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50 años de ser para los demás: San Ignacio, compromiso y educación

El colegio jesuita de Següencoma cumple medio siglo formando  hombres y mujeres bajo el lema de amar y servir.

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela /Eduardo Chávez

00:00 / 29 de diciembre de 2013

Dicen que el sentimiento de pertenencia al colegio es tan grande que, cuando hay paro, a los alumnos les da pena no poder ir a clases; que las reuniones de antiguos alumnos no faltan, al menos, una vez al año; que los niños y jóvenes que llenan sus aulas son muy solidarios. Pero también se cuentan historias como ésa sobre la compra de los terrenos en Següencoma, que supuestamente pagaron los padres de alumnos del San Calixto, en el centro de La Paz, para que sus hijos se trasladaran a la zona Sur, intención que nunca se cumplió. “Es una de tantas leyendas urbanas”, dice quien es director del colegio San Ignacio desde hace cinco años, el jesuita Ramón Alaix.

Sentado en su despacho, al que precede una pared con las fotografías de otros que ocuparon su cargo antes que él —Ignacio María Palau, en 1966, y Eugenio Domínguez, entre 1967 y1984; Antonio Villalba; José María Beneyto—, este jesuita que no ha perdido el tono de voz catalán (es de Barcelona) pero que no pronuncia las “c” y “z” con acento español, se remonta 133 años atrás para contar la historia del colegio cuyos colores identificativos son el verde y el naranja.

En julio de 1882, la Compañía de Jesús fundó en la residencia del Mariscal Andrés de Santa Cruz, en el corazón de la ciudad, el colegio San Calixto. A su alrededor se fueron erigiendo otras instituciones vinculadas a él, entre ellas el Observatorio, para estudiar la actividad sísmica, y radio Fides. Pero con el paso de las décadas y el aumento del número de alumnos (que, entonces, eran sólo varones) se hizo necesaria una ampliación en la que, además, hubiera espacios deportivos. Y la mejor opción era edificar la nueva construcción en la zona Sur de la ciudad.

“Los antiguos alumnos compraron este terreno y para ello pidieron un préstamo al banco y no lo pagaron (...). Cada uno puso un boliviano de aquella época”, cuenta el director. Pero no pudieron pagar la deuda que los jesuitas del San Calixto la asumieron.

El terreno era más grande  (abarcaba también la zona de Las Retamas) y no había nada. Tampoco a su alrededor: el río Choqueyapu discurría por su lecho natural en vez de por uno de hormigón; la avenida Costanera no existía y la Roma era un camino de tierra que llevaba hasta los huertos de Calacoto, recuerda Alaix, quien entonces venía a La Paz de vez en cuando desde Potosí.

En 1962 comenzaron las clases en el primer pabellón que tuvo el centro, que conserva el estilo arquitectónico de la época. “Se mantiene bien después de 50 años”, dice con orgullo el director. En 1963 se trasladó todo un curso del colegio del centro (la primera promoción salió en el 69, en la del siguiente año se graduó Carlos de Mesa, expresidente del país). Luego llegaron colegiales nuevos. “Se vio, en un momento dado, que los escolares del San Calixto no podían venir aquí porque había tanta demanda de alumnos nuevos, que no entraban”.

Había clases por la mañana y una escuela fiscal funcionaba por la tarde, pero el turno vespertino fue ocupado por chicos procedentes de una escuela particular subvencionada de Pura Pura, llamada Loyola. Entonces se decidió que era hora de que el colegio se independizara y pasó de ser San Calixto de Següencoma a San Ignacio (por el fundador de la Compañía de Jesús) de Loyola. Y se estableció que todos pagaran por igual. Hace casi diez años, el nombre se volvió a modificar: oficialmente es Fundación Educativa Padre Pedro  Arrupe (FEPPA) San Ignacio.

Con los primeros alumnos que se trasladaron al sur llegaron también sismógrafos del Observatorio que constituyeron la estación de Següencoma, a la que cada día acudía el padre Ramón Cabré, el encargado a recoger los registros sísmicos. Pero hace ya tres décadas que los aparatos se sacaron de allá porque la urbanización de la zona causaba vibraciones.

“Antes se veía el colegio desde la (avenida) Roma. La feria nos ha tapado”. Y, mucho antes de eso, llegar hasta aquí por cuenta propia no era muy fácil.

Alaix recuerda que había una línea de micros, rojos, que pasaba por la calle donde está la puerta de acceso, era el “I” a Bajo Següencoma. Pero la institución ya contaba con góndolas (obviamente, muy distintas a las de hoy) que traían a los alumnos.

Lo que es menos antiguo es la tradición de poner nombres con cierta gracia a las promociones. El director no sabe quién lo inventó pero sí recuerda algunos de los denominativos míticos, como Tomates. Las historias de los exalumnos cuentan que en 1981, cuando la promoción vestía de verde claro, sus ocasionales rivales eran los de segundo medio, que vestían de rojo, entonces se calentaron las barras y los menores los llamaron Lechugas. La réplica no se dejó esperar y surgió Tomates. Y como era un partido final y los vencedores fueron los bachilleres, no dudaron en proclamar que aplastaron a los Tomates. Entonces lo que podía haber sido una ofensa terminó siendo motivo de orgullo. Luego vinieron los  Locotos o Marraquetas. Estos últimos se autobautizaron así porque, durante sus semanas de trabajo social en Huanuni, se alimentaron básicamente con este tipo de panes. No hubo duda a la hora de poner nombre a la promoción...

