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Volver a Remar: El sueño de una vida mejor

Remar Bolivia es una institución benéfica sin fines de lucro con presencia en 68 países. Recibe ayuda en los teléfonos 706-12886 y 2312106.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

00:00 / 04 de octubre de 2015

Alexander sabía que lo iban a matar. En el barrio se corrió el rumor de que lo descuartizarían antes de prenderle fuego como señal de escarmiento. Era la Bogotá entre la bisagra del anterior y nuevo milenio, donde este hombre de raza negra tuvo un duro idilio con las drogas, el alcohol y la calle en la que pululó por ocho años. La etapa final, el tocar fondo, llegó con las fumadas del “bazuco”, como se le llama en Colombia a la pasta base de cocaína, muy popular en las principales ciudades de los países andinos como el boliviano. Vivía en un oscuro callejón sin salida.

Entonces el flaco y encorvado muchacho, maltratado por la ponzoña de la adicción, buscó refugio en el seno de su hogar, donde su madre le abrió las puertas tratando de ayudarlo como cuando era un niño. Un buen día de 2000 en que ambos viajaban en micro, escucharon la voz salvadora para Alexander: un misionero de la fundación Remar que había sido rehabilitado y buscaba redimirse con el mundo socorriendo a otros que viven lo que para él era parte de su pasado. “Yo había tenido muchas recaídas y mi madre era la que más sufría. Me llevó donde psiquiatras, brujos, (recurrió a la) medicina natural, en fin, hizo de todo por recuperarme”. Hasta que la amenaza de muerte le hizo repensar las cosas. “Esos ‘parses’ (camaradas) no se andaban con chiquitas, yo sabía que si no salía de ese mundo iba a acabar mal (Alexander llegó a delinquir por una dosis y comer de la basura). Fue cuando escuché a ese chico en el micro, mi madre y yo le prestamos atención y finalmente ella me convenció de buscar ayuda”.

El inicio fue despiadado. Tras ocho años de haber permanecido expuesto a todo tipo de drogas, la abstinencia empezó a hacer lo suyo y el sufrimiento por abandonar eso que lo estaba matando se traducía en noches de insomnio y estremecimientos. “Pero con la ayuda de Dios y los voluntarios empecé a mejorar. Jesucristo fue cambiando de a poco mi vida y en agradecimiento a él decidí quedarme en la institución que me ayudó a recuperar y así ayudar a otros”, recuerda. Alexander hoy tiene 39 años y lleva 15 de rehabilitado.

Se hizo misionero, transmite la palabra de Dios y en esa tarea ha viajado por Ecuador y Perú hasta aterrizar en suelo boliviano, donde formó un hogar junto a una mujer que le ha dado dos “hermosos hijos”.

“Para mí ha sido muy fácil entrar en el mundo de los vicios, y los factores son siempre similares, pobreza, carencia de imagen paterna, además de que uno cuando es chico busca pertenecer a un círculo donde supuestamente la pasa bien. Hay que tener una guía espiritual, algo que le dé sentido a nuestras vidas. Es lo que siempre les digo a quienes buscan rehabilitarse”, afirma Alexander.

John Ugalde es el presidente de Remar Bolivia. Ha llegado a ese cargo después de superar sus males con los estupefacientes y la bebida, y trabajar por varias ciudades de Europa llegando a Sudamérica con la misma premisa: ayudar a otros con la palabra de Dios. “Nuestra tarea es rehabilitar a los marginados, que son personas que están al margen de la sociedad por algún problema, ya sea droga, alcohol, alguna forma de maltrato. Remar es un brazo social que ayuda a este tipo de personas; tenemos presencia en siete departamentos del país con refugios dirigidos a todos”.

Para Alexander es necesario ser consecuente en la lucha. “La primera vez que me interné estuve un año. Salí pensando que ya estaba curado, pero volví a caer. Y las recaídas son lo peor”, señala este colombiano encargado del traslado de los pastores y misioneros a sus diversas sedes arriba de un jeep, el cual también utiliza para recoger la ropa que alguna gente dona para los internos.

Los refugiados por alcoholismo son un caso recurrente en las instalaciones de las casas de rehabilitación de Remar. Para el médico especialista en el tema Arnaldo Rivero, se trata de “una enfermedad crónica que daña el organismo, el funcionamiento familiar y social y puede ser causa de violencia, conductas antisociales, desavenencias familiares, accidentes e incluso de homicidios. La falta de la bebida provoca síntomas de abstinencia y hasta donde ha podido determinarse, ningún alcohólico ha dejado de serlo aunque sí es posible la reinserción social”.

Rubén es uno de los que cayó en garras del líquido que mata de a poco. Empezó a tomar a los 15 años “en el colegio”, pero la cosa se le fue escurriendo de las manos hasta perder el control en el consumo que empezó a dominarlo. De tomar socialmente llegó a emborracharse semanas enteras con los consabidos escándalos y maltrato a su propia salud.  Ha perdido a sus amigos, su trabajo, “pero gracias a Dios, mi esposa y mis hijas siguen conmigo en esta pelea”, afirma. Este mediano hombre se quiebra y deja caer un par de lágrimas. Se nota que experimentó cosas feas perdido por el licor. “Y como dicen, una cosa lleva a la otra. Me he visto envuelto en el consumo de drogas, peleas, traiciones, le he robado a mis padres, todo muy mal”. Cuenta que había perdido su dignidad como hombre, “ya nadie me creía, en mi trabajo fui muy irresponsable, todo por un vaso de trago”. Rubén se encuentra en plena fase 1 de desintoxicación. Hasta la publicación de esta revista ha cumplido un mes buscando su redención y asegura que con la ayuda de Dios lo va a lograr.

