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Yanalpa, comarca fronteriza con historia

Ubicado a 18 kilómetros de Villazón, este pueblo cuenta con pinturas rupestres.

La Razón (Edición Impresa) / Angélica Melgarejo

00:00 / 01 de marzo de 2015

Molles, sauces y álamos adornan el paisaje de color rojizo que puede admirarse desde el mirador natural en esta comunidad de Villazón, asentada en la línea limítrofe entre Bolivia y Argentina, y que se constituye en la primera parada del recorrido turístico en la región fronteriza del país. Yanalpa, ubicada al oeste de la población urbana de Villazón, distante a 18 kilómetros, es un lugar de clima agradable y con varios atractivos para visitar. Una hacienda brinda la oportunidad de conocer la historia de la región, además de las pinturas rupestres que fueron plasmadas en inmensas rocas.

En el viaje desde Villazón se cruza por el Cañón de la Penitencia, otro mirador natural desde donde se observa una cascada que da la bienvenida a los viajeros. El camino sinuoso conduce a la cabecera de valle donde deslumbran las serranías de tono rojizo. “Yanalpa significa tierra negra, fértil. En el lugar se vive de la producción, aquí cultivamos maíz, papa, cebolla, una variedad de hortalizas y fruta, tenemos durazno y manzana, ése es el sustento de los habitantes, cosechamos todo y vendemos los productos en Villazón”, cuenta Juan Carlos García, comunario de la zona.

Su gente se dice “fronteriza” porque a un kilómetro de la comunidad se encuentra la línea limítrofe con los vecinos argentinos; la sección III del hito 8 se halla a un costado del camino de ingreso a la población. En Yanalpa conviven 60 familias, según Dámaso Herrera (81). El lugar era una gran finca y los abuelos de los pobladores eran peones. “Eliseo Wayar fue el último dueño de la hacienda, dejó el lugar a la comunidad y volvió a la Argentina”, recuerda don Dámaso. “La casa de hacienda”, como llaman a esa vetusta casona que quedó en el centro del poblado y donde albergan a los visitantes, cuenta con un camping donde existe una capacidad de albergue para 20 personas. “Cuando yo era chico trabajé aquí, venía a servir a los patrones”, afirma Dámaso, quien actualmente vive en La Quiaca, Argentina, y de vez en cuando regresa al lugar que lo vio nacer. “La finca nos la han regalado, el patrón ha caído cuando Víctor Paz Estenssoro entró al gobierno”, dice al recorrer con la mirada el horizonte. Según el anciano, mucha gente dejó el lugar y migró hacia el país vecino porque es imposible sobrevivir solo con la siembra de productos. “Salen y no vuelven porque no hay vida, tampoco hay terrenos grandes para sembrar, no hay mucha agua porque el agua que cruza viene de la Argentina. La vida es difícil, por eso la juventud no quiere vivir aquí. Yo digo que a pesar de tener luz y agua en mi casa, nadie quiere comprarla”.

Turismo comunitario

El territorio “yanalpeño” se extiende desde el límite argentino hasta La Angosta, que también es el ingreso a otra comunidad de nombre Sococha. Hace dos años que comenzaron a trabajar con turismo comunitario; la gente empezó a visitar la zona pero requieren más turistas “para que nuestros hijos no salgan, se queden aquí”, manifiesta Rosa Chosco, comunaria del lugar. “Desde el 2012 se abrieron las puertas a los turistas, a quienes recibimos con la ropa típica de la región que se asemeja al atuendo del Norte argentino”.

Allí ofrecen no solo un lugar para pernoctar, también comida y visitas guiadas al Molino de Piedra, a los petroglifos y sendas a caballo para admirar el paisaje, cuyo paseo tiene diferentes costos, desde 10 hasta 30 bolivianos, dependiendo de la distancia a recorrer. Los lugareños aseguran que no se capacitaron como guías turísticos, pero no existe nadie más que ellos para mostrar los atractivos de la región, pues la conocen a la perfección. Doña Rosa cuenta que iniciaron el trabajo organizando festivales en los que la música de la región, la vestimenta y la comida fueron exhibidas a los visitantes. “Las coplas solo se escuchan en carnaval y los disfraces también son de la época”, explica la mujer, quien añade que el atractivo mayor son las piedras con pinturas rupestres o petroglifos.

