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82 años con alma de Canillitas

Un recuento de los orígenes de los vendedores de periódicos de La Paz

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

14:00 / 25 de mayo de 2018

Los primeros recuerdos de Pablo Sanjinés se remontan a cuando tenía cuatro años, en 1951, tiempo en que las intentonas de sublevación pretendían cambiar el rumbo del país. “En plena revolución (nacionalista), en plena baleadura; mi madre, mi hermano mayor y yo íbamos a recoger el periódico para ir a venderlo en las calles”, cuenta como una anécdota de sus más de 65 años como canillita, un oficio que ha sido testigo privilegiado de varios hechos históricos y que se mantiene en las calles pese a la invasión cada vez mayor de internet.

Al igual que Pablo, son varias las personas que han continuado la tradición familiar de vender diarios, que se formalizó en La Paz hace 88 años, cuando 20 canillitas se organizaron para crear el Sindicato de Vendedores de Periódicos.

El estudio denominado El Sindicato de vendedores de periódicos de La Paz (1936-216), escrito por Raúl Reyes Zárate, explica que la prensa escrita ganó fuerza durante el siglo XIX, aunque los pocos ejemplares eran entregados en las puertas de las casas por empleados de las empresas gráficas o enviados a través del correo postal. Años después y debido a la falta de empleo en algunas ciudades de América Latina, niños y jóvenes comenzaron a pararse en las esquinas de las calles con el fin de distribuir las ediciones a todo aquel que transitara por el lugar. Por ejemplo, en 1868 apareció el voceador de diarios en Argentina, indica una investigación de Alberto Moroy en el periódico El País de Uruguay. En México, un comerciante manejó un grupo de niños menores de 10 años, conocidos como “papeleritos”, para que se encargaran de la distribución de periódicos.

A inicios del siglo XX, cuando la empresa gráfica crecía y se hacía imprescindible en la sociedad, los niños suplementeros también se convirtieron en personajes importantes para saber las noticias del día. Inspirado en estos voceadores, el dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez escribió la obra teatral El Canillita en 1902, en la que su personaje principal es un menor de edad de pantorrillas flacas y de canillas vistas que voceaba diarios por las calles. “Soy canillita, gran personaje, con poca guita y muy mal traje; sigo travieso, desfachatado, chusco y travieso, gran descarado, soy embustero, soy vivaracho, y aunque cuentero, no mal muchacho”, canta el protagonista de Sánchez.

En aquellos tiempos, en Bolivia el tiraje de la prensa no llegaba al millar, así es que las empresas periodísticas buscaron suscriptores en los grandes almacenes, fábricas, entidades públicas y en las familias, aunque sabían que debían ampliar el mercado y obtener más compradores.

Los primeros voceadores aparecieron en 1904, al poco tiempo de que El Diario empezara a ser vendido, cuando niños y jóvenes daban un adelanto de las noticias en las vías con más tránsito peatonal. Para finales de los años 1920, la producción de diarios llegó a 2.000 ejemplares, lo que influyó en que los suplementeros, canillitas o papel q’ipis aumentara en cantidad, en especial después de la Guerra del Chaco, cuando viudas, huérfanos y excombatientes recurrieron a la venta de diarios como ingreso económico.

En 1936, los obreros —encabezados por los gráficos— se movilizaron para exigir, entre otras peticiones, la nacionalización de la empresa petrolera Standard Oil Company y, como medida de presión, los canillitas dejaron de vender periódicos entre el 9 y el 2 de mayo, destaca Reyes. De esa manera se consiguió la renuncia del entonces presidente José Luis Tejada Sorzano, el 17 de mayo, fecha en que 20 papel q’ipis decidieron organizarse en torno al Sindicato de Suplementeros y Canillitas, que se transformó en el Sindicato de Vendedores de Periódicos de La Paz.

La intersección de la avenida Camacho y calle Loayza se convirtió en el punto de encuentro de los canillitas, encabezados por el no vidente José Sánchez, Mercedes Azardum, Silverio Flores, Silverio Terrazas, Juan Sánchez y Justina Larrazábal.

Eran tiempos en que los vendedores vestían saco y camisa para comercializar los ejemplares en el tranvía y cuando las mujeres acomodaban en el suelo los diarios para que los clientes los compraran.

Luisa Fernández fue una de las iniciadoras, quien vendía al frente de la plaza San Francisco, donde una explanada servía de estacionamiento de vehículos, “cuando no había túnel”, describe su nieta Lourdes Coaquira Fernández, quien se enorgullece de ser la tercera generación de vendedores de periódicos.

Eran tiempos en que los canillitas debían despertar a la medianoche, pues tenían que ir a la Loayza a conseguir el periódico, porque quien llegaba tarde corría el riesgo de no tener ningún ejemplar. Lourdes solía ir con sus amigos a la función nocturna del cine Ebro o Murillo, porque después, a eso de las 21.30, iban a la imprenta para esperar a que sacaran el producto. Para calmar el hambre, en la avenida Mariscal Santa Cruz estaba la Caldera del Diablo, un puesto de venta callejero donde había líquidos calientes. “Ahí íbamos para tomar café, porque el frío era insoportable”.

“He debido vender desde mis seis años”. Jesusa Mendoza suma y resta para calcular cuándo empezó su oficio de canillita en Villa Fátima. Así como Lourdes, ella debía esperar a que saliera la nueva edición, por lo que dormía en las afueras de la empresa protegida por cartones.

Jorge Camacho, quien tiene su puesto de venta entre la Carlos Medinacelli y General Lanza (Sopocachi), afirma que cuando había noticias de impacto, las ediciones solían desaparecer en un par de horas. “Cuando el periódico era muy interesante, los vendedores sabían que tenían que ir a algún lugar con rejillas, desde donde vendían y así evitaban que, incluso, nos agredieran”, rememora.

De esos momentos recuerdan el derrocamiento de Víctor Paz en 1964, la muerte de René Barrientos Ortuño en 1967, el asesinato del Che Guevara un año después, los golpes de Estado, la clasificación de la Selección Boliviana al Mundial EEUU 1994 y, hace poco, la aceptación de la Corte Internacional de Justicia de La Haya de la demanda boliviana contra el Estado chileno por una salida soberana al océano Pacífico, que merecieron ediciones extras.

Reunidos en el patio de La Razón, cada uno de los miembros de la nueva directiva del Sindicato de Vendedores de Periódicos de La Paz recuerda hechos gratos e ingratos de su gremio. Entre los primeros, que para hacer hora jugaban con improvisadas pelotas de t’ejeta (trapo) y que incluso organizaron un torneo relámpago que incluyó la represión de los carabineros.

Primero fueron las radios, luego apareció la televisión, pero lo que al parecer más ha golpeado a este gremio es el internet, ya que las ventas han disminuido.

“La ganancia ya no es como antes”, refiere Carlos Sanjinés, secretario de Actas del sindicato. “Pero nos sentimos orgullosos porque estamos trabajando por la sociedad, porque nuestros padres fueron canillitas y nuestros hijos tal vez lo sean”, resume el sentir de los vendedores de periódicos, que seguirán llevando noticias a la gente todos los días.

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