Escape

Mi amigo ‘Astroboy’

El Edwin era 20 años menor que yo, pero le gustaba el súper héroe de mi infancia. Así lo bauticé. Le gustó su nueva chapa.

Ilustración de Al-Azar

Ilustración de Al-Azar

La Razón (Edición impresa) / El Papirri

00:00 / 17 de noviembre de 2013

Una vez estaba correteando por la Pérez, hacía gestiones para presentar un nuevo CD, era el 2005, grave estaba. Faltaban muchas cosas. Estábamos endeudados. La gala era esa noche en el Pub Equinoccio. Para serenarme decidí hacerme lustrar los cachos con uno de los changos de Alpeve (Asociación de Lustra Calzados de la Pérez Velasco), se acercó un joven bajito, con su pasamontaña de guarida, abrió su cajón celeste-k’este, me miró desde sus ojazos profundos y con voz de FM, dijo: ¿Cómo está, don Papirri? Bien hermano, correteando, hoy presento un nuevo disco. A mí me gusta mucho una canción suya, continuó, se llama La cabeza de Zepita… ¿Esa canción te gusta?, pregunté admirado. Claro, ¡es nuestro himno!, respondió. ¿Qué te llamas?, pregunté cómo cholita. Edwin, afirmó tocándome la punta para cambiar de zapato. La cabeza de Zepita tiene un texto un tantooo… complicado, le digo hecho al intelectual. Sí, pues, por eso me gusta, responde desde su pasamontaña. Entonces, antes de que acabe la lustrada, desde un impulso sagrado, le pregunto: ¿Puedes ayudarme esta noche vendiendo mis discos? Ya pues, voy a ir, responde desde sus ojazos. A las ocho en el Equi, le digo, mientras saluda y se va rápido tras otro cliente.

Esa noche, ocho en punto, aparece un joven bajito, con lentes de intelectual, pelo negro y lacio, saquito plomo de lana, chompa bitle, sonrisa sincera, pinta de animé y con voz  de FM dice, soy el Edwin. Yo estaba de mal humor, ese sonido era difícil de domesticar, entonces le alcanzo una caja con 100 CD dobles. Vas a vender pues, conta bien, le digo, mientras reniego porque el bajista no llega. A los diez minutos vuelve el Edwin trayendo un listado de los discos con una letra pulcra de contador y un cálculo sobre las posibles ganancias. Vamos a vender todo, don Papirri, me dice, te vua dar el 10%, le digo, ¡uy cara! responde con su voz de FM.

Luego de la prueba de sonido me subo a un radiotaxi rumbo a mi depto de la Arce, le pido al Edwin me ayude con las dos guitarras, al despedirme le digo hermano, un favor más, ya no me digas don Papirri… ya, mejor te diré Manuelito, contesta regalando otra sonrisa con la seña de la paz. Entonces, supe que realmente podía contar con él.

Esa noche vendimos todos los discos, le di 15 billetes rojos de comisión, a las 4 de la mañana terminamos la jornada ch’allando con los músicos.

El lunes, suena el timbre, era el Edwin con su pasamontaña de Alpeve y su cajón celeste-k’este. ¡Manuelito!, suspira, feliz, quería contarte… con lo que me has pagado he podido pagar a primera hora todos los timbres y trámites para poder egresar como abogado, el acto es el viernes, quisiera por favor me acompañes… y  me entrega una invitación con el nombre de todos los graduados. Utha, hermano, le digo, esto hay que celebrar y le doy para que compre salteñas, un par de paceñas, y siempre un refresco para él.

Aquel acto del viernes fue muy emocionante, el Edwin entró con su saquito plomo de lana y corbatín a recibir su diploma de abogado, yo le acompañé calladito a su lado. Luego, vino la fiesta, nos sentamos a compartir un yungueñito. Siempre abstemio, me contó que era huérfano, que trabajaba 15 años lustrando cachos desde las 04.00 de la mañana hasta las 11.00, de allí se iba a cambiar a la sede de Alpeve en la calle Inca y directo a las clases en la Facultad de Derecho hasta la noche. Llegar hasta su cuarto en El Alto era un peligroso episodio. Contó que le costó mucho egresar, seis años (¡!), porque tenía que cuidar de dos hermanitos más. Entonces me emocioné y le pedí me acompañara a presentar el CD en el Teatro Achá de Cochabamba y así fue como iniciamos cuatro años de trabajo continuo dando giras por toda Bolivia, Perú, Chile: nació una recóndita y sincera amistad.

Recuerdo que luego del Teatro Achá, nos fuimos a comer unas pastas con buen vino a la España, me dijo que nunca había comido así, tan raro, hablamos como loros de nuestros súper héroes. Yo no conocía a muchos de los suyos, pero coincidimos con que nos encantaba Astroboy. El Edwin era 20 años menor que yo, pero le gustaba Astroboy, el súper héroe de mi infancia. Así, en lo mejor de la noche, con una copa de vino tinto, lo bauticé: a partir de ahora eres el Astroboy ¡Le encantó su nueva chapa!

Fue así que Manuelito y Astroboy recorrieron juntos todas las calzadas de Bolivia, cargando guitarras, amplificadores, discos, cables con mucho amor y alegría.

Fuimos dos hermanos por los caminos de la vida y la sobrevivencia, dos románticos que llevaban el circo a hoteles de 5 estrellas, a teatros, a cines y a boliches de mala muerte. Ya no podía vivir sin el Astroboy.

El 2009 me toco partir, irme a otro país a trabajar, dejé la noche, los caminos, la guitarra y la canción. Antes de separarnos, le pedí lagrimeando que no nos olvidáramos, le dije he presentado tu currículum a varios lugares, va a salir. Hoy día, el Dr. Edwin M., mi amigo Astroboy, es abogado de un ministerio. Mi mejor evocación para él, lo extraño de verdad, sea pues éste un sencillo homenaje a una de las mejores personas que conocí en esta mi corta y nutrida existencia.

Yaaaaa.

(*) El Papirri: Personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta.

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