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Volver a empezar

Las hermanas adoratrices que ayudan a mujeres que escaparon de la prostitución.

La Razón (Edición Impresa) / Isabel Gracia

00:00 / 05 de julio de 2015

Gladys es bajita, delgada y tiene la tez aceitunada. Lleva ropa deportiva y dos trenzas cortas que le resbalan por los hombros. Su segundo hijo, de los tres que tiene a sus 32 años, la acompaña de la mano. “Andá a jugar”, le indica. Gladys sube las escaleras del centro que las hermanas adoratrices tienen en El Alto, para apoyar a mujeres trabajadoras sexuales que lo son en contra de su voluntad. Con una mano se apoya en la pared mientras sube la pierna derecha con esfuerzo. Su andar refleja una leve cojera fruto de una reciente operación de cáncer de útero de la que todavía se recupera. Dice que perdió el miedo al quirófano gracias a la hermana Alina que la acompañó en todo el proceso. “Siempre se preocupa por nosotras, si no fuera por ella, no sé dónde estaría”, expresa convincente.

Alina —mediana edad, voz templada y rostro apacible— es la trabajadora social del instituto que las religiosas adoratrices fundaron en esa ciudad hace 12 años, labor que compatibiliza con su trabajo en un centro de salud donde atiende a trabajadoras sexuales y personas con VIH/sida. Alina conoció a Gladys en una de sus muchas visitas a los lenocinios de la 12 de Octubre, un reducto donde la violencia hacia la mujer muestra su lado más perverso. Una avenida con más de 25 locales en los que adolescentes, jóvenes y adultas, venden su cuerpo por unos cuantos pesos y se ven expuestas a todo tipo de vejaciones, enfermedades y vulneración de derechos

En Bolivia, el trabajo sexual no está penalizado ni tampoco legalizado, por lo que este vacío legal afecta negativamente a las mujeres, el último eslabón de un negocio que mueve ingentes cantidades de dinero y del que solo lucran unos pocos.

“La licenciada Alina me decía ‘ve a estudiar, sal de este lugar’. Yo nunca le hacía caso”. Durante el día, Gladys descansaba y cuidaba de sus hijos y en la noche iba a trabajar. No quedaba tiempo para capacitarse y aprender un oficio.

En el país hay un poco más de un millón de mujeres que ejercen el rol de jefas de hogar. Las escasas oportunidades laborales y la necesidad de sacar adelante a los suyos hacen que muchas vean el trabajo sexual como la única opción de supervivencia. Aunque también hay otras que eligen este oficio —el más antiguo del mundo— como una opción laboral más y reivindican su legalidad para acceder a condiciones de trabajo más dignas. El grueso de mujeres que ejerce la prostitución tiene entre 18 y 33 años y como mínimo un hijo a su cargo. La mayoría no tiene estudios más allá de la secundaria.

Gladys se enorgullece cuando cuenta que lleva más de seis meses alejada del mundo de la prostitución, algo que su actual pareja no aprobó. “¿De qué vamos a vivir ahora?”, le manifestaba. Más que intimidarla, ese comentario le dio las fuerzas necesarias para alejarse de él. Este fenómeno se conoce como “proxenetismo indirecto” —donde la línea entre la relación de pareja y el proxenetismo es difusa— y afecta a un número muy alto de trabajadoras sexuales.

La historia de Gladys, como la de muchas jóvenes que entran en el mundo de la prostitución, está ligada a la desestructuración familiar. De su infancia solo conserva el recuerdo de la pobreza, de cómo dormía con sus hermanitos en el suelo frío de su casa arropados por la pollera de su madre, que la dejó en manos de una señora cuando era un bebé de dos años porque no podía mantenerla. Gladys fue criada en el oriente del país, donde sufrió explotación laboral desde los siete años hasta su adolescencia. “La mujer tenía una pensión, me hacía limpiar todo el día y no me pagaba”.

A los 15 años quedó embarazada de un chico que le llevaba algunos años —que la maltrataba— y decidió emprender un nuevo destino junto a su hijo.

Volvió a La Paz, a buscar de nuevo el calor de su madre y hermanos, pero las puertas de su infancia no se abrieron y la única opción que le quedó fue la calle. Una tarde lluviosa del mes de febrero, mientras se resguardaba con su hijo de la tormenta en la avenida Buenos Aires, en la zona oeste paceña, una señora de mediana edad se le acercó.

