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Yapuchiris, armonía con la tierra

Los saberes ancestrales son rescatados por agricultores del altiplano. Si los alkamaris o yakilos silban por la mañana, alertan que va a haber ventarrón. Las peleas de las gaviotas presagian lluvia.

La Razón / Liliana Aguirre

00:00 / 08 de septiembre de 2013

Los animales, las plantas y los astros, con su comportamiento y posición, dan señales a los yapuchiris con las que éstos puedan pronosticar los fenómenos naturales que se avecinan y cómo afectarán a sus cosechas.

Yapuchiri, en femenino o masculino, es la figura ancestral aymara que se encarga de informar a su comunidad de cuándo hay que hacer la recolección previendo las lluvias, sequías y heladas que pudieran manifestarse, para así obtener una mejor producción. Si bien a lo largo de los siglos y durante la colonia, la figura del yapuchiri se perdió, desde 2005 diversas comunidades del altiplano, con el apoyo de la organización no gubernamental Promoción de la Sustentabilidad y Conocimientos Compartidos (Prosuco), están revalorizando los conocimientos de estos sabios agricultores precolombinos.

Cuando aún no había cumplido los diez años de edad, Félix Yana, que ahora tiene 53, aprendió de su padre que la siembra debía comenzar cada 3 de mayo. Así lo hacen en Achacachi, de donde es él. Pero, si bien Félix  pone en práctica estos conocimientos, muchos comunarios los han olvidado y están  en desventaja a la hora de producir. “Mi comunidad cultiva semilla de papa y muchas veces nos enfrentamos a la falta de lluvia. Cuando la gente no comparte sus saberes y cada quien se las arregla como puede, hay un gran problema que causa pérdidas en los cultivos. Para evitar esto  estamos los yapuchiris”, afirma. Él es el actual presidente de estos sabios de la región altiplánica del norte de Bolivia, y ha transmitido su sabiduría a sus siete hijos, además de a todo aquel que ha querido aprenderlos.

Reflexiona sobre la vida en el área rural. Explica que la tendencia entre la juventud es dejar las comunidades para migrar a la ciudad o a los talleres de costura de Argentina y Brasil, lo que despuebla el campo. “Ya casi no hay jóvenes. La mayoría somos adultos de más de 50 años. Sólo restan los chicos que están en los colegios. Los yapuchiris queremos que sepan que hay esperanza en el área rural”, dice, con la mirada perdida en el horizonte.

Silvio Huarachi (29) es uno de aquellos jóvenes que dejó su comunidad, pero que optó por revalorizar sus raíces, volver y entregarse al sueño de ver florecer los cultivos en el altiplano. “Hace cinco años me fui a Argentina a trabajar en un taller. Allí le di valor a todas las bondades del  campo, como el aire limpio, la tranquilidad, los alimentos naturales y la felicidad de producir en el lugar que te vio nacer.  Por eso he decidido ser yapuchiri, que significa ser el mejor agricultor”, cuenta, enérgico. Es padre de dos niñas, labora en el campo con su esposa y también ayuda a sus progenitores.

A esta historia contribuyen las palabras de Eleodoro Baldiviezo, responsable de fortalecimiento organizacional, gestión del riesgo agroclimático de Prosuco y agrónomo. Es él quien conduce el coche durante el viaje que emprende hacia Patacamaya con el equipo de Escape para mostrar los proyectos que desarrollan allí estos agricultores ancestrales. “La figura del yapuchiri fomenta el desarrollo humano en las comunidades y trata de recuperar los saberes milenarios de los abuelos. No es casual que las culturas antiguas nos hayan dejado diversidad de conocimientos”, explica Eleodoro sin despegar la vista del volante.

Rememora los años 90, época en la que el altiplano se vio más afectado por lo efectos de la Revolución Verde —importada por los gobiernos de aquel entonces, por organismos no gubernamentales y por agencias de cooperación— que, más que beneficios, trajo el deterioro y la erosión de los suelos, reflexiona.

“Siempre el altiplano ha sido considerado inviable para el desarrollo agropecuario y su agricultura ha sido catalogada como de subsistencia. Ante ello recibió el modelo de la Revolución Verde, basado en mejorar las semillas genéticamente. Esto ha afectado a la conservación de la biodiversidad. Les enseñaron a los campesinos a utilizar agroquímicos que, en vez de ayudar, han provocado que los suelos no sean productivos”.

Otros impactos negativos de este proceso fueron la dependencia que tuvieron los productores de las semillas importadas, los problemas de salud y daños en el entorno causados por los pesticidas, así como una injusta distribución de ingresos para los campesinos.

Prosuco, a través del Programa de Reducción del Riesgo de Desastres (PPRD) de la Cooperación Suiza implementado por HELVETAS Swiss Intercooperation, decidió formar recursos humanos y potenciar los métodos, conocimientos y saberes de tiempos milenarios que se estaban perdiendo, descartados por la “modernidad”, para resarcir estos daños.

“Tenemos un total de 236 yapuchiris como brazo técnico asociados en la Federación de Unión de Asociaciones Productivas del Altiplano (Funapa), que están en las comunidades en las que trabajamos, en las provincias Omasuyos, Los Andes, Ingavi y Aroma. Todas estas personas han sido capacitadas en talleres y han intercambiado y sociabilizado sus conocimientos en el agro para el bien común de sus poblaciones”, explica Eleodoro.

Félix agrega que muchos agricultores piden la mecanización de la labranza con tractores, pero que no siempre este tipo de tecnología es una garantía para una buena cosecha, ya que mucha gente alquila un tractor, pero el problema es que no lo tiene disponible después de la época de lluvias, cuando aún hay humedad en el suelo, requisito idóneo para sembrar. “Esto afecta a la semilla, más aún si hay sequías dramáticas, por lo que debemos apoyarnos en técnicas milenarias para sobrellevar los problemas”, indica el experto.