Los Camaleones son los de este año que acaba, el de los 50 años de aniversario, y los Kusillos serán los de 2014.

También ha habido cursos que se han denominado con el nombre de alguno de los curas, como los Tutos, de finales de los 80, o los Mateos , graduados en 2006. Los Ciruelos, de 1991, fueron la primera promoción mixta (las primeras chicas entraron en 1980).

Los cambios han sido una constante en el colegio: aquellos partidos de fútbol durante el recreo en el que una nube de arena se levantaba de la pista de tierra hace ya seis años que son parte de los recuerdos comunes de los ignacianos; los tinglados que protegen del sol a los jugadores y al público tampoco estuvieron siempre, como la piscina de 25 metros de longitud, alimentada por paneles solares, que se construyó con la donación que hizo el padre de un alumno.

Los deportes, junto con las danzas folklóricas del país, son parte de la educación del centro. Cuatro vitrinas en la planta baja de la parte antigua del establecimiento muestran trofeos obtenidos por los alumnos en diferentes disciplinas, como la natación: en 2009 ganaron el primer lugar del Campeonato Internacional de Antofagasta. La gran copa que trajeron los alumnos tuvieron que cargarla a pie en la frontera entre Chile y Bolivia porque había un parto que les impedía pasar, recuerda el director entre risas.

Un lema con fundamento

 “Ser para los demás” es el emblema del San Ignacio. “Los chicos son muy solidarios”, asegura la máxima cabeza del colegio.

Pero más allá de la afirmación está el trabajo social, una actividad que sustituye al tradicional viaje de promoción, en la que durante un mes los futuros bachilleres comparten con comunarios de diferentes regiones del departamento.

Esa actividad fue impulsada por el sacerdote Camilo Cabanach, el Tío Camilo, en Tambillo, en el altiplano paceño. Años más tarde la apuesta fue más grande y esta casi aventura se trasladó al norte de La Paz —Mapiri, Bopi, San Anselmo, Santa Rosa— con el proyecto Obras Sociales de Caminos de Acceso Rural (OSCAR) que comandaba el cura franciscano Roberto Eckerstorfer.

Ese periplo tiene un sinfín de anécdotas e historias que aun después de años de egresados los exignacianos recuerdan con mucho cariño, sin embargo, es el cura Eckerstorfer quien, mediante una carta enviada el 30 de octubre de 1989 a los egresados de ese año, rememora el espíritu del viaje y pide que la experiencia vaya más allá del recuerdo.

La promoción era la de los Tutos, pero el franciscano los llama lagartos y recuerda las picaduras, las ampollas, los callos y la mala alimentación que sufrieron los chicos del San Ignacio.

“Lo que todavía no ha pasado a la historia es el grato recuerdo que ustedes dejaron en este rincón remoto de Nuestra Patria. Son muchos los colonizadores que todavía hablan de ustedes. Aparentemente han trabajado algo y no solamente se han dedicado al lagarteo y al repete (sic)”, escribió desde el Campamento de Tiachi el sacerdote franciscano de origen austriaco.

La reflexión la escribió a continuación: “Pero a pesar de todo aquello, que me parecía tan positivo, estoy preocupado más que nunca. Me pregunto más y más: ¿Cuánto tiempo durará la impresión en ustedes? ¿Serán capaces de no olvidarse lo que significa trabajar, dormir, comer y VIVIR (sic) en Nor Chichas, en Mercedes, en Chuni, Neptal Unida, etc? Cuando les toque a ustedes hacer decisiones en cualquier oficina pública de La Paz ¿Se acordarán de esta gente sencilla?”.

De inmediato, Eckerstorfer planteó  una demanda a los padres de los alumnos, algunos de ellos en situaciones de poder, para que ayuden a mejorar la situación de los colonizadores que recibieron a sus hijos. “No sé si estos ‘papits’ se olvidaron o simplemente no le han dado mucha importancia.

Seguramente tenían cosas MUCHO MÁS IMPORTANTES (sic) que hacer. Al final se trata solamente de algunos indios que viven aquí en la selva”.

Pero Eckerstorfer espera no arar en el desierto por lo que antes de terminar su misiva y apelando al espíritu ignaciano lanzó un reto a los bachilleres.

“No espero ninguna ayuda de parte de sus papás para esta gente. Pero una cosa sí que espero: que ustedes, cuando les toque algún día estar detrás de un escritorio importante, sepan que ese hombre sencillo que no sabe expresarse bien en castellano, que tiembla delante de ustedes porque se siente impotente frente a la autoridad, este ‘solamente indio’ es un ser humano muy cariñoso, muy entregado a los que vienen a su humilde casa. No manda a su empleada (porque no la tiene) para preparar el desayuno, sino que él mismo se levanta un poco más temprano para que todo esté listo para cuando despierte su huésped. Espero de ustedes... SI. tengo confianza, porque lo he conocido trabajando, lagarteando, cantando, pero viviendo lo que tiene que vivir el campesino. (...) Soy un loco que piensa que el mundo puede cambiar con un puñado de jóvenes. Y me atrevo ser un loco porque hubo antes uno que no solamente decía ser para los demás, sino que, además murió por los demás.

El trabajo social

Primero fue Tambillo en el altiplano, luego el proyecto Oscar en el norte y desde hace seis años en los Yungas, en Trinidad Pampa. Los bachilleres viajan en camión, realizan trabajos para las comunidades y comen como pueden, a veces en el mismo lugar de trabajo, para co-nocer el país.

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