Escape

Volver a caminar

El Centro de Miembros Artificiales Matthew Peppe devuelve pies y piernas gratuitamente desde su sede en la zona de Cristo Rey.

La Razón / Mabel Franco

03:02 / 24 de febrero de 2013

Nelly Zeballos iba por la acera con su bebé en brazos. No supo qué la golpeó, pero dice haber sentido como si le asestasen un hachazo en las piernas. Cayó en medio de un indescriptible dolor, pero ni así soltó a su hijo. El conductor que la había atropellado huyó dejándola ensangrentada. “Una pareja se detuvo; recuerdo que la señora me pidió al niño, que no sufrió ni un rasguño, y el señor me subió a su vehículo; ambos me llevaron al hospital”. Los médicos le salvaron la vida, pero no pudieron hacer mucho por la pierna izquierda y esta mamá de tres chicos se vio convertida, de un día para otro, en una persona incapaz de moverse sin ayuda.

Veintitrés años después, Nelly tiene a sus jóvenes hijos casi independientes. “Misión cumplida”, dice, mientras prueba su nueva pierna ortopédica en la pasarela del Centro de Miembros Artificiales Matthew Peppe, del Rotary Club La Paz San Pedro.

Es viernes antes de Carnaval y en las oficinas de la ciudad no se trabaja más. La gente ch’alla y pide favores o agradece a la Pachamama. En el centro que dirigen el médico Dante Chumacero y su esposa Ivonne Evia, la jornada es también de gratitud; pero a gente en concreto: la pareja solidaria, los técnicos que aplican sus conocimientos para moldear miembros lo más cómodos posible, los auspiciadores que desde el extranjero envían aportes o los voluntarios internacionales que se suman a la labor de devolver el deseo de vivir a quienes, sin una pierna o sin ambas, ven que el mundo se les acaba.

A Nelly, los rotarios la ayudaron hace casi cuarto de siglo. Le hicieron una pierna que ha resistido las exigencias de una mujer dinámica, inquieta.

“El trabajo, mucho más rústico entonces, ha demostrado ser tan bueno que sólo ahora Nelly ha venido a cambiarlo”, dice Ivonne, pedagoga de profesión y gerente del centro.

Con el nuevo miembro, que el técnico Florencio Calle se ha esmerado en moldear lo más parecido posible al de carne y hueso —“gordito, como mi pierna”, bromea Nelly—, la beneficiaria da pasitos y se apresta a arrancarle movimiento por nuevos 25 años, al menos. En una bolsa, lleva su antigua pierna; “no puedo dejarla, ha sido mi compañera, la he remendado incluso y por eso me la llevo”.

Florencio y Melany

Sólo si se presta mucha atención al caminar de Florencio Calle, se percata uno de que cojea. Moviéndose de un lado a otro, pareciera que se multiplica. Este hombre robusto, que hace milagros para muchos, perdió siendo joven una pierna en un accidente. Pagándose él mismo la prótesis, recibiendo ayuda de Tierra de Hombres —una ONG con sede en Cochabamba dedicada a ayudar a la niñez—, pronto pudo volver a trabajar. Su habilidad con las manos y su creatividad le valieron no sólo la admiración de sus jefes, sino becas en Sao Paulo y, ya como miembro del centro Peppe, en la India.

Florencio es como un mago. Toma las pruebas en yeso a los pacientes, trabaja el molde y vacía luego la resina de poliéster y fibra de vidrio.

Quizás porque él sabe bien lo que siente la persona, se esmera en que el trabajo sea especialísimo: el mismo color de piel, la forma bien torneada.

Fue por su empeño que el centro aceptó atender a la pequeña Melany. Esta niña nació sin una pierna y al año y medio su mamá buscó ayuda.

Como no tiene siquiera el muñón, no calificaba. Florencio propuso crear una especie de calzón que actúa como la cadera de la niña y entonces se puede empalmar allí el miembro faltante.

Hoy, viernes, Melany, que tiene cuatro años, va a recibir una nueva prótesis. “La mamá se descuidó y se ha perdido más de los seis meses establecidos. Como la niña crece, la ortopedia tiene que ser cambiada”, dice Chumacero. Antes del cambio que la dejará erguida otra vez, la pequeña sube y baja gradas, curiosea, habla y sonríe muy segura de sí, como si la terrible cojera no la molestase. Se ha acostumbrado bien a esa armazón que la primera vez la asustó tanto que se negaba a dar un paso. Todo el proceso está documentado en videos y fotos.

El hijo de Florencio, Raúl Jaime, ayuda en el trabajo y está aprendiendo del talento del padre y de otro de los técnicos del centro, Jorge López, especializado en reproducir la rodilla articulable. El prototipo y los conocimientos han llegado desde Estados Unidos. El aparato parece sencillo: bloques negros que se articulan entre sí. En realidad, es el resultado de una tecnología capaz de resolver el problema de la rigidez de una prótesis. Roger Gonzales, ingeniero mecánico, la ha desarrollado junto a un equipo de la Universidad de Tourneau (Texas).

Ivonne explica que no todas las personas, sobre todo las mayores, logran dominar esta rodilla. Gonzales lo sabe y ha trabajado otro aparato que acaba de llegar al centro: rodillas que gracias a una pequeña palanca manejada a voluntad por el paciente se pueden inmovilizar o liberar.