El aumento de la temperatura

Como buen ingeniero agrónomo, Eleodoro se apasiona con el tema agrícola y sigue hablando de las dificultades que puede atravesar un pequeño productor. Saca a relucir dos aspectos importantes: el calentamiento global y la seguridad alimentaria. “Una cosa que han hecho los yapuchiris es recuperar el sistema de pronósticos. Ellos nos han convencido de que se puede predecir el tiempo, a pesar de que todo se desordene con el cambio climático, y saber cómo va a ser la siguiente campaña. Hasta con siete meses de anticipación saben si va a ser un año lluvioso, seco o de helada, y así tienen asegurados sus alimentos”, explica. Y, ¿cuáles son esos sistemas de pronósticos? En la comunidad Jocopampa de Patacamaya están las respuestas. “Como yapuchiris estamos observando el comportamiento de los animales, las plantas y los astros, y así sabemos qué año de siembra se nos viene (…). Hay indicadores naturales que son diarios, otros semanales, mensuales, trimestrales o anuales, y nos orientan para saber qué pasa con el clima a pesar del calentamiento global”, explica Moisés Tapia (35), que viste un overol de trabajo.

En cuanto a los indicadores diarios, en Jocopampa se fijan en el comportamiento de tres aves que moran en este sector: el alkamari, la gaviota y el yakilo.

“Si esos pájaros (alkamaris o yakilos) silban por la mañana, nos quieren decir que va a haber un ventarrón. Las gaviotas, cuando se pelean, nos pronostican vientos fríos”, afirma Silvio, quien se ha consolidado como uno de los líderes jóvenes del lugar.

Moisés interrumpe y toma la palabra. “El leke leke es otra ave que nos dice cómo va a ser el año de la cosecha: pone sus huevos por octubre y esto nos avisa sobre las lluvias o sequías de noviembre, diciembre y enero, según dónde los ponga. Si coloca el nido en las orillas del río, habrá meses de sequía, pero si lo ubica en sitios altos, es que se vienen lluvias”, explica.

Las plantas también brindan información a estos sabios agricultores. “La tola, si florece en la segunda quincena de agosto, y hasta finales de mes no hay chubascos, significa que será un año de siembras adelantadas. Si se marchita, quiere decir que viene la helada. Somos observadores”, asegura Francisco Capia (83), quien es aymara parlante, no habla español y es asistido por Moisés y Silvio, que ejercen de  traductores.

El Abuelo, como llaman cariñosamente a Francisco los de menor edad, asegura que antes se miraba la Cruz del Sur. “Si en los primeros días de mayo se la observa, esto significa que viene una siembra adelantada; pero, si es visible en los cielos después del 2 o 3 de mayo, es siembra tardía”. En su rostro resaltan las arrugas que reflejan toda una vida en el campo. Añade que “cuando llega la siembra de papa y ves ranitas o sapitos, esto quiere decir que habrá buena cosecha, buen augurio de papa grande”. “Como jóvenes hemos olvidado estos aspectos y los hemos desvalorizado, creyendo que no servían para nada, pero ahora los rescatamos y los conjugamos con saberes occidentales para ser productivos y tener calidad de vida”, opina Silvio.

Los yapuchiris saben que uno de los principales enemigos de los cultivos de papa es el gorgojo blanco del altiplano y, para luchar contra él sin necesidad de usar pesticidas o agroquímicos, realizan preparados naturales que, además, fortalecen los cultivos de las hortalizas. “Cuando ya ha salido la plantita, nosotros fumigamos con biol. Lo hacemos en la comunidad y gracias a él da bien la papa. Se hace con diez kilos de bosta, alfa, chancaca, espinas de pescado molidas, levadura y cáscara de huevo, y lo preparamos para diciembre. Mejora la semilla de la papa, de la lechuga y de la haba”, enumera con los dedos de la mano la yapuchiri Epifanía Silvestre (45). “Si hay un ataque de plagas fumigamos con caldo sulfucálcico, que de igual manera hacemos aquí, y esto previene que se acerquen porque es una mezcla de cal y azufre que hervimos”, añade.

A estos dos productos se suman repelentes naturales preparados con locoto, ajo, cebolla, ruda y k’oa para el control de plagas. Además de ser utilizados en sus sembradíos, también los comercializan para otros agricultores.

Jhonny Lima (38) es también yapuchiri. Explica cómo se hace el abono bocashi:  “Para prepararlo recogemos bosta de vaca, greda y levadura, que son elementos naturales, y los mezclamos. Lo dejamos reposar cubierto con nailon y, cada ocho horas, lo removemos. Con esto nutrimos la tierra. Ayuda en el cultivo de hortalizas como la zanahoria, cebolla, acelga, perejil, apio, lechuga, tomate, haba y papa”. Este abono mejora el rendimiento de la tierra, porque muchos suelos están explotados y carecen de algunos nutrientes y microorganismos.

“El abono tiene función de esponja: capta agua. Uno de los problemas en el altiplano es que a los suelos les falta materia orgánica. Hay que poner más abono de lo normal para que lo poco que llueve se almacene”, acota Eleodoro Baldiviezo.

“Queremos compartir con los hermanos estos saberes ecológicos para evitar enfermedades”, dice Sofía Chirino (78), mientras sostiene una papa. Compartiendo unos con otros los conocimientos ancestrales y contemporáneos, mejoran una cualidad necesaria para la humanidad: la de hacer brotar alimentos de la Pachamama.

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