Escape

Woof Club, aventuras de perros y humanos

Amantes de los perros organizan viajes a todo Bolivia y el exterior junto a sus mascotas.

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda / La Paz

02:37 / 07 de marzo de 2018

Al ver su Ipad de dibujo en la mandíbula de Jaguer— el perro que había rescatado— Álvaro Porcel tomó una decisión. Se le acercó y le dijo: “No te puedes quedar aquí, eres muy destructor”, luego comenzó a escribir entradas en su cuenta de Facebook, buscando una persona responsable que estuviera dispuesta a cuidarlo y a darle el espacio de juego que requería. Al poco tiempo, el cariño de Jaguer hizo que cambiara de opinión, pero su exceso de energía seguía siendo un problema, así que comenzó a investigar un poco más.  

“Me di cuenta de que si bien es un perro criollo, tiene algo de pastor catalán. Son animales grandes que necesitan hacer mucho ejercicio, por eso se me ocurrió llevarlo a caminar por diferentes lugares de la ciudad, como el Sendero del Águila (en Aranjuez), por ejemplo”, detalla el egresado de Ingeniería Ambiental, que además se desempeña como diseñador gráfico.

Jaguer llegó tan cansado que apenas se movió el resto del día. Gracias a las expediciones que hace junto a su dueño, su nivel de energía fue regulándose poco a poco. Ahora es cariñoso, tranquilo y menos torpe que un perro de su tamaño.

Esta fue la semilla de lo que es Woof Club, un espacio que se dedica a organizar caminatas, viajes y socializaciones de canes y sus dueños desde 2017. Tiene casi 700 miembros, entre antiguos y nuevos, que se organizan para investigar más sobre sus mascotas y llevarlas a conocer lugares de La Paz, Bolivia y el exterior.

“Hemos ido de caminata a Hampaturi, Zongo, la Cumbre y el Takesi; visitamos Coroico, Sorata, el Illimani, Sajama, Copacabana, la Isla del Sol y fuimos a Tacna para Año Nuevo. En menos de un año hicimos 29 viajes, todos con los peluditos”.

El primer viaje lo organizaron Álvaro y su amiga Claudia Espejo. Para asegurarse de que fueran más personas y para evitar conflictos entre los perros, propusieron una primera reunión de socialización junto a los canes de los interesados. Entre cinco y seis personas respondieron a esa primera convocatoria y se quedó en que el grupo recorrería el camino del Takesi.

Eligieron el feriado de Semana Santa para hacer la ruta y, casi sin esperanza de más adhesiones, se creó un evento en Facebook. La respuesta fue mayor a la que esperaban: 35 personas y 39 perros se lanzaron a emprender esta aventura juntos.  

“La mayor parte de los dueños se preocupó mucho más de los perros que de ellos mismos, incluso yo. Llevamos un montón de comida: en mi mochila cargué dos kilos y más de croquetas para Jaguer, sus mantas y hasta sus platos. Todos estábamos muy inseguros, no sabíamos cómo se iban a comportar las mascotas”, cuenta el diseñador paceño de 34 años.

Los dueños quedaron sorprendidos y aprendieron a confiar en sus mascotas. Las 39 se divirtieron mucho, sin agresiones, y se mantuvieron pendientes de sus amos. A los 20 minutos de empezado el recorrido, los que aún tenían a sus perros con correas los dejaron libres y comenzaron a notar en sus animales muchas acciones instintivas que no conocían.

Los perros de raza grande mostraron sus aptitudes como pastores cuando se cruzaron con rebaños de ovejas o llamas. Los pequeños se revelaron como cazadores, agazapándose entre la hierba para perseguir pájaros o ratones. También eran los más propensos a revolcarse en el excremento de otros animales o en la sangre de alguna criatura muerta. Esta conducta extraña les mostró a las personas que en realidad no conocían las características de las razas de sus perros.  

“Entendimos que los vemos casi como bebés y no está bien. En el campo muestran todo el instinto que tienen reprimido en nuestros hogares, porque no tienen las condiciones para desarrollarlo”. Los pequeños perros actuaban así —según las averiguaciones de miembros del Woof Club— porque reconocen que en campo abierto son más propensos a ataques de predadores, así que cuando tienen la oportunidad camuflan su olor.

Casi una treintena de aventuras después, el club tiene transporte confiable, con conductores que también aman a los animales. Todos los participantes pagan por el asiento que ocupan, además de uno para su mascota y ya en el viaje se hace una colecta para darle una propina al chofer. Los dueños de los perros que pierden mucho pelo resolvieron hacer cubiertas especiales para los asientos; así, los dueños de los buses ven que sus vehículos están protegidos. Y como contratan todo el bus, pueden parar donde desean. Además consiguieron mochilas especiales para que los perros lleven su comida y agua.

Álvaro examina previamente la zona a visitar junto a Jaguer para hacer un reconocimiento de los senderos y asegurarse de que no hay grandes peligros. Luego se acerca a la comunidad y pide permiso para llevar al grupo. Muchas veces se han quedado en albergues comunitarios que existen en algunos pueblos, rentando toda la instalación para mayor comodidad. “Tratamos de ser los únicos huéspedes para que no hayan problemas. Cada persona se hace cargo de limpiar las heces de su mascota, incluso cuando caminamos, y de dejar las habitaciones en buen estado”.

Algo que quedó claro para el líder del club es que el comportamiento de los animales depende en un 85% de quién los cuida. Por eso también se dedican a educar. Tienen socializaciones todos los fines de semana por la tarde en el Montículo (Sopocachi), en el parque junto a la estación de Mi Teleférico en Alto Obrajes y en El Alto, al final de la Avenida del Policía. Ahí los miembros se conocen, aconsejan y permiten que sus perros generen confianza con otras personas y otros animales, creando lazos de amistad y cuidado.

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