Escape

La armadura, el kamikaze y la rescatista

Stuart soñaba con un cumpleaños de altos vuelos, que fuera digno de ser recordado años más tarde.

Fernanda Ágreda Joya, 26 años, rescatista, guía y aficionada a los deportes extremos. Foto: Álex Ayala Ugarte

Fernanda Ágreda Joya, 26 años, rescatista, guía y aficionada a los deportes extremos. Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 06 de julio de 2014

El 13 de diciembre de 2013, un viernes 13, un kamikaze con armadura, cuerpo de gladiador y rodillas enormes, como perdigones, decidió lanzarse al vacío en bicicleta por la Carretera de la Muerte, en Yungas, en mitad de un entorno montañoso que aparece en casi todas las guías de viajero. Decían que era un neozelandés llamado Stuart. Aquel día cumplía —al parecer— 40 años. Y quería celebrarlo con un homenaje al más allá, con una pirueta temeraria en uno de los caminos más peligrosos del planeta.

Stuart se contactó con Gravity, una empresa boliviana especializada en turismo de aventura y en descensos peliagudos sobre dos ruedas, y se hicieron los preparativos. El plan era el siguiente: Stuart cogería carrerilla sobre su caballo de aluminio, sobre una vía minúscula que se dibuja sobre el cerro con rabiosas curvas, como si fuera alguna especie de maldición divina; acabaría de tomar impulso gracias a una rampa al borde del abismo; flotaría unos instantes; abriría su paracaídas; y caería sobre alguno de los muchos árboles que pueblan el valle, como si se tratara de un marine en misión suicida.

Por si algo fallaba, Fernanda Ágreda, 26 años, pelo rizado, ojos oscuros, estaría a 150 metros, en las profundidades del barranco, junto a otro rescatista.

“Llevábamos botiquín y una camilla. Estaba nublado. Al descender, vimos los restos de un jeep hecho pedazos y pensamos que no era tan buen lugar para saltar”, comenta ahora. Pero ya no había marcha atrás. Estaba todo listo desde hacía horas y Stuart nunca se planteó abortar aquel cumpleaños de alto vuelo.

Quería que fuera digno de rememorar en unas décadas.

“Serían las tres de la tarde cuando se lanzó”, dice Fernanda. La escena duró apenas un par de pestañeos. Pero los que estuvieron allá la recuerdan seguramente como si hubiera ocurrido a cámara lenta: Stuart pedalea; Stuart avanza; Stuart sale disparado por la lanzadera. Stuart agita los brazos; Stuart abre el paracaídas a pocos centímetros del suelo; Stuart se estampa; Stuart rebota; y rebota; y vuelve a rebotar; rebota de nuevo.

Siete segundos

En  2008, después de que el jamaiquino más rápido de todos los tiempos ganara la medalla de oro en los Juegos Olímpicos, en los 100 metros, con récord mundial y un registro de nueve segundos y 69 centésimas, un periodista tituló: “Usain Bolt es el viento”. Stuart, que no era velocista, completó esa misma distancia, pero en vertical, en menos de siete. Quizás lo justo habría sido que a él lo hubieran comparado con un rayo. Pero lo único que importaba en aquel momento era saber si se encontraba entero. Y cuando llegaron hasta él, todos recuperaron el aliento. El body armor, la armadura del siglo XXI, la cota de malla de los especialistas en descensos, le había salvado el pellejo.

Fernanda cuenta que tardó una hora en subir a Stuart hasta el punto desde el que inició su salto satánico. Dice que, una vez arriba, algunos curiosos se asombraron de ver a una chica cargando los 80 kilos de peso del ciclista intrépido. Y comenta que estaba preparada para lo peor. “Más bien, el tipo no se hizo casi nada: le dolía la muñeca, se había golpeado fuerte en el coxis, tenía un trauma cervical leve, los ligamentos de la rodilla, dañados, y estaba lúcido, cuando lo lógico, al caer de una altura así, es matarse”.

Un buen body armor cuesta alrededor de 170 dólares y protege espalda, brazos, hombros y pectorales. Stuart le regaló el suyo a Fernanda como agradecimiento.

Y le pidió un último favor a través de Gravity: que tratara de recuperar la cámara que llevaba en el casco para filmar su “hazaña”. Fernanda regresó a Yungas con un amigo y la hallaron casi de milagro, oculta entre la yerba como si fuera un simple trozo de plástico.  

Tres meses después de aquella búsqueda, Fernanda se puso la armadura por primera vez para una competencia en un paraje idílico de La Paz conocido como la Muela del Diablo y se cayó a más de 20 kilómetros por hora. “Y a esa velocidad, tras un impacto, es normal que te rompas. Yo me fracturé la clavícula y me enyesaron el brazo. Pero no fue nada. Sin el body armor probablemente me habría ocurrido algo más serio”.

Cuando lidera algún descenso, Fernanda da decenas de consejos y suele hacer buenas recomendaciones a sus clientes. “Uno: no actúes como un idiota. Dos: no trates de impresionar a las chicas. Tres: si vas a sobrepasar a alguien, grita. Y cuatro: no apartes la vista del camino”. “Si te distraes con una mariposa, nada raro que, de pronto, termines siendo parte del paisaje que estaba alrededor tuyo” (sonríe). Mientras habla, cuelga de su cuello un cordón que en su extremo exhibe un fragmento de una cadena de bicicleta. Se lo regaló su ex, que murió hace poco por una mala acrobacia. Y se mueve de un lado para otro cada vez que Fernanda se acomoda. Su balanceo nos recuerda que la vida, a ratos, también es traicionera, un cara y cruz quizás, otro deporte de alto riesgo.

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