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Un adiós a Carlitos Zalazar

Ch’enko total - El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Carlos Zalazar

Carlos Zalazar

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Monroy Chazarreta

07:00 / 01 de agosto de 2018

Eran las 20.00 del 21 de julio, estábamos en plena fiesta de cumpleaños festejando a mi compañera, saltábamos de alegría, bailábamos un vals feliz, los amigos del alma, hermanas queridas, sobrinos varios, hijos postizos entraban y salían del departamentito que se ensanchaba de amor, fue allí que vi entrar a una coladora (¿o sería un colador?), un ser que no tenía sexo, traía una túnica obscura, los ojos no miraban, en una mano un casco de moto, en la otra una guadaña, yo solo la vi y le hice seguimiento extremo, el vals tartamudeó, como serpiente se fue directo al baño, supe que lavaba la guadaña, se reía frente al espejo, de pronto se transformó en bella viuda y salió del baño con una sonrisa leve, secándose el llanto; entonces se acercó a mí, “cagamos”, dije, me había sentado un ratito, por tanto brinco me faltaba el aire otra vez, se me acercó al oído y susurró: “Me lo llevé al Carlitos, sé que lo amabas, cuánto lo siento”, se rió llorando, se fue veloz con el casco de moto en la mano, desapareció por el pasillo. Al cachito llegó el watsap de una amiga entrañable, minutos antes había fallecido de infarto cerebral en la llajta mi hermano del alma Carlitos Zalazar Chazarreta, mi baterista incondicional durante siete años (1995-2002), mi confidente, compañero de hoteles, giras varias, ensayos interminables, días que se volvían noches, risas sinceras, amabilidad cotidiana. Porque Carlitos era eso, un caballero, un pibe de tango, un gaucho de verdad, siempre jovial, con la sonrisa aleteando el día. Dicen que había llegado a inicios de los ‘70 a Bolivia, argentino de nacimiento, con 40 años en la llajta era un personaje vital de la noche boliviana.

Ahora: ¿qué será de la España sin el Carlitos?, ¿qué será de los jacarandás sin su mirada querida?, ¿qué será de nosotros sin su presencia fina? Encontrarse con él en las callejuelas de Cochabamba era sentir que nada había cambiado, que la vida podía mantenerse intacta y juvenil. Nunca tuve un desplante, una fallada a algún ensayo, más bien Carlitos siempre estaba cuando la cosa se complicaba. Recuerdo hoy un hotelito en Santa Cruz, habíamos tocado en Tapecua y continuamos los whiskys en la habitación del Carlitos, me contaba de sus talleres con Gary Burton, de su experiencia sinfónica en Carmina Burana, me hacía reír con sus anécdotas con Rabito, de pronto me volteó la noche, caí exhausto, me quedé dormido en sus costillas, mis rulos se desmayaron en su ombligo; Carlitos, como siempre en insomnio, me bancó unas tres horas de sueño en su pecho, se quedó inmóvil, con el whisky en equilibrio en una mano y en la otra el pucho, luego me despertó suavemente: “Son las seis, Papirri, tenés que ir al aeropuerto”, dijo, yo retornaba a La Paz, él se iba a la llajta en la noche. Desperté asustado mirando su costilla, salí rajando a mi cuarto para hacer la maleta, Carlitos había velado mi sueño sin decir ni mu, con amor de familia, no había dormido por no despertarme. Porque además éramos primos, hermanos primos, el mismo vasco gaucho migrante nos poblaba el espíritu.

No me acuerdo cómo empecé a tocar con él, pero eso sí, nunca más sentí el placer de tocar a dúo con batería, rarísimo dúo, es que Carlitos era un artista, no era solo un músico, era un gran artista, sabía que yo necesitaba que él trate a la batería como instrumento de percusión, jamás volví a tocar tan a gusto la Telesita, o Historia de Maribel, así, pelados, batería y guitarra. Luego se sumó a nuestro dúo el ahora notable bajista Wladimir Morales, recorrimos Bolivia con este trío, el mejor que tuve, recuerdo el momento más elevado: un concierto en el auditorio de El Deber de Santa Cruz, éramos tres virtuosos entendiéndonos de memoria. Entonces llegaban otra vez las noches que se volvían días en el cuarto del Carlitos, siempre tenía el chiste a flor de piel, jamás una queja ni un remedo de mala onda. Fue maestro de generaciones, acabo de hablar con uno de los mejores bateristas y percusionistas de la Bolivia actual, Luchito Mercado: “Fue mi maestro, dice emocionado por el teléfono, yo tenía 10 años cuando me ofreció la primera baqueta, me enseñó la base de la música, no solo de la batería, también del oficio de ser músico”.

Carlos Zalazar estaba muy bien formado. Había estudiado de verdad el instrumento, se sabía por lo menos 400 standars de jazz de memoria, es decir, con toda la armonía y melodía, era un raro batero integral, una vez me corrigió un acorde de mi propia canción: “Es si menor siete, Papirri, estás tocando disminuido”, me dijo en tono de payasito chileno para que no suene a reclamo. Así era, un ser suave, esclarecido, generoso, solidario. Ahora que partiste, hermano Carlitos, primo del alma, será imposible la noche cochala sin tu presencia. Nunca vi tanto desconcierto en los que te amamos. Es muy difícil la vida sin tu decencia, sin esa dignidad silenciosa de ejercer el oficio con la venia de una valiente libertad, no sé qué hacer con este dolor seco en el alma, hermano, quiero verte y ya no estás. Te elevas ahora, espíritu cristalino, guiarás mis pasos hasta el próximo encuentro. Hasta pronto, primo querido, pibe de oro, maestro de maestros.

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