Y es que alrededor del pueblo se divisan varias figuras en enormes peñascos, desde constelaciones cósmicas y reptiles hasta figuras incaicas. Los grabados se extienden a Sococha, que se constituye en un museo al aire libre de incalculable valor. “Mostramos nuestra cultura, somos pocos pero buenos y estamos a disposición de los visitantes”, asegura Sandra Herrera, otra lugareña. Carlos Álvarez, responsable de la operadora Aventura del Sur, explica que los paisajes, vegetación, producción frutícola y tejidos son los mayores atractivos. “La uva de la zona es la más codiciada, es menudita y de sabor agradable”, dice respecto a la fruta. En cuanto al paisaje, “uno se imagina al llegar a Villazón que todo es pampa, pero si venimos a esta zona disfrutamos de la cabecera del valle y formaciones rocosas inimaginables”, asegura.

Además de pasear por la zona y cabalgar sus senderos, es posible realizar actividades de deporte extremo, como el rapel. “El descenso va desde los 35 metros, es el lugar más bajo para el rapel, pero hay más altos”, cuenta el guía de turismo. “Ir al lugar ya es una aventura” porque es desconocido incluso por los pobladores de Villazón, “hay lagunas, ruinas, valles, mucho por conocer e investigar”, dice Álvarez. Los colores de las rocas y los grabados hacen al patrimonio de todas las comunidades. “Son de la cultura Chicha”, es la versión que manejan los lugareños respecto a estas figuras también conocidas como petroglifos en la región.

“Están bien conservados y hacen referencia a los antepasados de la zona”, refiere el guía. “En Sococha se encuentran varios petroglifos, existen en toda la quebrada, hablamos de arte rupestre y ésta es solo una muestra”, explica Enrique Sayquita, corregidor del poblado. Los grabados son los únicos visibles, “existen más pero la falta de protección impide el ingreso de la gente, hay que cuidarlos no solo del temporal (sol y lluvia), también es necesario evitar que los visitantes pongan las manos en los dibujos. No se puede tocar ni sacar fotos con flash, porque las manos están grasosas y esta grasa los daña, son igual a las pinturas. La luz del flash también ocasiona deterioro y es necesario cuidar los petroglifos”, detalla Sayquita.

Pero aunque los dibujos tienen un incalculable valor paleontológico, nadie se percató de la importancia de los mismos, algunos fueron afectados por los pobladores que descascararon las rocas, otros se llevaron parte de las piedras y algunos visitantes perpetuaron sus grafitis. “No estábamos al tanto de las cosas que existen en la zona, últimamente se está dando apertura a la cultura. Hay mucho por descubrir y mucho que se perdió”, señala Álvarez. En el lugar había un molino “tremendo” que se perdió, era de piedra y ya no existe, quedaron los grabados y, según Sayquita, desde que tiene uso de razón están ahí. “No se les dio mucha importancia, la gente del lugar se dedicaba a trabajar en la Argentina y ahora estamos iniciando el trabajo de apertura turística, promocionando los atractivos”, explica.

Estos parajes fueron visibilizados en parte gracias al rally Dakar, cuyo paso hizo posible abrir las puertas al turismo y pensar en el desarrollo de las regiones. “El turismo en las comunidades y su concepto es reciente, tuvo que pasar algo para interiorizarnos de la riqueza de la región y se produjo un cambio de pensamiento”, dice Álvarez. Si antes Villazón era conocida como una “ciudad del contrabando”, mucha gente empieza a descubrir que “se trata de una ciudad organizada. El comercio es el sostén de la región, pero se buscan alternativas para las comunidades”, asegura Sistor Uturuncu, que durante meses trabajó en el municipio para mostrar los atractivos de la región. “Los pobladores saben que es una ciudad de paso, pero destacan que es más que pampa y un puente comercial. Ahora extienden sus brazos a los visitantes porque “quien llega por primera vez a la región, siempre vuelve”.

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