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El adiós de Don Pedro

José Antonio Saavedra, quien durante nueve años encarna a Pedro Domingo Murillo, cuenta su vida y su última aparición en La Paz.

Civismo. Con el Illimani escondido entre nubes y un teleférico en continuo movimiento, don Pedro recita de memoria toda la declaración de la Junta Tuitiva. Foto: Miguel Carrasco

Civismo. Con el Illimani escondido entre nubes y un teleférico en continuo movimiento, don Pedro recita de memoria toda la declaración de la Junta Tuitiva. Foto: Miguel Carrasco

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández / La Paaz

00:00 / 23 de julio de 2017

A esa hora de la mañana, el tráfico en El Prado paceño es caótico. Oficinistas y universitarios caminan apresurados por llegar a su trabajo o a clase, mientras que algunos conductores desesperados hacen resonar la bocina de sus coches con el fin de agilizar el tiempo. Esta rutina de lunes es cortada por un Jaguar plomo que pasa por el carril de bajada, que si bien se lo puede ver pocas veces, llama la atención porque su chofer es Pedro Domingo Murillo “en persona”.

Sonriente, siempre dispuesto a responder el saludo de la gente, el “protomártir” luce chaqueta roja con una charretera con flecos y tres estrellas doradas, y una camisa blanca con pechera bordada. Julio no es solo el mes cívico de La Paz, sino también de José Antonio Saavedra Toledo, quien desde hace nueve años personifica al protomártir de la independencia. Tal vez sean las últimas apariciones del personaje que resalta las fiestas paceñas, pues ahora reside en otra ciudad.

“El paceño nace donde quiere y punto”, responde con una sonrisa amplia José Antonio, quien lo único que revela es que nació un 20 de noviembre y que es hijo de Santos Saavedra y Nelly Toledo. Como su padre era militar, llevaba a su primogénito a todos los cuarteles donde trabajaba. Confiesa que le habría gustado continuar esa profesión, pero al final se decantó por seguir la vida civil.

Personaje. Dos niños se alegran de ver a Pedro Domingo Murillo “en persona”, a quien abrazan con euforia y se ponen a dialogar acerca de la gesta por la independencia. 

Al final, después de concluir sus estudios primarios en el colegio San Agustín y Anglo Americano de Cochabamba, decidió cursar, de manera paralela, las carreras de Economía y Derecho en la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), para después ser doctorante en Derecho Administrativo en la Universidad Castilla de la Mancha, en Toledo (España).  De manera paralela, su vida giró en torno a la actuación gracias a que la actriz Ninón Dávalos llegó al valle para ofrecer cursos de actuación. En

los años 70, José había actuado en la obra Panorama desde el puente, de Arthur Miller, y Doña Rosita la soltera, de Federico García Lorca, además de otras, que lo llevaron a participar incluso en el Festival de Teatro Julio Travesí. Durante aquel tiempo nació la idea de disfrazarse de El Zorro durante el Carnaval. Para encarnarlo compró todas las revistas que encontró acerca del personaje creado en 1919 por Johnston McCulley. En el Corso de Corsos al que se presentó causó furor entre los asistentes, pese a los globos con agua que le llegaban, la estridencia de las bandas de música y los niños que perseguían al superhéroe latino. Así continuó durante 10 años.

A finales de los años 80, cuando Ronald MacLean era alcalde de La Paz, José sorprendió en la Farándula de Pepinos cuando desfiló por las calles sobre un corcel azabache, lo que lo llevó a ganar el primer puesto de la competencia de disfraces.

Preparativo. María Elena Ramallo —esposa de José Antonio— cepilla el cabello de su marido, quien ya está preparado para encarnar al héroe paceño.

De aquella experiencia rememora que salió con el caballo desde el Colegio Militar de Calacoto para continuar por la zona Sur hasta el centro. En la avenida Hernando Siles, los conductores detenían sus vehículos al ver que un personaje ficticio, sobre un caballo, pasaba por su lado.

