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Más allá de Banksy

Las paredes de la capital británica acogen el talento de artistas urbanos de todo el mundo que intentan sobresalir a la sombra del misterioso grafitero de Bristol.

La Razón (Edición Impresa) / Jesús Ossorio

00:00 / 23 de marzo de 2014

Gonzalo Borondo tiene 24 años y lleva apenas dos meses en la capital británica. A diferencia de muchos de sus compatriotas españoles, no ha venido exactamente a buscarse la vida. Nos recibe en un viejo pub cerrado de Hackney, al este de la ciudad, lo ha acondicionado como su estudio y hogar. Botes de pintura, sprays y grandes bocetos lo inundan todo. Estamos en el sancta sanctorum de un “artista plástico” dispuesto a dejar su marca en una de las ciudades con más arte urbano por metro cuadrado.

Sus creaciones están en Berlín, Roma, Sao Paulo o Madrid. En Londres, las decenas de galerías de arte especializadas en Street Art se lo rifan aunque mientras se enciende un cigarrillo nos aclara que él ama “pintar en la calle y el espacio público”. Relata con detalle la recompensa que supone para él dejar sus “intervenciones de arte” en la calle. “Dialogas con el entorno, es muy interactivo, te dejas influir por la luz o lo que te inspira cada lugar en el que trabajas”. Recuerda con emoción cómo los vecinos de una calle de Madrid le aplaudieron cuando terminó uno de sus espectaculares lienzos: “casi se me saltan las lágrimas”. Sin embargo, reconoce que no se siente del todo cómodo en el “cerrado” mundo del arte urbano. Rencillas, misterios y leyendas son ingredientes inseparables en este mundillo en el que el anónimo Banksy es uno de los máximos representantes.

Un poderoso aparato de relaciones públicas y una gran repercusión en los medios de comunicación convierten en noticia cada trazo del artista de Bristol.

Casi no concede entrevistas y muy pocos lo han visto, pero sus stencils —grafitis hechos con plantillas— son una atracción turística más de la ciudad e incluso son protegidos con paneles de plástico para evitar su deterioro. La veneración generalizada a su trabajo no es tan sólida entre sus compañeros. 

“Todo el mundo quiere ser Banksy y ganar mucho dinero con esto, pero ya está bien, hay mucha gente más aparte de él”, asegura Borondo.  Lo cierto es que no hay más que darse una vuelta por la ciudad del Támesis para comprobar que hay mucho más talento en las paredes. “Es un museo abierto”, resume Otto Schade, un artista chileno que lleva en Londres desde 2006. Formado como arquitecto, ahora está centrado en el arte urbano y sólo tiene buenas palabras para la ciudad que le ha acogido. “La crisis me dejó sin trabajo como arquitecto pero descubrí que Londres es una gran plataforma para darte a conocer como artista de Street Art”.

En este museo al aire libre se pueden contemplar desde psicodélicos murales hasta  esculturas en 3D, mosaicos o chicles serigrafiados pegados en la acera. Cualquier turista o vecino puede descubrir estos ‘tesoros’ escondidos a la vuelta de cualquier esquina. Los más perezosos pueden dejarse guiar por expertos en la materia, varias empresas organizan “safaris urbanos” que recorren los mejores. No obstante, algunos grafiteros no están muy a favor de estas expediciones organizadas. “El objetivo del arte urbano es que la gente se tropiece con el arte por la calle, sin esperarlo”, argumenta el artista inglés Teddy Baden. Gonzalo Borondo opina que no se debería hacer negocio con  este tipo de tours, teme que “el mercado” termine por corromper la “espontaneidad y la naturalidad” de este mundo.

Pero para ‘Pyrex’, londinense con raíces africanas, su trabajo como guía le permite pagarse los costosos materiales y pinturas para ser grafitero. Lleva más de una década pintando y nos autoriza acompañarle en una jornada de trabajo. Nos cita debajo de un puente en Latimer Road, al oeste de Londres. Su indumentaria le delata, llega cargado de una mochila llena de sprays y porta un gran rodillo para cubrir de negro el muro que será su lienzo.

Mientras revisa la moleskine (libreta de notas) en la que tiene sus bocetos nos explica que su estilo es “abstracto, oscuro y con influencias de la ciencia ficción y el manga”. Durante las más de tres horas en las que trabaja en su grafiti nos cuenta mil batallas sobre el “competitivo” mundo del arte callejero.

Para empezar, aclara que “las paredes están vivas y cuando pintas en la calle te expones a que otro pueda modificar tu trabajo o incluso destrozarlo”.

La guerra de grafiteros es casi una tradición que muchos admiten como “parte de las reglas del juego” aunque otros consideran que es “una falta de respeto”, como defiende Otto Schade.

Otro de los clásicos contratiempos de los grafiteros son los problemas con las autoridades. Aunque Londres tiene muchos murales “legales” para pintar, algunos siguen prefiriendo la “adrenalina” de pintar en lugares prohibidos, pese a que ello pueda acarrear cuantiosas sanciones económicas y estancias en el calabozo. La mayoría ha tenido experiencias con la Policía, aunque no todas malas. El artista chileno recuerda especialmente cuando un agente inglés se le acercó tras pillarle pintando en Camden: “Al final solo quería interesarse por mi trabajo y me preguntó cómo lo había hecho”.

Por su parte, Borondo fue multado con 3.000 euros (unos 4.160 dólares) por el Ayuntamiento de Madrid cuando  pintaba en una casa ocupada que luego iba a ser demolida. Años después, él fue el primer sorprendido cuando el mismo Ayuntamiento le pidió que pintara en un edificio de la ciudad. En cualquier caso, el ingenio es parte de su trabajo. El artista español desarrolla una curiosa técnica sobre cristales. Se trata de pintar de un solo color la superficie de una ventana, generalmente de noche. A la mañana siguiente se dedica a rascar la pintura para crear una ilustración que juegue con el reflejo y lo que se ve tras la ventana. “En teoría, nadie te puede decir nada porque solo estás ‘limpiando’ el cristal”, explica.

Pese a los trucos, ‘Pyrex’ recuerda alguna que otra noche en los calabozos y varias carreras para escapar de la Policía en mitad de la noche. “El mejor consejo es investigar previamente el lugar donde vas a trabajar para evitar sorpresas, todo es cuestión de experiencia”, resume.

El artista londinense es capaz de recitar de memoria de quién es cada grafito y de cuándo data. Es como una enciclopedia humana de los lienzos callejeros de Londres. Se detiene en uno de la calle Chiswell, al este de la ciudad. Se trata de la imagen de una ardilla que sostiene un cartel que reza “I love London”. Es uno de los testimonios de la legendaria batalla entre el archiconocido Banksy y el héroe underground King Robbo. Su enfrentamiento viene de lejos y se remonta a un tenso encuentro en un pub a finales de los años 90. El por aquel entonces novato Banksy se atrevió a decirle a Robbo que no sabia de él. El ofendido respondió con un sonora bofetada que desató una eterna lucha a golpe de spray en la que ambos se dedicaron a modificar y estropear sus trabajos. Este eterno duelo desencadenó incluso conspiraciones sobre una caída de Robbo que le dejó en coma en 2011, días antes de una importante exposición.

El propio Banksy tuvo que salir al paso de los rumores que lo situaban como posible culpable del accidente. La mítica bofetada no fue expresamente desmentida.

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