuevos escenarios, agrupar a toda la familia y escapar de las aglomeraciones de gente”.

La dotación que ha ideado Monti consta de tres latas enormes de frijoles para repartir con su mujer y sus dos hijos (niño y niña), un paquete de galletas grande —“carbohidrato inmediato”, exclama entusiasmado—, leche en polvo y cinco litros de agua que cambia regularmente. Incluye además fósforos, una navaja Victorinox de esas que cuentan con 15 o 20 aplicaciones extra que casi nadie usa, desinfectante para frutas y verduras, una cinta sellalotodo, una pata de cabra, una linterna, bicarbonato para el lavado de dientes, toallas higiénicas para el aseo personal, una lupa de plástico, una tirachinas para la caza de pajaritos, un hacha que se convierte en pala y en sierra y diez metros de cuerda. La guinda es un botiquín con gasas, curitas, vitaminas, antibióticos, analgésicos, antidiarreicos y agua oxigenada, el desinfectante mágico que en la Segunda Guerra Mundial evitó miles de amputaciones en el campo de batalla.

“Y por si hubiera que abandonar el auto de repente, he metido en un morral chiquito más de lo mismo, pero en cantidades mínimas. Y mantequilla de maní, que es energía instantánea”, sonríe.

Le falta un estuche con hilo y aguja para coser. “Para coser heridas”, especifica. Y también, un CD con un buen mix de música: todavía no ha podido dedicar unos minutos a escoger el pack ideal de melodías para contemplar la destrucción de la Tierra.

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