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El abandono según Viscarra

Textos de Víctor Hugo Viscarra hechos imágenes por el colectivo Foto Espacio.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 04 de septiembre de 2019

Una tarde de ésas, vísperas de las fiestas del barrio, fui con los muchachos del callejón a ver qué pasaba en el parque Riosinho, donde se celebraban los actos centrales del festejo. Cuando menos lo esperábamos estábamos todos los llok’allas frente a una ponchera tomando unos sucumbés que, debido a la falta de experiencia etílica, nos dejaron medio tundiquis en menos de lo que canta un gallo”.

Al leer este fragmento de Borracho estaba pero me acuerdo seguro se ha imaginado una noche iluminada con las velas de las vendedoras callejeras, a los jovenzuelos que ágiles recorren los rincones paceños y los ebrios que sobrevivieron después de beber sucumbé. Así son los textos de Víctor Hugo Viscarra, el escritor paceño que reflejó el submundo de los suburbios. Desde su fallecimiento, en mayo de 2006, le organizaron homenajes y también recrearon su obra e imagen en perfiles, estudios, documentales y alguna que otra película.

“Desde que leí a Viscarra quedé seducido por el estilo para relatar sus vivencias. Me impactó porque te da otra forma de ver a los indigentes y las personas de la calle”, cuenta Mauricio Aguilar Machicado. Así fue el inicio del proyecto El abandono hecho fotografía, del colectivo Foto Espacio, que recreó escenas de las obras del narrador boliviano.

En el quinto piso de un edificio de la calle Bueno, casi esquina Juan de la Riva, Mauricio —fundador y líder de Foto Espacio— está trabajando junto a sus compañeros en alguno de los planes que han surgido en aquella pequeña habitación de grandes ideas, una de ellas la de dar imagen a las letras de Viscarra.

“Para hacer una buena fogata lo primero que hay que hacer es juntar un tantazo de papeles, se lo enciende, y mientras arde se coloca alrededor del fuego los cartones mojados para que vayan secando. Entonces hay que buscar todo lo que sea de plástico (bolsas, bidones de aceite, etc.) para colocarlos encima de la fogata, ya que tras derretirse prolongan la duración de las cosas que se queman (…). No hay que olvidar que alrededor de las fogatas se de-sarrollan dramas dignos de ser narrados. Quien se acerque a las fogatas tiene que traer como contribución los cartones sobre los que había dormido. Es una herejía acercarse a la fogata sin aportar nada”.

Mauricio está estudiando Arquitectura en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), aunque lo que más le atrae es la obtención de imágenes fijas a través de una cámara. Así como él hay varios otros jóvenes que encontraron en este arte una manera de expresarse. De esa manera nació —en enero de 2018— Foto Espacio, un colectivo de jóvenes que organiza talleres básicos de fotografía, charlas con expertos y proyectos personales, urbanos o de viajes. “La fotografía tiene poder. Puede ser algo más que un paisaje o un retrato, puede ser arte, un elemento de transformación”, opina Mauricio. Como parte de sus múltiples actividades, 13 jóvenes llevaron a cabo El abandono hecho fotografía, un trabajo que pretende dar imágenes a algunos relatos del escritor que nació el 2 de enero de 1958. Si bien la labor fue ardua, admiten que fue enriquecedora. Durante un mes, primero se reunieron para leer la obra del literato, además de ver reportajes y estudios, documentales y películas (El cementerio de elefantes), y visita a lugares donde sobrevive la indigencia.

“El Averno empezó a funcionar a principios de los 70 y tuvo su auge entre el 75 y 80. Al principio funcionaba en una pequeña pieza de seis por tres metros y era tal la afluencia de clientes, que a falta de mesas había que tomar parado. No tenía baño, y los que tenían que ch’ojorar afuera corrían el riesgo de no volver, porque los volteos estaban a la orden del día. Una noche sin dos o tres peleas era aburrida; ha corrido tanta sangre, que ese callejón podía estar teñido de rojo”.

Cada miembro eligió alguna parte de la obra de Viscarra (Coba: lenguaje secreto del hampa boliviano; Relatos de Víctor Hugo; Alcoholatum y otros drinks. Crónicas para gatos y pelagatos; Borracho estaba pero me acuerdo; Avisos necrológicos, y Ch’aki fulero. Los cuadernos perdidos de Víctor Hugo Viscarra). Posteriormente, después de una conversación sobre la factibilidad y las locaciones, Karem Elizabeth, Josué Antonio, Gabriel Illanes Burgoa, Andrea Catalina Ulloa, Mariela Medina Vera, Luis Sequeiros, Mirtha Calderón Gutiérrez y Mauricio Aguilar Machicado se tomaron una semana para visitar los sectores paceños elegidos.

“A este cuate le pusimos de mal nombre la Bruja, porque era feo con ganas. Si fuese un poco más inteligente hubiera seguido un juicio criminal a sus padres por haberlo engendrado. Su especialidad era tak’abobos (ladrón de relojes), pero en una de esas apareció vistiendo uniforme. Lo habían aceptado en el Grupo Especial de Seguridad. Vestido de jerga quería pasarse de conchudo con sus cuates, pero como lo conocían bien siempre lo poníamos en la vereda. Él entonces cobraba su bronca a los giles que nunca faltan”.

Durante esos siete días se movilizaron con todo lo que planeaban utilizar; como un catre metálico viejo, que acomodaron en medio de la calle Chuquisaca (en la zona San Sebastián), y que tenían que retirarlo en cuanto pasara un vehículo. También utilizaron los ambientes de Miko Art, un colectivo de arte que tiene su cuartel en un pasaje que parece un típico callejón. Veredas en el amanecer, habitaciones lóbregas que tienen como acompañamiento botellas vacías, bolsas con coca y humo de cigarrillo completaron a los jóvenes que personificaron a gente del submundo.

“Los p’ajpacos que más hacen llorar a la gilada son los que sacan la suerte. Exponen una variedad de mercaderías en el suelo y a cada cosa le ponen un cartón numerado, cuyo par supuestamente está entre los papelillos doblados en el interior de la bolsita plástica que el charle lleva entre sus manos. Hacen sacar a personas que suponen con plata y les ofrecen gratis algunos papelitos para ver si realmente tienen suerte. Una vez que el incauto ha sacado los papelitos, como si la cosa no fuera tan importante, le ofrecen que los pague, y si el elegido no acepta, el p’ajpaco empieza a desenvolver uno por uno. Disimuladamente tapan con sus dedos uno de los números del papel y cantan el número restante, que invariablemente está incluido en uno de los cartones con la mercadería expuesta. La Guada se anima y casi siempre le compran un buen tantazo de números que, lastimosamente, no están entre los premiados”.

Para terminar el trabajo, los integrantes de Foto Espacio se reunieron en una mesa amplia, en lo que llamaron —para emular La última cena, la pintura de Leonardo da Vinci—, La última chupa, que tiene un médico, un pepino carnavalero, un clefero, un obrero, una vendedora y otros personajes del mundo que describió Viscarra, el escritor bendito/maldito de La Paz.

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