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Mi amigo Rodrigo

‘Rodrigo Cottier Arce ya está en el avión pensando en el próximo concierto (...), viendo en el WhatsApp la foto de su nietita, avisando a Shareska que todo está bien, pensando en volver algún día a su amada Bolivia’.

Rodrigo Cottier Arce, violinista boliviano.

Rodrigo Cottier Arce, violinista boliviano.

La Razón (Edición Impresa) / El papirri

00:00 / 18 de abril de 2016

Mientras el violinista interpreta Vivaldi, la gente se eleva en este Quito lluvioso. Con un smoking negro, elegante, concentrado, serrucha su violín con gran precisión y sensibilidad. Está convidado por el Coro del Instituto Politécnico de Ecuador, para ser parte de un ensamble latinoamericano de cuerdas en una gira por nueve ciudades. Vivaldi me transporta a las aulas del Conservatorio, nuestro querido Conser, donde Rodrigo Cottier Arce, distinguido violinista boliviano, realizaba sus primeras lecciones.

Lo veo clarito, es un niño hermoso miraflorino que camina con su violincito de miniatura, tranquilo pero atento camina en barrio ajeno, mientras nosotros los walaychos de Sopocachi pateamos la pelota. Con solo 12 años se va a Cuba, allí decide dedicar su vida al instrumento, la Escuela Nacional de Arte de La Habana es su familia, la revolución su entorno formativo, se gradúa como bachiller en música venciendo aquella temprana soledad.

Vuelvo a Quito. Termina el Verano de Vivaldi, lo ovacionamos, saluda con su pajlita, su mirada de niño travieso me recuerda un momento intenso que vivimos y que dio solidez a nuestra amistad. Bolivia recuperaba la ansiada democracia luego de 20 años de dictaduras; era 1979, hicimos un grupo alegre de changos bachilleres que leíamos a Marx. Entonces, Rodrigo vuelve a la patria de vacaciones con sus cassettes de la trova cubana —toda una novedad— y se convierte en líder de nuestro grupete. Tenía una sencillez inusitada, nada que ver con los pingüinos de la sinfónica y sus aires ochocentistas, y no solo eso, agarraba la guitarra y cantaba hermosas canciones de trovadores jóvenes, mientras nos enamorábamos de ñatitas rebeldes. Los golpes militares seguían amenazando la débil democracia, una tarde, casi noche, salimos a las calles a marchar por la libertad, por la defensa de la democracia.

A la altura del cine 16 de Julio, se enciende una nube amarilla maligna, los paramilitares lanzan una bomba al medio de la marcha, caemos estrepitosamente, veo alrededor, Rodrigo está aturdido y sangra por un oído, más allá una compañera pierde un ojo por la esquirla y otra compañera grita de verdad, pues en ese momento quedaba paralítica. La bomba las alcanzó duro, con Rodrigo las levantamos, suenan sirenas, a meter compañeros a las ambulancias. Luego, cojeando cojeando, en silencio, sin comentario alguno, volvemos a nuestras casas.

El golpe de Natusch es derrotado en las calles. Entonces llega el I Festival de la Canción social boliviana donde me estreno como cantautor junto al Jechu Durán, Adrián Barrenechea, Jenny Cárdenas, Emma Junaro. En enero del ‘80 vamos a Santa Cruz representando a La Paz para participar en el Festival Nacional, allí Rodrigo anuncia la llegada de Vicente Feliu con otros cantautores cubanos, muy  emocionado me cuenta que con ellos llega su novia, la bella Shareska, hija de uno de los guerrilleros que murieron junto al comandante Ernesto ‘Che’ Guevara. Nunca llega la delegación cubana al Festival. García Meza y Arce Gómez, que ya habían tomado el Ministerio del Interior, ordenan la detención de todos en el aeropuerto paceño, los toman presos, son torturados, los paramilitares violan y maltratan, gracias a Derechos Humanos salvan la vida y los restablecen a Cuba bastante maltrechos, con Rodrigo incluido.

Entonces decide irse ese mismo año a la Unión Soviética, por 10 años, graduándose en altos estudios de su amado instrumento. Después vienen sus etapas como concertino en las Sinfónicas de Venezuela, Colombia y Bolivia, allí lo encuentro un ratito en 1998.

Acaba el concierto. Me abalanzo de cariño, el abrazo está intacto, no podemos separarnos, decidimos ir a tomar una cerveza urgente en la noche quiteña. Me cuenta que ya es abuelito, que con Sharesca están felices en Colombia, que es primer violín de la Filarmónica de Bogotá, que da clases en la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia. Entonces aparece una guitarra y canta aquellas canciones de la novísima trova cubana, somos aquellos jóvenes rebeldes sonriendo a las estrellas, sobrevivientes de la vida. Me emociona verlo feliz con esos ojos de chango  miraflorino, de llok’alla bandido, siempre generoso y humilde.

El tiempo llega con sus urgencias, lo veo partir de nuevo, se va para el aeropuerto, entonces me acuerdo de su mamá, mi amiga la Tota Arce y me sale una lágrima, pero él no la ve. Rodrigo Cottier Arce ya está en el avión pensando en el próximo concierto, repasando  partituras difíciles, viendo en el WhatsApp la foto de su nietita, avisando a Shareska que todo está bien, pensando en volver algún día  a su amada Bolivia.

(*) El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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