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Angeles y demonios: artesanos de la tradición

Andrés Pari y José Choppy son artesanos de la fe; el primero trabaja en La Paz y el segundo en Santa Cruz.

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Avendaño

00:00 / 11 de abril de 2016

Décadas de trabajo respaldan la experiencia de Andrés Pari y José Choppy, dos artesanos del occidente y oriente boliviano, respectivamente, que aseguran poner dedicación y cariño al momento de recrear los rostros de ángeles y demonios. Objetos de metal, pinturas y otros materiales se observan a la luz del fuego en el taller de máscaras de diablos de Pari, ubicado en la calle Los Andes de la zona Norte de La Paz. Pari comenta que aprendió el oficio de muy joven, en su paso por distintos obradores. “El alumno debe superar al maestro”, fue el lema que lo motivó a lo largo de su vida. Y recuerda que en los 40 años de oficio que lleva tuvo que actualizar e innovar sus habilidades para la elaboración de caretas.

Estas máscaras de diablo comenzaron a producirse desde los años 30 de siglo pasado. La comunidad de Paria, en Oruro, es la cuna de su creación. En un principio se hacían de yeso, pero en la actualidad se utilizan hojas de lata en láminas. Pari cuenta que deben ser moldeadas conforme al rostro del diablo. En la etapa final son pintadas y decoradas con perlas o piedras; se trata de un trabajo minucioso que puede tomar cerca de una semana, según la demanda de los clientes.

Existen varias caretas con sus respectivos símbolos para representar al diablo, por ejemplo, el denominado “satanás” posee una corona que lo identifica como el “diablo jefe”. O la máscara de “lucifer”, que si bien es más sencilla, presenta en la parte superior un dragón de tres cabezas.

Choppy es otro artesano cotizado, pero dedicado específicamente a crear rostros de ángeles, a diferencia de Pari. Su taller queda en el municipio de Concepción, en Santa Cruz, ubicado específicamente en la plazuela principal. Con 30 años de experiencia, este hombre empezó su formación en la Escuela Taller Teológico Jesuita. Recuerda que fue parte del equipo de restauración de la iglesia chiquitana de Concepción, hacia 1987.

 Su materia prima es la madera, concretamente el cedro, roble y toco. Realiza un meticuloso trabajo de tallado con las diferentes gubias (formón de mediacaña que usan los carpinteros) que le permiten formar los delicados rostros y las alas de los ángeles querubines. Su estilo es una combinación entre las técnicas milenarias y las actuales. Utiliza, por ejemplo, pigmentos ocres que se aglutinan con diferentes sustancias para asegurar la duración y el buen acabado. El tratamiento policromático es sucedido por una fina base de Pan de Oro, una técnica empleada hace miles de años. En el oriente hay una legión de personajes que, en oposición a los diablos, son el símbolo de protección, paz y armonía: los ángeles chiquitanos. Los pobladores cuentan que ellos no vienen a infundir miedo, sino a mostrar el paraíso que le espera al hombre, aquél de buenos actos ante Dios.

Al igual que las “jerarquías” existentes en las máscaras de diablo, los ángeles chiquitanos tienen otras que son representadas en las iglesias coloniales de Santa Cruz. Entre ellas están el “Coro”, un grupo de ángeles dedicados a la música barroca.

Por otro lado, los más reconocidos son los ángeles querubines, representados por tener un par de alas y rostro de niño. Tal antagonismo de trabajos artísticos muestra la abundancia de creatividad entre los artesanos, trabajo heredado como una tradición, ya sea por mitos carnavalescos o evangelización colonial.

Aunque las familias de ambos maestros no se dedican al mismo oficio, sin duda que ellos transmitirán sus conocimientos a nuevos curiosos de este arte.

Dedicarse a ello no es cosa sencilla, pues Pari afirma que no tiene horarios y que trabaja entre nueve y 24 horas, porque para el cliente “la fiesta no espera”.  Tanto el paceño Pari como el cruceño Choppy aman crear y aseguran que lo seguirán haciendo hasta que sus fuerzas se los permitan.

Autoconciencia

Los etnólogos sitúan el nacimiento de la máscara en el momento en que se produce la autoconciencia. Su uso se remonta a la más lejana antigüedad, encontrándose entre los egipcios, griegos y romanos. Los griegos las empleaban en las fiestas dionisiacas; los demás, en las representaciones escénicas. Entre los griegos y romanos, las máscaras eran una especie de casco que cubría enteramente la cabeza, además de las facciones del rostro, tenía pelo, orejas y barba, habiendo sido los griegos los primeros en usarlas en sus teatros a fin de que los actores pudieran semejarse físicamente al personaje que representaban.

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