Un grupo de mujeres estadounidenses ha traído varias de estas prótesis por encargo del mecenas que es Peppe y la impaciencia de todo el equipo del centro por probarlas cuanto antes es inocultable.

En la sala de espera aguarda una mujer que, explica Ivonne, ha llegado desde Sucre acompañando a su esposo. A éste le amputaron una pierna debido a las complicaciones de la diabetes. El doctor Chumacero lo ha evaluado ya y Florencio le toma la impresión. En dos días más, como máximo, estará lista la prótesis y el hombre podrá volver a gozar de autonomía. “Después de que perdió la pierna —explica la esposa—, ha estado recluido, arrastrándose apenas con ayuda de un burrito. Averiguamos el precio de una prótesis y está lejos de nuestro alcance. No tenemos dinero, somos de la tercera edad y ya habíamos perdido las esperanzas. Un médico en Sucre nos contó de este programa del Rotary, llamamos por teléfono y rápidamente nos han aceptado. ¡Dios los bendiga!”.

Bendiciones se desean a cada rato en esta casa ubicada en la zona de Cristo Rey. Cuesta creer que en unas cuantas habitaciones, sencillas todas ellas, se devuelve algo más que un pie o una pierna.

“Hay muchas personas que, heridas por la fatalidad, se sienten un estorbo para sus familiares”, relata Ivonne. Éstos, sin poder hacer mucho, confinan al inválido y le hacen sentir, “como nos lo cuentan, que sólo esperan a que se muera”. Cuando llegan al centro, los pacientes suelen mostrarse tímidos. Apenas vuelven a pararse y a caminar, “les cambia hasta el tono de voz; ya no suplican, piden”, describe Chumacero.El equipo de “ángeles”, como les llama Nelly, va a repetir muchas veces el nombre de Martín Chaparro. Este hombre mendigaba en las calles de Oruro y su autoestima estaba por los suelos. Ya con sus prótesis y tras muchas conversaciones en las que Ivonne prueba ser una excelente psicóloga, Chaparro es hoy pieza clave del centro entre los orureños; es quien deriva los casos a La Paz.

Más de 300 personas le deben ese renacer a la obra de los rotarios. En 1993 comenzó el trabajo que, durante mucho tiempo, se concentraba en un programa corto, una vez al año. En tales circunstancias llegó a La Paz Matt Peppe, ingeniero electrónico y doctor en Ingeniería Mecánica. Este hombre vino de vacaciones por 15 días, supo de la obra y se unió a ella con entusiasmo. Se quedó dos años, construyó la máquina en la que se elaboran pies ortopédicos y otros equipos que hoy son parte vital del centro que atiende todo el año.

Julia Michía levanta los brazos al dejar la silla de ruedas. La mujer recuerda que durante tiempo sentía que se le helaban las piernas. No acudió al médico sino cuando era tarde: una trombosis estuvo a punto de matarla; está viva porque le amputaron ambas piernas por encima de la rodilla.

Los esposos Chumacero explican que el no prestar atención a las señales del cuerpo puede derivar en extremos como el de Julia. En el historial del centro hay casos como el de alguien que pisó un clavo y de-     satendió la herida, o picaduras de víbora mal tratadas (una niña sufrió los efectos de un torniquete). Pero, hoy en día, la causa más frecuente de amputaciones es la diabetes. Luego están los accidentes y, cada vez más, para alarma de estos rotarios, las quemaduras a raíz de descargas eléctricas.

Un ejemplo de esto último, que afecta a gente muy joven, es el de Juan Carlos Varón, Palito, chuquisaqueño que fue contratado en una construcción. Sin experiencia, cayó presa de una descarga de 30 mil voltios. Estuvo en coma varios días. Sobrevivió, pero con menos de 30 años ha quedado sin brazos ni piernas. El 29 de enero le pusieron estas últimas y, tras aprender a mantener el equilibrio, salió del centro caminando.

Las extremidades superiores no son repuestas. “El movimiento de un brazo es muy complejo; tenemos esperanza en las investigaciones que hace la carrera de Biotrónica en la Universidad Católica Boliviana”, dice el médico Chumacero.

En los registros se aprecian casos de muchachos que dominan de inmediato su pierna ortopédica y que incluso se montan en la bicicleta. La sonrisa en su rostro o las lágrimas en el del hijo que ve a su padre como era antes, es la recompensa para el equipo.

El centro va quedando chico, dice la pareja que confía en que más gente se una a la cruzada que da sentido a la palabra milagro.

Rotarios de cepa

Ivonne Evia Rodríguez, pedagoga, y Dante Chumacero del Castillo, pediatra, son la gerente y el director del Centro de Miembros Artificiales Matthew Peppe. La pareja, consecuente con la filosofía del Rotary Club, que ambos han presidido en la zona de San Pedro (La Paz), ha hecho que una de   sus alas de servicio a la comunidad se traduzca en el centro.

Los esposos donan su trabajo. Los técnicos son los únicos que perciben un salario. Voluntarios  de Inglaterra y Estados Unidos   se unen periódicamente al centro.

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