 - ¿Por qué lloras hijita?, le dijo cariñosamente.

- Mi bebé tiene hambre, y no tengo nada para darle, respondió Gladys.

- Si quieres trabajo, yo te puedo ayudar.

 Así, sin darse cuenta, se metió de lleno en el mundo de la prostitución. Durante un tiempo estuvo en los clubes nocturnos de La Paz y El Alto. “Me decían que como era nuevita me pagarían bien”. El primer día de trabajo no dejó de llorar, se sentía mal, se le revolvían las tripas, y solo pensaba en su pequeño.

 Escondió su trabajo a familiares y amigos y se marchó a Oruro, cuando un conocido de sus padres la descubrió. Una característica del trabajo sexual es que está muy ligado a la migración. Los lugares que se organizan en torno a una fuente de producción —como es la minería— tienen un mayor flujo de trabajadoras sexuales que se mueven en busca de protección de identidad y mejores ingresos.

El éxodo rural y el surgimiento de núcleos periurbanos en lugares donde el dinero está en constante movimiento, como en El Alto, hacen que el trabajo sexual vaya en aumento. Sin embargo, esas poblaciones son al mismo tiempo vulnerables a las crisis: atraen a los migrantes en épocas de auge y expulsan a la población cuando se derrumba su actividad económica. De esa manera, el ciclo de la mujer trabajadora sexual y la migración se perpetúa, generando desarraigo y vulneración de sus derechos.

Así viven varias miles de mujeres en Bolivia, que además soportan la impunidad y la complicidad de los agentes de justicia, una situación grave que elimina cualquier posibilidad de resolución del conflicto y las revictimiza. Según un estudio de la Defensoría del Pueblo de 2013, de todos los expedientes de casos revisados en materias relacionadas con los derechos de las mujeres, el 71,2% fue rechazado por los fiscales por falta de pruebas y de éste el 41% corresponde a delitos sexuales.

Ahora, mientras su hijo menor juega en la guardería que las hermanas adoratrices tienen dentro de la institución, ella se capacita junto a un grupo de mujeres que también vienen del mundo de la prostitución. Desde hace un año acude todas las tardes al centro a pasar clases de repostería. “Cuando vengo aquí se me olvidan todos mis problemas, me siento feliz”, señala mientras se seca el sudor de la frente con el brazo. Las hermanas adoratrices, al frente del Centro Santa María Micaela, apoyan a cien mujeres como Gladys que cada semana acuden a la sede para aprender oficios variados, como peluquería, costura, repostería, orfebrería o cotillón. También les ofrecen apoyo psicológico, social y espiritual. “Para nosotras es muy importante que recuperen la confianza y autoestima para que crean en ellas mismas y salgan de una situación que no han elegido”, sostiene la trabajadora social Alina Cuesta.

El objetivo que motiva al grupo de religiosas es que las mujeres no vean a la prostitución como el único medio de sub- sistencia, sino que a través de la mejora de sus capacidades se les abra un abanico de oportunidades laborales. “Ya no me planteo volver a lo de antes —afirma convencida mientras su hijo se le acerca y le pide agua—, la hermana Alina apareció como un ángel en la tierra dispuesta a ayudarme”. Como parte del programa de integración e inserción social —que apoya Cáritas— la institución ofrece a las mujeres un capital semilla para el emprendimiento de un negocio. Gladys se emociona al pensar en su propia pastelería. Empezará comprando los insumos para trabajar desde casa y cuando reúna lo suficiente abrirá su local, “modesto”, recalca sonriente.

Su sueño es ser independiente y ver a sus hijos crecer lejos de los escenarios en los que la vida la colocó a ella. “No quiero que nadie me diga lo que tengo que hacer. A partir de ahora yo soy la dueña de mi futuro y del cuidado de mis pequeños”, piensa en voz alta mientras los ojos le brillan al contemplar a su retoño.

Explotación sexual comercial

Según Save the Children, la explotación sexual se refiere “a todo abuso en una situación de vulnerabilidad, de relación de fuerza desigual o de confianza con propósitos sexuales; lo que comprende aprovecharse material, social o políticamente de la explotación de otra persona, así como obtener gratificación sexual personal”.

Entre ellas pueden citarse la prostitución infantil, la trata de niños a efectos de su abuso y explotación sexual, la pornografía infantil y la esclavitud infantil.

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