Así pasó el tiempo hasta que llegó 2009, año en que se recordó el bicentenario del grito por la libertad del 16 de julio. Una de las principales actividades para esta conmemoración fue la producción de la película Fuego de libertad. Por motivos laborales no estuvo en la sede de gobierno para participar en el casting, pero acudió, 15 días después, a los ensayos de la producción, en los que consiguió el papel de Gregorio García Lanza, vocal de la Junta Tuitiva. A pesar de esa designación, casi todos los participantes del filme opinaban que José debía representar a Pedro Domingo Murillo, hasta que al final le dieron el rol, que se quedó con él hasta ahora.

Y así como hizo con El Zorro, José leyó todo el material que encontró acerca del protomártir paceño, de quien admira el coraje e impetuosidad con que manejó su vida para luchar por la libertad. Mientras que otros actores interpretan el personaje solo para la obra o la película, José decidió que sería parte de su vida de ahí en adelante y empezó en el desfile cívico del 15 de julio de aquel año.

Don Pedro recita de memoria toda la declaración de la Junta Tuitiva.

“Me gusta, además que me encanta estar en esta linda La Paz, me siento feliz y orgulloso de interpretar a Pedro Domingo Murillo, y orgulloso de ser paceño”, sostiene sentado en un sillón antiguo de su sala.

En la infinidad de historias que ha reunido durante estos años, don Pedro —como le llama la mayoría de los paceños— recuerda los al menos cinco kilos de peso que tiene su tea hecha de metal, la que debe sostener con el brazo derecho en alto por las calles paceñas en los desfiles.

En una ocasión llegó a la plaza Murillo cansado después de haber recorrido las vías de la sede de gobierno, así que tenía deseos de descansar; pero en ello se le acercó un oficial del Ejército, quien le informó que iba a ser entonado el Himno a La Paz. Aún desconoce de dónde sacó las energía para interpretar con vigor y mantenerse erguido, aunque las cámaras de televisión que lo enfocaban de manera constante ayudaron en ello. Cuando por fin pasó por el Palacio de Gobierno y se desvió hacia una de las calles céntricas, en ese momento sintió el alivio de haber cumplido y que el brazo se le iba a caer.

Para don Pedro, julio empieza en mayo. Sucede que para encarnar a su personaje debe dejarse crecer el cabello durante dos meses, de manera que su estilista le pueda colocar las extensiones que lucirá durante las fiestas cívicas. De paso, el economista ya tiene planeado el traje que va a estrenar, así que comienzan a coser su ropaje, que después bordan para agregar elementos de la época colonial. Para este año, por ejemplo, su idea es lucir un uniforme similar a los que utilizó Simón Bolívar.  Y de pronto, mientras cuenta la primicia, sorprende con un anuncio: “¿Te comenté que éste es mi último año como Pedro Domingo Murillo?”

Desde hace un tiempo, José sintió trastornos visuales y dolores en el pecho, que la médica que le atiende diagnosticó como presión arterial, así que él y su esposa decidieron trasladarse hace un tiempo a la ciudad de Santa Cruz. “Me da pena, me da todo, pero…”. El silencio se apodera de su sala, las lágrimas pujan por salir y el corazón herido le duele más porque su cuerpo —mas no su alma— decidió que no estará en su querida hoyada paceña. Con las manos cruzadas en la espalda, recorre la sala hasta una de las ventanas, desde donde observa la urbe que lo ha acogido como el personaje que cada julio eleva el fervor cívico.

Es casi mediodía. Su hermana le ha invitado a almorzar, así que baja al estacionamiento y vuelve a sacar su Jaguar plomo con el fin de recorrer las calles paceñas, donde la gente que lo reconoce le grita: “Hola, don Pedro”.  Adiós, don Pedro.

La conversión

José Antonio Saavedra Toledo es economista y abogado que trabaja con empresas personales y de su familia. Vestido con una camisa a cuadros, casi todo el tiempo se muestra sonriente, aunque reconoce también que cuando se enoja, lo hace bien. Desde mayo se dejó crecer al cabello para que su estilista le ponga las extensiones.

El empresario tiene claro que julio es muy importante para los paceños, por lo que intenta estrenar un traje colonial con el objetivo de personificar bien al protomártir de la independencia. En un ropero bastante cuidado guarda los trajes que se hizo confeccionar durante nueve años para transformarse en don Pedro Domingo Murillo.

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