El ‘Robafocos’

Se trata de un personaje mítico en el lumpen paceño. Fue un reconocido habitué de las carceletas de la hoyada paceña y de otras ciudades. Tiene la “chapa” de Robafocos porque mide 1,80 y, según los policías, uno de sus trabajos consistía en desenroscar bombillas eléctricas para operar en la oscuridad total.

Se salvó de morir en repetidas oportunidades. La situación más grave la vivió cuando se encontraba recluido en la cárcel de máxima seguridad de Chonchocoro, donde tuvo de compañeros a famosos presidiarios como El Petas, El Fantasma, Rodrigo Frías y Blas Valencia. “En la cárcel tienes que estar de un lado, yo por defender a uno casi recibo un cuchillazo. Pero Dios es grande, mirá dónde estoy ahora”.

El Robafocos es un agradecido con la vida. Muchos de sus excompañeros murieron en ajuste de cuentas y no entiende cómo se salvó. Tiene a su cargo el cuidado de las lechugas de una de las carpas de la sede de Remar Viacha, a 20 kilómetros de la Ceja, además de la supervisión de la sala de videos donde pasan películas evangelizadoras. Y es que allí, las labores son agotadoras. “La desintoxicación que toma cerca de tres meses y es el periodo más duro se logra de esta manera, los traemos a lugares alejados donde no podamos incomodar a los vecinos con nuestra tarea, además de que ellos no se vean tentados con escapar del lugar en busca de drogas”, sostiene el presidente de Remar Bolivia. La rutina de los 38 hombres en la sede de 13 hectáreas en Viacha se inicia muy temprano, a las seis de la mañana, con un acto de fe al rezar y brindar sus testimonios de vida. Luego desayunan y se dirigen a cada una de sus ocupaciones. Son seis grupos dedicados a la limpieza, cocina, carpas solares, carpintería y la cría de animales de granja. “Se trata de tener orden en la vida”, manifiesta Roberto, otro de los internos que supera sus días de alcohol.

Ellos mismos son los encargados de preparar sus comidas con lo que cultivan en las carpas, “hacemos almuerzos completos con sopa, segundo y si hay, algún postre”. Reciben donaciones para el alimento diario y la mejora de sus instalaciones; hace dos semanas, el embajador de Japón en Bolivia, Hidehiro Tsubaki, donó a nombre de su país un sistema de agua que se suma a otras asistencias como el equipamiento para un taller de carpintería y otro para la panadería del lugar. La finalidad es hacer sostenible la reinserción social.

Al mediodía almuerzan, hasta las dos de la tarde descansan y luego retornan a sus quehaceres hasta las cinco. “Los lunes, miércoles y viernes hacen deporte, ya sea fútbol o en el gimnasio, actividades que combinamos con lecturas”, señala Ugalde. Entre los internos hay verdaderos artistas. Como aquellos que construyen un barco dentro de una botella. Solo necesitan un pedazo de madera, mondadientes, hilos de diversos colores, pegamento y una botella de vidrio. “Demoro un día en armar uno de estos. Me sirve para tomarlo todo con más calma, afuera uno vive muy rápido, de manera muy violenta.

Yo vengo de la cárcel de San Pedro después de haber abusado de las drogas”, dice Juan Pablo.

Ugalde recuerda que el ingreso a cualquiera de las sedes de Remar es voluntario, que no está permitido el uso de alcohol, tabaco, psicotrópicos o cualquier sustituto de las drogas. “El interno debe someterse a un registro en el momento de su ingreso y solo recibirá llamadas al mes de su internación, previa autorización de los encargados y conforme a su comportamiento”, explica.

Entonces, Rubén se acerca al grupo y tras bendecir a sus hermanos ofrece las frutillas que acaba de cosechar. Roberto acaricia a “Huguito”, uno de los chanchos que fue criado por ellos desde su nacimiento y es la mascota del lugar, mientras el Robafocos insiste por un partido de fútbol. “Claro, pero antes debemos rezar”, propone Alexander, el misionero. Cierran los ojos y piden por ellos y sus seres queridos. En nombre de Dios. Y de la vida.

Rehabilitación y reinserción de marginados

Remar fue fundada en la ciudad de Vittoria, España, en 1982, por Miguel Díez Álvarez y su esposa Mari Carmen Jiménez. Su sigla significa Rehabilitación y Reinserción de Marginados, nació como fruto del deseo de ayudar a todo tipo de marginados.

Tras ser rehabilitados y reinsertados en sus trabajos y familias, muchos de ellos se han quedado en la institución para dedicar sus vidas a los necesitados, pasando de ser personas negativas para la sociedad a útiles y benefactoras que ayudan a otros a salir de toda clase de marginación, llegando en la actualidad a estar en más de 70 países. Remar Bolivia inició sus labores en Bolivia en 1997, cuando desde el Perú el Pastor Valeriano envió a siete misioneros a iniciar la obra en Bolivia, que en la actualidad cuenta con 20 inmuebles, los cuales funcionan como Casas Hogares, Casas de Acogida, Casas Matrimoniales, Casa para Niños, Centros de Rehabilitación, Comedores Benéficos, Consultorio Médico, Medios de Comunicación, Oficinas, Iglesia Cuerpo de Cristo, Talleres, etc. “En La Paz se pueden acercar a la oficina de San Pedro (Calle Linares Nº 1074) siempre con un familiar o una amistad que dé conformidad del asunto. Detectamos el problema que tienen, si es varón o mujer, para enviarlos a alguna de nuestras casas de acogida preferentemente fuera de la ciudad para desintoxicarla”, dice John Ugalde, presidente de Remar Bolivia.

Las sedes en La Paz se encuentran en Nuevo Alto San Pedro, Mallasa, zona Central, Río Seco y Viacha.

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