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50 aniversario bodas de oro

“Yo era el arquero, me decían Gatti por mi melena y la gorra enorme de mi papá, los fundadores nos alentaban desde las tribunas, ellos tenían que jugar más tarde...”

Foto: El papirri

Foto: El papirri

00:00 / 21 de marzo de 2016

Los changos de mi querido barrio de Sopocachi mandaron invitaciones para la gran celebración de los 50 años de fundación de The Blooming Club Sopocachi, las actividades se desarrollaron desde noviembre con una serie de almuerzos, plaquetas, diplomas: todo un reencuentro entrañable. Me pidieron que escribiera algo al respecto y hay que hacer caso a los mayores.

Nunca supe por qué mi club llevaba ese nombre pero sí sé muy bien todo lo que significó en mi vida. Deseo recordar a doña Antonia vda. de Alurralde, quien tenía una tiendita en nuestro callejón Guachalla (hoy cartucha calle Jáuregui, epicentro del club), nos fiaba unos deliciosos dulces de caramelo con forma de animalitos y muchos refrescos luego de los tremendos partidos: el callejón era la cancha que no teníamos. Su hijo, el hoy Dr. Ignacio Alurralde, fue uno de los fundadores, nos congregaba en esa tiendita enseñándonos a concebir los primeros equipos de fútbol de tapitas (tapa gol). Tendríamos seis añitos, con mi amigo Chiri Prieto nos incluyeron en el primer equipo del Blooming categoría Baby, junto al Cusi Arratia (hijo de Don Pedro, el gran revistero del cine 6 de Agosto), Felico Coaquira, Fernando Alcoreza y Pepito Melgarejo, conformamos ese timao que empezó ganando al Splendid y al Macabis en la YMCA. Yo era el arquero, me decían Gatti por mi melena y la gorra enorme de mi papá, los fundadores nos alentaban desde las tribunas, ellos tenían que jugar más tarde contra el poderoso Juventus, el Sharks y otros clubes barriales del momento. Recuerdo con gran cariño al Gordo Elio, que recién me entero había fallecido; pese al peso era un eficiente número nueve de los mayores, cuando cabeceaba, la pelota iba en una febril velocidad bañada por su calvita sudorosa. Uno de los pilares fundamentales en la organización del club y de los campeonatos interbarriales fue Jaime Gafo Jordán. De raíz beniana, habitaba un magnífico conventillo en el corazón del callejón Guachalla, incluso entrenábamos en su patio y su buena madre nos invitaba tojorí. Ya en la adolescencia y de puntero derecho, con el Gafo fuimos parte de una de las formaciones más importantes del club, salimos campeones en la YMCA, la Juvenca, la 8 de Diciembre, Tembladerani, la cancha Zapata, el Lastra, todo en la década de los ‘70. Cómo no recordar a Rodrigo Alicate Garrón, un gran arquero, Aldo Ostuni, tremendo mediocampista, la familia Azurduy, que solitos hacían un equipo. Los Alcoreza, que vivían a la salida del callejón, nos prestaban el entretecho de su casa para realizar campeonatos de futsal, tal era el escándalo que la señora madre nos ordenó que sean campeonatos de fútbol de tapitas nomás. En mis inicios entrenábamos en el callejón Guachalla con pelotas hechas de papel periódico y de medias nylon de mi mamá. Mis primeros cachos de fútbol los recibí gracias a mi “pagrino” Fernando Iturralde Chinell, tendría ocho años cuando me los regaló, eran unos cachos con puente de cuero en la planta. Entonces no conseguíamos cancha, decidimos cortar la calle Rosendo Gutiérrez desde la Av. 6 de Agosto a la 20 de Octubre, el sábado y domingo en la tarde jugábamos allí sendos partidos, con árbitro y todo, la rompedura de vidrios era grave, el Dr. Salgueiro no nos quería devolver la pelota. Allí se incorporaron Carlitos Alborta, el tremendo mediocampista Jacinto Vaca —hijo de Don Fico, el histórico portero de la Escuela de Bellas Artes—, el sastre Rojo Flores. El Flaco Paco Ávila y Severo Peña fueron entrañables compañeros de equipo pero terminaron en tragedia como profundos artilleros paceños de la Zapata, todo por cascarle unas chevitas después del partido. Luego de algunos años, el Tránsito nos prohibió bloquear la Rosendo, entonces descubrimos una canchita en el Hospital Broncopulmonar que se ubicaba en lo que hoy es la plaza Bolivia, frente al Hotel Sheraton, en plena Av. Arce. Tengo una crónica en mi segundo libro sobre los partidos y entrenamientos en esta canchita, la “bronco” nos cobijó con enfermos y todo.

Nuestro homenaje en sus Bodas de Oro a los changos de este magnífico club de barrio, no me acuerdo de todos, van a disculpar: Pancho Estenssoro, Chicoco Vega, Pedro Arratia, Nano Dips, Mauricio Navia, mi hermano Germán, Nano Wilde, Diego Montenegro, el Araña Mamani, Ricardo Alcoreza, Loro Adriázola, Paco Mercado, Chalo Alborta, Carlos Canito, además de los antes nombrados.

Porque el barrio es eso, el sentimiento más puro que te infla el pecho de orgullo, la solidaridad auténtica, las primeras chicas, los grandes bailongos, las carreras de cochecitos sin motor, los concursos de voladores y trompo, las primeras “gomitadas” de farra. Tener un barrio era la mayor contención para los que veníamos de hogares difíciles, los sobrevivientes somos testimonio de  aquella época gloriosa del Sopocachi fraterno, territorio de formación vital, donde todos éramos iguales en la cancha y dábamos la vida por nuestro club.

(*) El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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